Primera parte.
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| Florencio Gelabert, Islas para un amigo, 2012 |
Los jóvenes artistas
cubanos de la segunda mitad de los ochenta tuvieron el mérito de impulsar
importantes aperturas en el terreno de la crítica social. Después de sus enfrentamientos contra el oficialismo, el
arte cubano no volvió a ser el mismo. Los contenidos socialmente críticos no
pudieron censurarse, ni marginarse de las exposiciones. Pero, por paradoja, el
hecho de que lograsen derribar montones de presiones institucionales y lograsen establecer una crítica anti-gubernamental sin precedentes, sólo evidencia el profundo
fracaso de dicho proyecto estético. Mientras más barreras lograba derribar el
arte, más inofensivas e irrelevantes se tornaban sus conquistas. En su momento las
instituciones supieron amputar la capacidad del arte para propagarse en la
prensa; como mismo se maniobró para convertir el mercado y la censura en
monedas de cambio.
| Inti Hernández, Bancontodos, 2012 |
| Etereo Segura, Submarinos hechos en casa. |
La XI Bienal de la
Habana, con el proyecto Detrás
del muro, explora la posibilidad de un arte que sea socialmente crítico y no
muy difícil de interpretar. Un arte que acuda a los lenguajes contemporáneos y derogue
las paredes del museo para salir a las calles. Ya el título Detrás del muro
contiene una nota subversiva. El Malecón aparece como un símil del Muro de
Berlín o el Wall de Pink Floyd. Los artistas, por su
parte, agregaron obras contestatarias, algunas más atrevidas que otras;
pero todas explotaron el litoral habanero como un espacio para ejercer la
crítica política. Sin salir todavía del muro, en las aceras del Malecón, Inti
Hernández ubicó un banco circular. Fue una ingeniosa forma de arte
relacional: los visitantes, al sentarse, se verían frente a frente, conminados
a conversar, en una obvia alusión a lo urgente que resulta el diálogo
político en Cuba. Estereo Segura homenajeó a las embarcaciones caseras, esas máquinas
que poseen mucho de artísticas y que se fabrican de manera
clandestina. Arlés del Río exhibe una cerca de alambre, rota por la huella
de un avión que parece haberla atravesado. En un
enorme espejo horizontal, obra de Rachel Valdés, los espectadores pueden verse a sí mismo contra
un fondo de edificaciones en ruinas y, del otro lado, contemplar los reflejos
del mar, como una utopía o una esperanza. Florencio Gelabert creó unas islas
artificiales, hechas con desperdicios e imitaciones kitsch de la
naturaleza. ¿Es este conjunto de escombros, inmundicias y representaciones cursis,
el presente del que se persigue huir y que inevitablemente lleva consigo el
emigrante? Las islas fueron desprendidas de las
cuerdas que las sujetaban y quedaron a expensas del furor de las olas.
Desaparecieron ante la mirada de quienes asistieron a esta inusual performance-instalación.
Menciono dos antecedentes literarios de Islas para un amigo. Ambos son homenajes a la libertad: El barco
ebrio –con aquellos versos de “las penínsulas que huyen desamarradas jamás
sintieron clamores tan triunfales”- y la novela El color del verano, de Reinaldo
Arenas, donde los habitantes corroen la plataforma insular, que queda a la
deriva hasta finalmente hundirse, en medio del guirigay sobre qué proyecto
social instaurar en medio del caos.
| Arlés del Río, Fly Away. |
Detrás
del Muro es uno de los proyectos más logrados de la Bienal. De manera muy exitosa
el arte ha salido a las calles y al hacerlo se ha oxigenado. Según me contaron,
los habaneros sienten un vivo entusiasmo por las actividades que están teniendo
lugar. La Bienal ha despertado un nuevo interés, como el que tuvo en sus
inicios, en las concurridas segunda y tercera ediciones, de 1986 y 1989,
respectivamente. Pero nadie se asombra porque en el Malecón Habanero haya, a la
vista de cualquier transeúnte, un conjunto de obras que se refieran a la
emigración ilegal y celebren a los que sueñan con marcharse de la isla.
Detrás del muro evidencia
que asistimos a un final, a una muerte largamente anunciada: ha terminado la creencia de que
el arte podría insertarse satisfactoriamente en la vida política y participar
de un diálogo o una reconciliación nacional. La importancia política del arte es
muy tenue, como un efímero resplandor en el ocaso. Su papel se limita a mostrar
que los artistas también apuestan por un cambio político. No mucho más. Otra
cosa sería como pedirles peras al olmo. La débil inserción del arte en la vida
política no es ni una insuficiencia de Detrás del Muro, ni tampoco de los obras
que se expusieron. La limitación concierne al arte contemporáneo mismo, a su
escasa proyección social y a las tácticas institucionales cubanas, que tienden a
hacer todavía más endeble su participación en la vida política.
| Santana |
Por si Detrás
del Muro no fuese un ejemplo
muy directo de crítica social, en la casa de Antonio G. Rodiles, conductor
del espacio Estado de Sats, se presenta –con los debidos permisos de las
autoridades- Cocodrilo Smile.
Es una exposición colectiva de un grupo de caricaturistas del patio y del
exilio. Las burlas contra la dirigencia cubana son muy mordaces. Realmente
mucho y muy buen humor. Los espectadores tenían oportunidad de ver a Raúl
Castro como una tortuga o vestido de policía batistiano, con una porra en la
mano. Se denunciaba el acoso a la disidencia, había bromas contra la retórica
oficialista. No queda otra alternativa que pensar que los humoristas dispusieron
de una total libertad y los censores no se tomaron la molestia de intervenir.
Allí está la exposición, abierta al público y no me sorprendería si alguien me
dijese que ni siquiera es una muestra particularmente concurrida.
Estos dos eventos
dejan en claro que el arte de crítica social puede ser entretenido, complejo,
novedoso y válido como propuesta artística; pero como arma política no tiene
mucha relevancia y hasta contribuye a celebrar la flexibilidad de las
instituciones gubernamentales. Esto es más llamativo cuando uno se detiene a
pensar que, históricamente, los totalitarismos se sintieron más amenazados por
el arte que las democracias. Allí están los numerosísimos ejemplos de
escritores encarcelados, desterrados, censurados y ninguneados bajo los
regímenes dictatoriales.
Los partidarios de
priorizar el compromiso social del arte solían acusar a sus adversarios de
evadir la realidad, de perderse en aventuras formalistas, de ser cómplices del
status quo. Sólo existían el artista comprometido con la justicia social y
el creador enredado en cuestiones formales, temeroso de tomar partido. Ninguna
otra alternativa. En la actualidad es preciso salirse de esta disyuntiva y
pensar que si gran parte del arte contemporáneo se desentiende de la
representación de los conflictos sociales, no se debe necesariamente a una irresponsabilidad
de los creadores; sino más bien a que la idea de un arte de compromiso social
es una concepción estética que está perdiendo vigencia y se encuentra en un
momento de crisis, a la espera de enfoques más promisorios, tanto en el
pensamiento teórico, como en las prácticas artísticas.
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