3/6/12

La XI Bienal de la Habana y el ocaso del compromiso social del arte.


Segunda parte. Para leer el inicio de este texto, hacer clic aquí 


¿Por qué el arte de corte social ha fracasado como herramienta política? Conjeturo algunas respuestas. Me referiré en específico al contexto cubano, aunque en otros lugares del planeta los problemas podrían ser más o menos similares.

1. La prensa no difunde las críticas. Sin esta complicidad los problemas que plantea el arte no circulan entre un público más amplio, incluso cuando las obras se exhiban en la calle. Si las imágenes no tienen impacto en los medios de difusión, si no consiguen inquietar a las instancias del poder y encender las polémicas, entonces importa poco que estén a la vista del público, en un espacio de circulación peatonal.

2. El arte se ha convertido en un lenguaje autorizado para la crítica y los espectadores entienden que cualquier cosa que se represente pertenece a ese espacio de la subversión consentida. El público está perfectamente familiarizado con esa convención y, por lo tanto, no hay muchos imprevistos. Todo queda en los juegos y propuestas del arte.

3. La censura funciona de un modo más sutil y más eficiente. Desde la estrategia de manipular sobre todo los espacios de distribución, los censores negocian más con los artistas en lugares donde las imágenes puedan ser un poco más conflictivas y dejan un mayor margen de libertad en sitios donde el acceso sea más limitado para el público nacional.

4. El arte de contenidos críticos se ha vuelto un producto exportable, que deja una imagen positiva de las instituciones que lo representan y en ese sentido resulta útil. Además de despertar interés en el mercado.

5. Los censores participan en los proyectos curatoriales no como autoridades que imponen un veredicto, sino como colaboradores y como asociados. Los artistas suelen estar dispuestos a dialogar y a modificar o suprimir lo que pueda ser más conflictivo.  En parte lo hacen por conveniencia propia y en parte por proteger a otras personas -como los curadores, los representantes de instituciones o los funcionarios con ideas más abiertas- que son las que están poniendo el pellejo en juego. Es decir, la responsabilidad de lo que haga el artista recae sobre no tanto sobre el creador como sobre otra persona, que tendría que pagar por los platos rotos. Esto deja a los autores en una tesitura ética muy difícil, en el conflicto de proteger al aliado –o al amigo- o verdaderamente exponerse a desafiar a las autoridades.

6. Las instituciones asimilan de inmediato las transgresiones y esto provoca que sean cada vez más exiguos los márgenes desde donde el arte pudiera tener algún tipo incidencia en la vida política .

7. La situación social del artista, su posibilidad de viajar con regularidad al extranjero, de poseer un status económico ventajoso en comparación con el resto de la población, lo convierten en alguien que tendría dificultades para representar a otros grupos sociales más desfavorecidos. Aquí hay que entender el verbo representar en las dos acepciones con las que lo emplea Spivak. Representar en el sentido de ‘retratar’ o describir los conflictos del otro y en el sentido de convertirse en vocero, en representante de los subalternos. Los artistas viven en una posición ambivalente frente al poder. Como afirma el sociólogo francés Pierre Bourdieu, constituyen la clase dominada de la clase dominante.

8. La concepción estética del arte como compromiso social con el presente está en crisis. Los artistas empiezan a desistir de un tipo de arte que corre el riesgo de pasar por panfleto, que no tiene la resonancia social esperada y que convierte a la crítica contestaría en un producto más, que se inserta en el mismo orden contra el que aspira a oponerse. La irrupción del arte en los circuitos ideológicos empieza a ser contraproducente en las sociedades contemporáneas. La estética marxista del compromiso social del arte ha quedado devaluada, integrada a la industria del entretenimiento. La creencia adorniana de que el arte participa en la sociedad afirmando su carácter asocial parece tener una mayor vigencia. El arte que acude a lo hermético y a lo polisémico, que trata de afirmar sus diferencias frente a otros productos mediáticos parece ser una manera más promisoria de participar en la sociedad.


II
Quiero terminar este comentario con una nota positiva. Es el ejemplo de la obra El susurro de Tatlin, de Tania Bruguera, en la X Bienal del 2009. Los espectadores podían disponer de un minuto para decir lo que quisieran ante un micrófono. Muy pronto todo pareció escaparse del control institucional. La pieza duró siete minutos y tuvo que ser interrumpida precisamente cuando comenzaba a tener impacto entre el público. Este tipo de arte participativo, donde los espectadores son momentáneamente invitados a entrar en el terreno de lo tolerable, sí podría ocasionar molestias, como efectivamente ocurrió en el aporte de Bruguera a la X Bienal. Por ahora, este arte participativo, que convierte la obra de arte en protesta colectiva, es el que sigue ofreciendo posibilidades a la noción del compromiso social. 


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