Segunda
parte. Para leer el inicio de este texto, hacer clic aquí
¿Por qué el arte de corte social ha
fracasado como herramienta política? Conjeturo algunas respuestas. Me referiré en
específico al contexto cubano, aunque en
otros lugares del planeta los problemas podrían ser más o menos similares.
1. La
prensa no difunde las críticas. Sin esta complicidad los problemas que plantea
el arte no circulan entre un público más amplio, incluso cuando las obras se
exhiban en la calle. Si las imágenes no tienen impacto en los medios de
difusión, si no consiguen inquietar a las instancias del poder y encender las polémicas, entonces importa poco que estén a la vista del público, en un
espacio de circulación peatonal.
2. El arte
se ha convertido en un lenguaje autorizado para la crítica y los espectadores
entienden que cualquier cosa que se represente pertenece a ese espacio de la
subversión consentida. El público está perfectamente familiarizado con esa
convención y, por lo tanto, no hay muchos imprevistos. Todo queda en los juegos y propuestas del arte.
3. La
censura funciona de un modo más sutil y más eficiente. Desde la estrategia de
manipular sobre todo los espacios de distribución, los censores negocian más
con los artistas en lugares donde las imágenes puedan ser un poco más
conflictivas y dejan un mayor margen de libertad en sitios donde el acceso sea
más limitado para el público nacional.
4. El arte de contenidos críticos se ha vuelto un producto exportable, que deja una imagen positiva de las instituciones que lo representan y en ese sentido resulta útil. Además de despertar interés en el mercado.
4. El arte de contenidos críticos se ha vuelto un producto exportable, que deja una imagen positiva de las instituciones que lo representan y en ese sentido resulta útil. Además de despertar interés en el mercado.
5. Los
censores participan en los proyectos curatoriales no como autoridades que
imponen un veredicto, sino como colaboradores y como asociados. Los artistas suelen estar dispuestos a dialogar y a modificar o suprimir lo que pueda ser más conflictivo. En parte lo hacen por conveniencia propia y
en parte por proteger a otras personas -como los curadores, los representantes de instituciones o
los funcionarios con ideas más abiertas- que son las que están poniendo el pellejo
en juego. Es decir, la responsabilidad de lo que haga el artista recae sobre no
tanto sobre el creador como sobre otra persona, que tendría que pagar por
los platos rotos. Esto deja a los autores en una tesitura ética muy difícil,
en el conflicto de proteger al aliado –o al amigo- o verdaderamente exponerse a
desafiar a las autoridades.
6. Las instituciones asimilan de inmediato las transgresiones y esto provoca que sean cada vez más exiguos los márgenes desde donde el arte pudiera tener algún tipo incidencia en la vida política .
7. La
situación social del artista, su posibilidad de viajar con regularidad al
extranjero, de poseer un status económico ventajoso en comparación con el
resto de la población, lo convierten en alguien que tendría dificultades para representar a otros grupos
sociales más desfavorecidos. Aquí hay que entender el verbo representar en
las dos acepciones con las que lo emplea
Spivak. Representar en el sentido de ‘retratar’ o describir los conflictos del otro y en el sentido de convertirse en vocero, en representante de los
subalternos. Los artistas viven en una posición ambivalente frente al poder. Como
afirma el sociólogo francés Pierre Bourdieu, constituyen la clase dominada de
la clase dominante.
8. La
concepción estética del arte como compromiso social con el presente está
en crisis. Los artistas empiezan a desistir de un tipo de arte que corre el
riesgo de pasar por panfleto, que no tiene la resonancia social esperada y
que convierte a la crítica contestaría en un
producto más, que se inserta en el mismo orden contra el que aspira a oponerse. La irrupción del arte en los circuitos ideológicos empieza a ser
contraproducente en las sociedades contemporáneas. La estética marxista del
compromiso social del arte ha quedado devaluada, integrada a la industria del entretenimiento. La creencia
adorniana de que el arte participa en la sociedad afirmando su carácter asocial
parece tener una mayor vigencia. El arte que acude a lo hermético y a lo
polisémico, que trata de afirmar sus diferencias frente a otros productos
mediáticos parece ser una manera más promisoria de participar en la sociedad.
II
Quiero
terminar este comentario con una nota positiva. Es el ejemplo de la obra El
susurro de Tatlin, de Tania Bruguera, en la X Bienal del 2009. Los espectadores
podían disponer de un minuto para decir lo que quisieran ante un micrófono. Muy
pronto todo pareció escaparse del control institucional. La pieza duró siete
minutos y tuvo que ser interrumpida precisamente cuando comenzaba a tener
impacto entre el público. Este tipo de arte participativo, donde los espectadores son momentáneamente invitados a entrar en el terreno de lo tolerable, sí podría
ocasionar molestias, como efectivamente ocurrió en el aporte de Bruguera a la X
Bienal. Por ahora, este arte participativo, que convierte la obra de arte en
protesta colectiva, es el que sigue ofreciendo posibilidades a la noción del
compromiso social.
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