19/4/16

A la deriva

La exsecretaria de Estado ganó, tal y como anticiparon las encuestas, el Estado de Nueva York. Existieron algunas irregularidades y se estima que unos tres millones de personas -buena parte de ellos independientes y por tanto inclinados hacia el Senador de Vermont-no tuvieron oportunidad de participar en las primarias. No se registraron como demócratas antes del 25 de octubre, como lo exigían las regulaciones del Partido o, de manera sorprendente, a última hora vieron alteradas sus afiliaciones partidistas.  Como quiera que sea, los entusiastas de Bernie Sanders tendrán que poner los pies en la tierra y admitir que los resultados dejan al Senador con escasas posibilidades de lograr la candidatura demócrata.

Como simpatizante de Sanders, la derrota en Nueva York me parece catastrófica para los demócratas. Es preciso tener en cuenta que los discursos de Hillary y su adversario pudieran verse como discrepancias entre pequeñas diferencias. La exsecretaria se ha aproximado a las visiones más radicales de su rival y posiblemente lo haga todavía más, con el propósito de atraer a los seguidores del Senador. La diferencia entre ambos no reside ni en sus promesas, ni en sus posiciones políticas. La distinción entre los candidatos es, sobre todo, de orden ético. Un gran por ciento de la población no considera a Hillary digna de confianza e incluso, tiene la imagen de que permanece demasiado apegada a los intereses del gran capital. Esta falta de credibilidad -que se confirma en su continuo cambio de posiciones y en su renuencia a divulgar el contenido de sus presentaciones ante Goldman Sach- no solo genera escaso entusiasmo, sino que también la hace vulnerable ante los ataques de sus rivales (ya sea Sanders o los Republicanos). Lamentablemente, abundan los materiales en los que puede observarse que ella miente, se contradice o actúa de forma oportunista. Personalmente no veo cómo Hillary conseguiría involucrar a los partidarios de Sanders, sin revertir este perfil de persona deshonesta.

Hillary enfrenta un segundo problema, quizás todavía más grave que el anterior: la investigación que conduce el FBI a propósito de su cuenta de correo electrónico. Se desconocen los resultados de dichas pesquisas, pero no hay que descartar la posibilidad de que Clinton sea encausada por su descuidado manejo de información altamente confidencial y por el uso de su posición como Secretaria de Estado para beneficiar a la Fundación Clinton, entre otras negligencias. 

Finalmente, la pugna entre Clinton y Sanders ha generado mucho descontento entre los seguidores de este último. Muchos partidarios del senador se sienten defraudados con el Partido Demócrata, que en todo momento favoreció a Hillary, con los llamados súper delegados -que han tenido un peso abrumador en toda la contienda-, con los canales de televisión y con los periódicos más establecidos. Los jóvenes que siguen a Sanders han tenido demasiadas evidencias -una de las más groseras fue el espacio de 20 segundos que la emisora ABC le dedicó a senador durante todo el 2015- de las manipulaciones de los mainstream media y de los comportamientos abusivos del Democratic National Committee. Al menos por ahora, muchos partidarios del senador sienten una justificada hostilidad no solo hacia la candidata, sino también hacia el propio Partido Demócrata. No hay que descartar que Sanders -o alguna otra figura política emergente- intente aprovechar el movimiento anti-establishment, y de orientación independiente que encontró un líder en el senador de Vermont. Es decir, no es del todo improbable que haya que contar con un tercer partido en las elecciones generales.


Estos tres problemas, la falta de credibilidad de Clinton, la investigación que lleva a cabo el FBI -y que parece una especie de bomba de tiempo-, además de la dificultad para atraer a los simpatizantes de Sanders, hacen de Hillary una figura muy endeble frente a sus opositores republicanos e incluso frente a los de un posible tercer partido. No hay que dar por sentado que ella pueda derrotar sin más ni más a Trump (o al republicano que salga como candidato). Lanzar a Clinton podría ser una jugada sumamente arriesgada, en una contienda electoral que se ha caracterizado por ser más bien impredecible.   

8/4/16

Niebla

I
Yo les propondría una pregunta muy simple a los partidarios de Hillary Clinton. ¿Por qué exactamente la apoyan? Es un ejercicio que quizás merezca la pena ensayar. Tomar un pedazo de papel y anotar los puntos del discurso de Hillary con los que uno pudiera identificarse. Ojalá me equivoque, pero tengo la impresión de que muchos seguidores de Clinton, en realidad no tienen una idea muy clara de por qué exactamente estarían dispuestos a votar por ella, a pesar de que un gran por ciento de la población no la considera confiable y el FBI tiene abierta una investigación por el turbio manejo de su cuenta de correo electrónico. 

El senador de Vermont la ha empujado hacia un discurso más radical, de manera que, en un considerable número de problemas, ella coincide con los reclamos de su adversario. Es decir, los simpatizantes de Hillary votan por reformas muy similares a las que encuentran demasiado ambiciosas en su rival. Por ejemplo, la candidata no compartía la propuesta de un salario mínimo de 15 dólares la hora. Estimaba que 12 dólares era la opción factible. La semana pasada, comenzó a abogar por la misma suma que desde un inició defendió Sanders. Hillary, al igual que su oponente, ha declarado que va a regular Wall Street. También tiene pensado desmembrar los bancos que son ‘demasiado grandes para caer’, asegura que terminará con Citizen United, hará una reforma en el sistema penitenciario, se preocupará por el medioambiente, etc. ¿La diferencia con las posiciones de Sanders? El senador promete lo imposible, mientras ella llegará a resultados que en la práctica sí pueden alcanzarse. Además, Hillary es mucho más visionaria. No solo se limita a seguir las propuestas de Sanders, sino que asegura que irá mucho más allá que su rival, a quién ha descrito como ‘monotemático’. Al final, junto a su pragmatismo- que suele aceptarse como un lugar común sin que necesariamente pueda corroborarse con su historial como senadora y como secretaria de Estado-, su plataforma electoral es una especie de nebulosa, donde nada parece estar delineado.

Su postura en torno al sistema de salud es un ejemplo de cómo su pragmatismo se vuelve turbio y oportunista. Hillary afirma que ella va a construir sobre el legado de Obama. Con esto ofrece la impresión (engañosa) de que su adversario persigue desmantelar el Obama Care, mientras ella se presenta como una continuadora de la política del actual presidente. Pero ¿qué quiere decir esto de “construir sobre lo alcanzado por Obama”? ¿Alguna propuesta en concreto? No, por el momento. Los periodistas no le preguntan y ella tampoco ha estimado necesario aclararlo.

II
Hillary puede aproximarse a las posiciones del senador; puede presentarse como pragmática, pero no puede arriesgarse a rechazar, como lo hace Sanders, las contribuciones financieras de las élites económicas.  La iniciativa de Sanders de costear su campaña mediante pequeñas donaciones, por quijotesca que pudiera parecer en un inicio, terminó por recaudar sumas bastante superiores a las que los super PAC le han aportado a Clinton.  Además -y esto es realmente lo más importante- con ese gesto Sanders le confirió una dimensión ética a su campaña. Si el senador parece un oponente poco convencional, si parece un contestatario y un soñador, es porque ha fusionado ética y política de un modo que posiblemente no tenga muchos precedentes en el ámbito político norteamericano.


Quizás no sea casual que la opacidad de la plataforma presidencial de Hillary se corresponda con un turbio comportamiento ético. ¿Por qué la exsecretaria de Estado insistió en instalar un servidor de internet en su casa, usar un inseguro Blackberry y abrir una cuenta de email personal para lidiar con los asuntos altamente confidenciales relacionados con su cargo? ¿Por qué decidió borrar unos treinta mil emails ‘personales’, de una cuenta donde los emails de trabajo estaban irresponsablemente entremezclados con los de su vida privada? ¿Cuánto tiempo invirtió Hillary en redactar 30 000 correos personales, mientras ejercía como secretaria de Estado? ¿Por qué decidió establecer esta forma de comunicación, desatendiendo las recomendaciones de los expertos en seguridad nacional? Cualesquiera que sean las respuestas a estas preguntas, estamos ante un problema de responsabilidad ética ante el trabajo. Lo mismo puede afirmarse de su pragmática forma de recaudar fondos para su candidatura, mientras habla de la necesidad de derogar el Citizen United. Su decisión de no dar a conocer el contenido de sus presentaciones ante los ejecutivos de Goldman Sach es también éticamente reprochable. 

No solo habría que preguntarse cuál es la plataforma económica y política que sostiene Clinton, sino también cuál es la dimensión ética de su candidatura.