8/1/15

Charlie Hebdo y la libertad de expresión


Una horrenda masacre tuvo lugar en las calles parisinas. El resultado: doce muertos como consecuencia de unas caricaturas que se burlaban de Mahoma. Innecesario aclarar que se trata de un crimen que no se corresponde con la ofensa que implicaban los dibujos. Hay que condenarlo, como una respuesta desmesurada y aborrecible.Posiblemente muchos musulmanes encuentren igualmente repudiable este acto terrorista. La brutalidad de los asaltantes tal vez les parezca excesiva a muchos de quienes profesen el culto a las enseñanzas del Corán, aunque otros acojan el asesinato de doce ciudadanos franceses como una necesaria vindicación frente a un conjunto de imágenes blasfemas. Está claro que no se puede confundir al musulmán con el terrorista. Eso sería un absurdo idéntico a pensar que todos los vascos son etarras.

 Tal vez convenga recordar el escándalo provocado por Chris Ofili en el Brooklyn Museum, con su serie de representaciones de la Virgen María realizadas con excrementos de elefante y donde el artista agregó fotografías pornográficas. ¿Eran estas representaciones sacrílegas, que herían la sensibilidad de los devotos? Sin duda, pero estaban realizadas en una sociedad del espectáculo, entraban en el juego de provocaciones propias del arte. Los cristianos que se ofendieron tenían herramientas legales y financieras para enfrentarse al Brooklyn Museum. Y lo hicieron. El por aquel entonces alcalde de Nueva York abrió una demanda contra el museo y además hizo esfuerzos por retirarle el financiamiento a la institución. Pero el First Amendment vino a amparar al Brooklyn Museum frente al mojigato Giuliani. El fallo judicial fue una rotunda victoria de la libertad de expresión. Aquí tenemos un ejemplo de un comportamiento propio de nuestras sociedades democráticas (donde también, no hay que olvidarlo, la libertad de expresión en sí misma forma parte de un espectáculo que posee una dimensión represiva). El alcande de Nueva York pasaba por alto toda una tradición carnavalesca muy propia del mundo occidental y que, de acuerdo con el pensador ruso Mikhail Batkhtin, tiene sus raíces en el medioevo y en la cultura grecolatina. Era esta tradición la que habría que convocar ante las obras de Ofili. Nosotros, desde hace tiempo, hemos aceptado e incorporado a nuestra cultura transgresiones y críticas muy graves contra los fundamentos del cristianismo. Y esa falta de rigidez, esa burla frente a las concepciones trascendentales, es un rasgo de nuestra cultura que hoy celebramos como un gran acierto y como parte de eso que hoy llamamos libertad de expresión.

Es indudable que hay que defender dicha libertad. Es una libertad todavía imperfecta y constantemente amenazada. También es una libertad con límites. Y creo que todo el mundo estaría de acuerdo en que es preciso proteger al menos algunos de esos límites: serían necesarios en una sociedad cada vez más abierta a las diferencias y al respeto hacia las minorías. Los comentarios racistas, vilipendiosos hacia las mujeres o las minorías sexuales, las tiradas anti-semitas, las celebraciones del nazismo, la homofobia, la pornografía infantil, y muchos otros contenidos que suponen una degradación o una invitación a la violencia contra determinados seres humanos, son contundentemente repudiados–y hasta podrían ser sancionadas por la ley- en nuestros paradigmas de libertad de expresión. Lo que se persigue es una libertad que no sea humillante para determinados grupos  que usualmente figuran entre los menos pudientes en nuestras sociedades occidentales. Occidente aspira a una libertad de expresión basada en el respeto a las diferencias y que incluso celebre la dignidad de las personas.

Creo que este sentido de respeto hacia el otro faltó en las caricaturas publicadas por Charlie Hebdo. En la práctica, tuvieron el propósito de alimentar las tensiones contra grupos étnicos que profesan el Islam. Dichos grupos sociales están mayormente compuestos por inmigrantes, ilegales o no, o sectores de las clases trabajadoras.

El hombre occidental tiende a aceptar las burlas y los cuestionamientos más severos a la religión, en parte porque el Cristianismo mismo se ha vuelto menos dogmático y se aparta cada vez más de cualquier forma de intolerancia. La iglesia dejó de ser el aparato ideológico primordial en los estados occidentales, sustituido por las instituciones de una enseñanza donde los contenidos religiosos dejaron de tener el carácter impositivo que prevaleció en el pasado. Nosotros podemos decir ‘Me cago en Dios cabrón’ con la mayor naturalidad del mundo.


En las sociedades islámicas el culto religioso funciona de un modo diferente a Occidente. Los musulmanes tienen otra visión del mundo, regida por otras concepciones morales, donde la devoción a Mahoma suele tomarse con mayor seriedad. Nosotros podríamos llamarlo extremismo,  fanatismo religioso o como queramos, podríamos pensar que los musulmanes viven en un mundo anticuado y autoritario, dominado por todo tipo de prohibiciones y creencias seculares;  pero, ¿no estaríamos aquí en uno de los casos en que la libertad de expresión debiera respetar las diferencias? No es raro que dentro del sistema de pensamiento de las culturas islámicas, que difiere del que se impuso en nuestras sociedades del espectáculo, las caricaturas contra El profeta fuesen interpretadas como innecesarios abusos de poder, como faltas de respeto hacia una comunidad religiosa, que en principio, como parte de su propio credo, no debiera aceptar semejante humillación . Son también -a diferencia de los ampliamente repudiados comentarios racistas, homófonos, degradantes para las mujeres, los judíos, etc.- imágenes que Occidente no solo tiende a elogiar como gestos saludables, ‘polémicos’, que supuestamente son manifestaciones de una mayor libertad de expresión, sino también como un derecho que nosotros, los hombres democráticos, debemos defender como grandes paladines. Escudado en la palabra libertad, el hombre occidental se siente con derecho a pisotear las creencias del otro, a insultarlo, a mofarse de sus ideales más sagrados. Es un derecho consagrado jurídicamente, evocado continuamente por la prensa, los políticos y los artistas ¿Es esta la libertad de expresión que debiera defenderse? 

Las caricaturas no agregan nada a una supuesta 'libertad real' de la democracia. Repito lo que dije al inicio: no hay que justificar el ataque a la sede de Charlie Habdod. Hay que condenarlo, como una respuesta desmesurada y aborrecible. Pero igualmente encuentro reprochables estas caricaturas que persiguieron encender el resentimiento contra algunos grupos étnicos. 

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