18/6/14

La buena vida

La poeta Tracy K. Smith.

En lugar de la publicidad habitual que uno encuentra en los vagones del metro, Poetry in Motion cuelga un poema. El
programa, que inició el MTA(Metro Transit Authority) de la ciudad de Nueva York, está inspirado en una iniciativa del
metro londinense y se fundó en 1992, así que parece estar ya totalmente integrado al metro newyorkino. Es una
magnífica oportunidad para conocer el trabajo de poetas jóvenes, como la autora que traduciré a continuación.
Tracy K. Smith (1974) recibió el Premio Pulitzer en el 2011 por su poemario Life in Mars (La vida en Marte), 
que incluye los versos de The Good Life.

La buena vida
Tracy K. Smith

Cuando algunas personas hablan de dinero
Lo hacen como si se tratara de un amante misterioso
Que salió a comprar leche y nunca más volvió
Y eso me hace sentir nostalgia
Por aquellos años en los que vivía a base de pan y café
Hambrienta en todo momento, rumbo al trabajo el día del cobro
Como una mujer que parte en busca de agua
Desde un pueblo en el que no hay ni una cisterna
Para después disfrutar
Como el resto de los mortales
De una o dos noches de pollo asado y vino tinto

  
The Good Life                                                   
By Tracy K. Smith

When some people talk about money
They speak as if it were a mysterious lover
Who went out to buy milk and never
Came back, and it makes me nostalgic
For the years I lived on coffee and bread,
Hungry all the time, walking to work on payday
Like a woman journeying for water
From a village without a well, then living
One or two nights like everyone else
On roast chicken and red wine.


17/6/14

Arte contemporáneo y Universidad

I
Los vínculos entre arte y filosofía pertenecen con todo derecho a la Historia del Arte. La escultura, la pintura y la arquitectura se relacionaban con el pensamiento filosófico por medio de esa disciplina tradicional -que hoy nadie sabe a ciencia cierta qué propósito tiene o con qué categorías pudiera operar- llamada Estética. Las formas artísticas, y no tanto los contenidos de las imágenes, supuestamente reflejaban las estructuras de pensamiento de su tiempo. Este era uno de los lugares comunes con los que operaba la Historia del Arte. Eso no quería decir que el artista fuese un filósofo, si bien en determinados momentos históricos los artistas figuraron entre los grupos ilustrados de la sociedad. En el Renacimiento, por ejemplo, un pintor debía estar más o menos familiarizado con Dante, Ovidio, Plótino y Ficcino, además de con los Evangelios. Pero su prestigio se debía fundamentalmente al dominio de las técnicas pictóricas, a sus habilidades –a menudo endiosadas por la clientela de banqueros y aristócratas- y también a su temperamento, a veces huraño, melancólico o solitario, mitificados como evidencias de su ‘genialidad’. Posteriormente, sobre todo a partir del Romanticismo, el artista encarnó en la figura del rebelde que despreciaba, con su amor por sus creaciones y su vida bohemia, el pragmatismo y el mal gusto burgueses. Un artista que leía a los novelistas de su tiempo y sentía afinidades con los poetas, pero que igualmente vivía inmerso en las transgresiones de su propio arte, en sus rechazos a las convenciones sociales y en sus enfrentamientos contra la academia.

Desde al menos finales de los años cincuenta,  esta situación ha variado drásticamente. Es cierto que el artista de hoy tiende a oponerse a la academia decimonónica y a los reductos de la moral y el conservadurismo político. Pero en dicho rechazo parece existir un poco de inercia  ya que los prejuicios y muros que tradicionalmente enfrentaba el arte han quedado pulverizados o son ampliamente repudiados.   Para los creadores contemporáneos, al igual que sus predecesores de hace dos siglos, la academia sigue estando asociada con el conservadurismo político, las visiones morales retrógradas y los gustos de las clases pudientes. Esta voluntad antiacademicista dificulta apreciar que el artista contemporáneo es, en realidad, un académico. Solo que un  académico distinto al que se formaba en las tradicionales escuelas de Bellas Artes.

La nueva academia del artista es la Universidad. Es allí donde el arte se fusiona con el pensamiento actual. Si el arte del pasado reflejaba estructuras del pensamiento de su tiempo, en la actualidad el arte parece diluirse en las orientaciones teóricas que se gestan en los centros universitarios. En sentido general es en las instituciones de la enseñanza superior donde los artistas se familiarizan con el post-estructuralismo y la desconstrucción, con las vertientes feministas, post-feministas y post-coloniales. Los estudiantes de arte comparten el mismo discurso teórico que los antropólogos, los sociólogos y los críticos literarios. Solo los distingue –y no es poca cosa- el hecho de apelar a imágenes visuales y a los propios discursos sobre el arte, sin dejar de servirse de las palabras, que se han vuelto imprescindibles hasta el punto de que el arte ya no puede desligarse de ellas. Hace casi cinco décadas, en 1965, Harold Rosenberg afirmaba que una obra de arte era una especie de centauro, mitad palabra, mitad sustancia visual. Hoy sigue siendo así, pero a esto hay que agregar que el artista es una especie de híbrido entre el profesor universitario y la estrella mediática.

Por lo general, salvo contadas figuras como el pensador esloveno Slavov Zizek, los académicos viven encerrados en los predios universitarios, participan eventualmente en congresos y coloquios que casi nunca llaman la atención del gran público y dan a conocer libros que tienen un reducido círculo de lectores, como mismo son pocos los que se toman la molestia de revisar las revistas universitarias donde aparecen los ensayos académicos. El artista contemporáneo, a diferencia de sus colegas universitarios, aspira a servirse de las metodologías que le proporciona la academia y del arsenal del pensamiento teórico, para producir obras que, en última instancia debieran fundirse a la vida o tal vez encontrar un espacio en el mercado de arte. Cuando las imágenes artísticas se discuten y exhiben en el espacio universitario es porque ya han conseguido algún tipo de impacto fuera de las instituciones de enseñanza superior, han salido de las aulas para entrar en el museo, en las discusiones de la crítica, en los escándalos mediáticos. El artista es una especie de hijo pródigo de la universidad.

II
En el entorno académico suele hablarse de ‘mala escritura’. Una voluminosa cantidad de textos universitarios pudieran caer en esta categoría, es decir, una jerga nebulosa, frecuentemente petulante e incomprensible, que ni los propios colegas consiguen digerir y que se exponen en eventos académicos donde el reducido público se desorienta, se desconcentra o se aburre.

Los artistas parecen estár dispensados de la ‘mala escritura’. Al cabo lo que hacen es una labor que puede ser poética, lúdica, o hasta una parodia de la propia mala escritura, y no tiene por qué estar supeditada al rigor de las citas ni las demostraciones teóricas, como supuestamente debieran estarlo los textos académicos. El artista se sirve de la jerga teórica con absoluta libertad, como un material más a su disposición, que complementa con otros muchísimos recursos, como un video de canales múltiples, un collage o una fotografía. Y el público conviene, aunque sea de manera inconsciente, en que es precisamente ese hermetismo del lenguaje académico el que distingue a las creaciones artísticas de las producciones mediáticas, que con sus soluciones enlatadas carecerían de la intencionalidad, más o menos compleja que proporciona el arte. 

Esta irrupción, por medio de las imágenes visuales, de los discursos académicos en el espacio de la vida cotidiana y las instituciones de arte plantea complejos problemas de comunicación. Las imágenes artísticas son muy heterogéneas –las creaciones recientes incluyen sonidos, ruidos, olores, reacciones del visitante, imágenes en movimiento, conexiones al internet, video-juegos, performances y hasta la combinación de varios de estos efectos- si se las compara con la palabra escrita o hablada de las que dependen los otros discursos académicos. El público tiene que vérselas con un lenguaje donde se abordan cuestiones teóricas complejas, superpuestas a problemas inherentes al propio devenir del arte y expresadas a través de medios y  estructuras narrativas no convencionales.

El ambiente universitario es, en comparación con el campo artístico, mucho más cerrado al exterior y menos variado desde el punto de vista de sus lenguajes formales. Esto seguramente presenta enormes inconvenientes, pero posee al menos una ventaja. En la universidad, gracias al papel protagónico del texto, existen todavía maneras de ejercer la autocrítica.  El término mala escritura puede establecerse con respecto a un ideal, que cabría llamar  ‘buena escritura’ y cuyo paradigma alguien ha localizado en una breve arte poética de David Hume. Todavía la academia posee métodos para afirmar los límites estéticos de sus discursos. En el arte contemporáneo no ocurre así.

El arte se ha vuelto tan diverso y tan creativo que ha perdido sus sedimentos y sus puntos de referencia. Y el público parece estar totalmente despistado. Las creaciones pueden ser motivo de risa, debido a su dificultad de comprensión, pero también gracias a su excesiva sencillez. La burla, sin embargo, parece contener el reconocimiento de la ignorancia propia, la culpa de no ser lo suficientemente sofisticados o abiertos hacia lo nuevo. Si da risa que un tareco cualquiera sea considerado una obra de arte, en realidad también nos estamos burlando de nuestra propia incapacidad para comprender cuáles son las cualidades artísticas que se le atribuyen a dicho mamarracho.  Por medio de la risa se pretende ser desenfadado ante el miedo de parecer reaccionario, poco perspicaz, carente de sofisticación  o no estar lo suficientemente al tanto de los problemas que plantea el arte. Damien Hirst ha sabido aprovechar este comportamiento social contradictorio. Mientras más uno lo considere un embustero o un oportunista, mientras más irrelevantes y facilistas nos parezcan sus obras, más difícil nos resulta entender a qué se debe su aceptación en el mercado. Decir que Hirst es un farsante y denunciar el engranaje mediático que hay detrás de sus trabajos, es un modo de confesar que no podemos comprender –como aparentan hacerlo los museos y las prestigiosas galerías que lo representan- ni los resortes propagandísticos que mueven su obra, ni en qué consiste la importancia que se le confiere a sus trabajos. Menos aún estamos en condiciones de explicar por qué nos parece que Hirst es un timador y cualquier otro artista contemporáneo no lo es.

El discurso universitario al trasladarse al ámbito artístico y al alcanzar una libertad morfológica desorbitante, establece una manera de comunicación perversa. Tanto el público, como los artistas, los curadores y los que pasan por expertos,  concuerdan en voz baja en que ‘entienden que no entienden’. Pero es un acuerdo tácito que conviene enmascarar de algún modo, sea mediante la risa o la interpretación más o menos improvisada y plausible.

Uno pudiera pensar que debiera hablarse de algo análogo a la mala escritura en el reino de las artes visuales, pero esa tarea, por muy imperiosa que sea, es cada día menos posible ya que cualquier paradigma que trate de tomarse como punto de referencia tiene el aire de una limitación, de un enfoque retrógrado, subjetivo o impresionista. ¿Cómo podría demostrarse que una obra de arte contemporánea es mala, en el sentido en que existe una ‘mala escritura’? El arte actual ha imposibilitado, gracias a sus aperturas ilimitadas, la crítica negativa y la posibilidad de ejercer la auto-crítica. En tal sentido el arte ha llegado a un punto muerto, donde gestos  transgresores se re-presentan y reciclan como una novedad que es, al mismo tiempo, un síntoma de desgaste. Arte del pasado transformado no en un academicismo –contra el que sería posible enfrentarse- sino en un vagar perpetuo,  compuesto de re-ediciones incesantes, un espectáculo donde, por paradoja, las poéticas personales de los artistas se vuelven triviales, debido a su excesiva complejidad, ahogadas y anuladas en un sinnúmero de propuestas no menos complejas y transgresoras.

Antes uno podía seguramente hablar de conocedores, incluso cuando el conocedor –como Clement Greenberg- se confiara a sus primeras impresiones. El instinto de Greenberg le diría, en un abrir y cerrar de ojos, si estaba ante una obra verdaderamente lograda o ante una pintura carente de valores artísticos. Hoy me temo que podría ser presuntuoso declararse ‘conocedor’ del arte contemporáneo, por muy informado que uno se mantenga. Ante el arte actual tendríamos que confesar un socrático “solo sé que no sé nada” y no es muy importante si se dice de un modo irónico o no. 

11/6/14

Cuban American State of Mind en ArtExperience:NYC


Hemos publicado una reseña sobre la muestra colectiva Cuban American State of Mind, curada por Yuneikys Villalonga en colaboración con Susan Hoeltzel para la Lehman College Art Gallery. El texto de Susan Platt (en inglés) puede consultarse en este enlace. Para la versión en español haga clic aquí.