4/5/14

Venezuela y la llama de una vela


Durante las últimas semanas las protestas en las calles venezolanas parecen haber perdido vitalidad. Disminuyen las imágenes de la represión violenta y las noticias sobre manifestaciones estudiantiles son ahora esporádicas. El poder del presidente Maduro, que pareció tambalearse durante los meses de febrero y marzo, disfruta, aunque sea provisionalmente, de un respiro. La represión institucional terminó por imponerse y luego de hacerse con el control de las calles, el gobierno ha decretado el carácter ilícito de futuras manifestaciones. Seguramente la oposición logrará recuperarse porque los malestares de la sociedad venezolana –altos índices de criminalidad, inflación, escasez y corrupción generalizadas, además de la ineficiencia en la producción y el creciente control del Estado sobre los medios de difusión - quedaron sin resolverse. Solo que el impulso inicial se ha perdido y tal vez no sea  fácil recobrarlo, por mucho que Corina Machado anuncie una segunda, de cuatro fases, en los enfrentamientos.


Esta pacificación forzosa fue acelerada por la llamada Conferencia Nacional por la Paz, astutamente convocada por el gabinete de Nicolás Maduro. Un sector de la oposición se apresuró a sentarse en la mesa de negociaciones sin previamente ponerse de acuerdo con otros líderes antigubernamentales. Tampoco tuvieron la cautela de exigir algunas premisas para el diálogo. Optaron por darles voz a sus demandas cuando ya estaban sentados ante las cámaras de la televisión, enfrascados en un diálogo de sordos. La tentación de salir airosos en un careo mediático y tal vez la creencia de que podría llegarse a algún entendimiento por medio de la persuasión, fue un golpe fulminante y hasta cierto punto desmoralizador para quienes salían a manifestarse a las calles, exponiéndose a los disparos, a las palizas, los gases lacrimógenos y los encarcelamientos. Sirvió de poco que los partidarios del diálogo repitieran que apoyaban las protestas; mientras ellos presionaban desde otras vías que se inscribían dentro de una estrategia de lucha pacífica; porque, en esencia, evidenciaron que la oposición estaba dividida. Mostraron que aceptaban dialogar con sus adversarios, a pesar de que sus aliados no lo consintieron. 

En un momento en que las protestas callejeras necesitaban figuras que las inspirasen, la Conferencia Nacional por la Paz debió ser como un jarro de agua fría. Gracias a este señuelo Maduro y sus asesores consiguieron desmembrar al movimiento opositor. El líder estudiantil Leopoldo López sigue encarcelado y la recesión de las protestas hace pensar que no habrá muchas posibilidades de que sea liberado de manera inmediata. Las garantías parlamentarias de Corina Machado fueron derogadas, con lo cual la otrora diputada queda expuesta a las arbitrariedades de un sistema judicial que tiende a encarnizarse con sus enemigos políticos. La pérdida de fuerza del movimiento opositor la convierte en una presa cada vez más vulnerable. Por último, Capriles y otros opositores no consiguieron nada en sus conversaciones, nada, salvo algunas horas de protagonismo mediático y contribuir a que quienes no estuvieron dispuestos a participar en la iniciativa gubernamental quedasen infundadamente asociados a grupos radicales e incendiarios de la oposición.

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