28/5/13

Los platos rotos

El amarillo era sinónimo de cobardía y por lo tanto no debería emplearse. También había que cuidar de los azules y los violetas, que se asociaban a la frialdad. Otro tanto ocurría con el negro y los tonos oscuros, que denotaban pesimismo. Estas codificaciones se pusieron en práctica en el Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR), en la Cuba de comienzos de los años setenta. Las regulaciones entorpecieron el propio trabajo de propaganda política y, al menos en lo concerniente a la intensidad cromática, podrían servir para avalar la expresión “quinquenio gris”, acuñada por el escritor cubano Ambrosio Fornet, aunque luego pueda discutirse si el término es o no un eufemismo.

Aunque en la primera mitad de la década de los setenta se impuso una vertiente de la política cultural que tuvo no poca fuerza desde los comienzos mismos del proyecto social iniciado en 1959, los años que van desde 1971 hasta 1975, han tipificado el momento más desacertado en la conducción y sovietización de la cultura cubana. Los ejemplos abundan y es casi ocioso detenerse en ellos. Las purgas en el teatro cercenaron drásticamente el desarrollo de las artes dramáticas, la producción cinematográfica se tornó insípida y difícilmente puedan rescatarse algunos filmes. En la actualizad el otrora celebrado De cierta manera, de Sara Gómez, no pasa de ser un panfleto de pésimo gusto.  La política editorial, la enseñanza universitaria y artística, los concursos literarios, los salones de artes plásticas, el arte público. Prácticamente ninguna esfera de la producción artística y literaria quedó al margen de las rigideces de la política cultural.

El cantautor Silvio Rodríguez y el escritor Norberto Fuentes han lamentado, cada uno a su modo, el reciente fallecimiento de Luis Pavón, encargado de implementar la política cultural de comienzos de los setenta. Por muchas buenas cualidades que, en su trato personal, hubieran podido tener funcionarios como Armando Quesada, Serquera y Luis Pavón, todo parece indicar que, de un modo muy directo, son en gran parte responsables de los desmanes de la política cultural, incluidas las persecuciones, censuras y abusos que se cometieron contra numerosísimos artistas e intelectuales.

Sin embargo, durante los últimos cincuenta y cuatro años de gobierno ningún funcionario cubano ha tenido la capacidad de decisión ni la iniciativa que permitiría atribuirle errores tan graves y tan sistemáticos como los que se cometieron durante aquellos años. Se impone delimitar los papeles de esas figuras, al margen de cuanto entusiasmo hayan desplegado a la hora de cumplir sus funciones. Pavón y compañía debieron limitarse a llevar a cabo orientaciones que recibieron desde arriba. Con toda seguridad, no pasaron de ser peones de un horizonte ideológico bastante dogmático y de directivas que provenían desde las más altas esferas del poder. Convendría, por lo tanto, no exagerar el papel que desempeñaron esos burócratas, por siniestros que pudieron parecer en su momento y sobre todo más tarde, cuando fueron destituidos y tuvieron que pagar los platos rotos. De hecho, no es exagerado afirmar que ellos también se encuentran entre las víctimas. Fueron los chivos expiatorios que, con más o menos torpeza, permitieron encubrir a los verdaderos artífices del quinquenio gris y, al mismo tiempo, vender la imagen (engañosa) de un momento histórico ya superado, encerrado en aquellos años.

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