14/6/12

Un museo imaginario. Arte Cubano en Nueva York


Tania Bruguera, Immigrant Movement International, 2011-2015.


A continuación un resumen de la presentación que hice el pasado viernes 8 de junio, en New York University, como parte del coloquio Cuba por fuera, organizado por el escritor Enrique del Risco y patrocinado por CANY (Cuban Art New York)

Coco Fusco, Bared Life, 2006.


El título de este panel, Arte cubano en Nueva York, me hizo pensar inmediatamente en una exposición colectiva. Un poco más tarde caí en la cuenta de que también merecía ser el tema de algún proyecto de investigación. Hasta donde tengo referencias, no existe ni una ni otra cosa, si uno descuenta la tesis de licenciatura en Historia del Arte de la Universidad, del ahora curador Elvis Fuentes, fechada en 1998 y dedicada al caribeño en Nueva York. El hecho de que tanto la muestra colectiva, como el proyecto de investigación pertenezcan al dominio de lo imaginario resulta bastante sorprendente, si se tiene en cuenta la fecundidad de Nueva York como sede del arte cubano.

Caridad Sola, Looking for Mr. Right, 2010.

No sé si tenga algún sentido, pero si hoy tuviésemos que definir qué es lo cubano, entonces tendríamos que convenir en que, cualquiera que sea la respuesta, es algo que trasciende las fronteras de la isla, con núcleos más o menos fuertes en ciudades como Barcelona, París, Ciudad México, Caracas, Miami y desde luego La Habana. Entre todos esos centros culturales Nueva York ofrece una pluralidad como la que no pudiera encontrarse en ningún otro sitio del planeta. Pensemos que el arte cubano en la ciudad incluiría a artistas como Bedia y Carlos Garaicoa, Tomás Sánchez y Los Carpinteros, Carlos Rodríguez Cárdenas y José Ángel Toirac, Luis Mallo y Yoan Capote. Incluso habría que mencionar al curador y crítico de arte Gerardo Mosquera. Es decir, no habría manera de sustentar las divisiones entre los que residen dentro y fuera de Cuba, como tampoco serían muy claras las diferencias ideológicas. Por otro lado habría que incluir a creadores cubano-americanos como Coco Fusco, Teresita Fernández, Luis Gisperg y Caridad Sola; por no mencionar a Ana Mendieta, Felix González-Torres y Andrés Serrano, que son figuras que ya pertenecen a la historia del arte contemporáneo.

De un modo muy general –y aquí sólo sería posible una aproximación muy básica- la presencia del arte cubano en Nueva York podría verse como la conjunción de tres importantes rasgos. El primero es la inmigración. El segundo los intercambios culturales con Cuba y, finalmente, la influencia de contexto artístico que la ciudad ha ejercido sobre los creadores.

Luis Gispert, Red Blasterettes, 2004


El triunfo de la Revolución Cubana coincidió históricamente con el declinar del expresionismo abstracto y el triunfo del Pop art, la aparición de los happenings, el hard-edge y algunas otras vertientes que supusieron una ruptura con la tradición vanguardista. Junto a estos cambios culturales, el ascenso al poder del gobierno revolucionario de 1959 creó una comunidad de artistas exiliados. Muchos de ellos se establecieron en la Gran Manzana.

Luis Mallo, in Camera, 2007

Dando un salto hacia el presente, la presencia de los emigrantes puede apreciarse en las generaciones de cubano-americanos que se han formado en Nueva York o que en la actualidad realizan sus obras en la ciudad. En ellos, el problema de la búsqueda de una identidad perdida es un motivo fundamental. Atraviesa la obra de creadores tan disímiles como Ernesto Pujol, Caridad Sola y Coco Fusco. Junto a los cubano-americanos tendríamos a los que emigraron de Cuba, a partir de 1959. Varias hornadas de artistas han pasado por Nueva York, comenzando en los años sesenta, cuando Emilio Sánchez, Carmen Herrera, Luis Azaceta y muchos otros que se establecieron en la ciudad. Luego le seguirían muchos otros creadores, entre los que sobresalen Ana Mendieta, Félix González-Torres y Ernesto Pujol que tuvieron una participación muy activa en el panorama artístico de la ciudad, entre años los setenta y los noventa. Finalmente, una nueva oleada, comenzando por Florencio Gelabert y terminando por Pavel Acosta, de artistas que se formaron en Cuba. Son creadores que participaron en las orientaciones artísticas que se iniciaron con Volumen I y que conservan muchas de las concepciones estéticas bajo las que se formaron en el entorno artístico habanero.

Carlos Garaicoa, Now let's play to disappear, 2002.


Luego estarían las exposiciones de artistas promovidos por instituciones cubanas o por centros culturales que tienen interés en creadores que residen en la Isla, muchas veces desestimando a los autores que trabajan desde el exilio o que de forma manifiesta han declarado su adversión al gobierno de los hermanos Castro. La primera de esas organizaciones fue el Center for Cuban Studies, fundado por Sandra Levinson en 1972 y que inicialmente se dedicó a comercializar el “cartel revolucionario” y la pintura naif. Como es perfectamente conocido, Levinson ha sido una incondicional del régimen cubano. Pero no puede decirse lo mismo de otros artistas que han expuesto en la ciudad, como Los Carpinteros, Carlos Garaicoa, Yoan Capote y todo un grupo de artistas, incluidos figuras no tan conocidas como José Luis Fariñas y Arnolkis Turro. Kcho es posiblemente uno de los pocos que ha expresado una abierta adhesión al gobierno cubano y aun así su propia obra, relacionada con los balseros y la inmigración ilegal, parece estar en conflicto con dichas simpatías.

 Carlos Rodríguez Cárdenas, Cruise South Beach, 2006

He mencionado demasiados nombres y temo que alguien no muy familiarizado con el tema pueda sentirse un poco abrumado. Ojalá que haya conseguido transmitir la idea de cuán fascinante podría ser una historia del arte cubano en Nueva York, con sus dramas de la identidades perdidas, sus intercambios culturales, sus tensas visiones ideológicas y sus concepciones estéticas, herederas, en no pocos casos, del contexto artístico cubano. Me gustaría insistir en esta singularidad, apenas explorada, de Nueva York, donde confluyen artistas con formaciones culturales diversas, que trabajan desde contextos distintos. Ni La Habana, ni Miami, ni ninguna otra ciudad podrían exhibir tal diversidad.  Desde el punto de vista de lo museable –entendido como un archivo histórico y también como espacio abierto al presente-esto es algo excepcional.

Claudia Paneca, Intuigrams, 2011.

Un museo de arte cubano en Nueva York, con el consiguiente cuerpo de investigaciones y de proyectos curatoriales que pudiera desarrollar, no existe hasta el momento. Habría primeramente que suprimir todas las barreras que desde el punto de vista institucional y financiero, enfrentan innecesariamente y de manera artificial, a los artistas cubanos del exilio y a los que conservan lazos con la Isla. En esto Killing Time, proyecto curatorial de Elvis Fuentes y Villalonga, puede verse como un punto de partida. Luego han existido otras exposiciones que han integrado a artistas del exilio junto a otros que todavía residen en Cuba. Tal es el caso de Queloide y Ajiaco, precedida de una muestra más modesta, como lo fue Tenía que ser negro (2001) organizada por Alexis Romay, entre muy pocas otras. Es muy interesante que el problema racial haya propiciado este tipo de eventos conjuntos. Y no cabe duda de que son iniciativas a seguir. Es probable que los creadores cubanos tengan muchas otras cosas que compartir, además de la identidad racial.

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