24/5/12

Hirst


Primera parte

Hay cosas que no sólo no se dicen; sino que ni siquiera se piensan.

Un artista visita el Museo Británico. Se detiene ante una obra Pre-Colombina y algún tiempo después concibe la siguiente idea:

1. Comprar una calavera del siglo XVIII. 


2. Fundirla en platino (la dentadura, en cambio, debe permanecer tal y como está). 


3. Ir a una joyería y pedir que cubran la capa del preciado metal con 8 601 diamantes (nada de joyas de fantasía, que son de pésimo gusto).  


4. Agregar un título. No hay que romperse mucho la cabeza con esto del título. Puede ser una frase cualquiera, digamos, un ‘Por el amor de Dios’, que le diga su mamá, cuando trate de disuadirlo de tan disparatada ocurrencia.


Alguien podría interrumpirme con un oportuno: ¿Y esto es arte? La mejor respuesta es, me parece, otra pregunta: ¿Y por qué no? Si una de las funciones más llamativas de las creaciones contemporáneas consiste en permitirnos vislumbrar aquellas cosas que no sólo no se dicen; sino que ni siquiera se piensan, entonces raras veces una obra de arte habría desafiado los límites de lo que cualquier persona pudiese imaginar. Incluso diría que, entre los miles de millones de habitantes con los que cuenta el planeta, este molde de platino cubierto con diamantes sólo pudo salir de la imaginación de una persona: el artista británico Damien Hirst. Para el resto de la humanidad es probable que semejante creación se incluya entre las que ‘ni siquiera se piensan’. Hay una razón muy simple para que sea así: el sólo hecho de fabricarla costó alrededor 23 millones de dólares. Uno de los diamantes, el que adorna la frente de la calavera, tiene un valor de 
$4.2 000 000. No creo que haya muchos otros creadores que estén en condiciones –o en disposición- de invertir semejante suma, por ferviente que sea la pasión que experimenten hacia sus trabajos. Los artistas, como el resto de los mortales, tienden a imaginar proyectos que puedan realizarse dentro de un presupuesto más o menos sensato y que puedan ser implementados, preferentemente, con el menor costo posible.

Podrían intentarse muchas lecturas de For the love of God; pero el sentido que la obra transmite es, ante todo, el del despilfarro. Pensemos, por ejemplo, en cuán innecesario es hacer un molde en un metal tan costoso como el platino para luego cubrirlo con otro material. El derroche de Hirst es un ultraje para la ética y la lógica del capital.


Para muchas personas la obra de Damien Hirst es por completo irrelevante y carece de valores artísticos (aunque nadie pueda decir qué cosa es, en específico, esto de los ‘valores artísticos’). El rechazo hacia Hirst siempre me ha parecido difícil de explicar, por monótona que me resulte su serie de pinturas en las que representa, con la mayor frialdad posible, varias hileras de círculos sobre un idéntico fondo blanco. En la condena a Hirst hay mucho de arbitrario y no sería raro que se deba, al menos en parte,  a su estrepitoso éxito comercial. ¿Cómo veríamos sus instalaciones si se tratara de un artista que careciera de respaldo institucional o si fuera un autor que no tuviese ningún tipo de atractivo para el mercado del arte? Las imágenes de Hirst no son ni más ni menos banales que las de muchos otros autores, con la salvedad de que él se propone provocar el desprecio del público. Aquí tendríamos el caso poco frecuente de un artista que persigue ser desdeñado. Conjeturo que Hirst ensaya una extraña burla: mientras más se empecine el espectador en encontrarle un sentido a esas pinturas de puntos -que, según el artista, aluden a la industria farmacéutica-, mientras más infructuosamente uno intente explicarse el porqué de su éxito comercial, más se estará viviendo en carne propia la crítica de Hirst al mercado de arte y a los coleccionistas (quienes, por otra parte, se desviven por adquirir sus obras).

El despilfarro de Hirst en For the love of God puede ser bastante irritante si uno se detiene a pensar en los muchos y agobiantes problemas por los que atraviesa la humanidad (aquí no trato de defender al artista británico, sino sencillamente de interpretarlo). Pero idéntico malestar debieran causar las pinturas que alcanzan sumas millonarias en las subastas de Christie’s y Sotheby’s y no menos grotesca es la adquisición de bienes suntuosos con los que los acaudalados malgastan parte de sus fortunas (del mismo modo en que Hirst derrochó su dinero en Fort he love of God).  


Para leer la segunda parte ir a este enlace.

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