26/5/12

Hirst



Segunda parte. Para leer el texto desde el inicio hacer clic en este enlace.

Richard Serra, Snake, Museo Guggenheim de Bilbao, 1994-1997;

Ya pasaron los tiempos en los que los artistas conceptuales afirmaban que el hecho de realizar una obra era en sí mismo irrelevante o superfluo. El público y los coleccionistas se fatigaron de tanta desmaterialización del arte y  de tantos papelitos escritos a máquina, donde se proponían ideas divertidas o transgresoras. Los espectadores disfrutan cada vez más de un arte que sea un despliegue espectacular: intervenciones en el espacio, estructuras gigantescas, sofisticadas tecnologías. Con frecuencia producir estas imágenes exige cuantiosas inversiones. No tiene nada de raro que el presupuesto de un proyecto artístico exceda, perfectamente, el millón de dólares. Habría que pensar en los gastos de contratar a asistentes, incluyendo  a un personal altamente calificado, rentar grandes espacios, comprar los materiales y soportes tecnológicos. A esto hay que agregar los costos por el traslado y montaje de las piezas. ¿Cuánto habría que invertir para producir las planchas de hierro de Richard Serra,  las estructuras metálicas de Roxy Paine, las instalaciones de Oliafur Eliasson o los despliegues sensacionales de Cai Guo-Qiang, entre otros?  Estos podrían ser casos extremos, pero de todos modos el arte contemporáneo es, muchas veces, una inversión costosísima.  

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Cai Guo-Qiang, Retrospectiva en el Guggenheim Museum de Nueva York, feb-mayo, 2008
Olafur Eliasson, The New York City Waterfalls
Oliafur Eliasson, La cascada de Nueva York, 2008






















Las diferencias entre estos proyectos y For the Love of God son notables. Las obras de estos artistas cumplen una función pública, y a veces no pueden llevarse a cabo sin el auspicio de poderosas instituciones financieras. Son proyectos al servicio de una comunidad, aunque para nada se descuide la posibilidad de reportar ingresos económicos. La pieza de Hirst, en cambio, no pasa de ser una broma, una manera de crear un conflicto estrambótico en el mercado de arte y sobre todo, un modo –arriesgado- de hacer dinero.  












Calavera azteca

Damien Hirst declaró que una calavera azteca, cubierta con turquesas, le sirvió de inspiración para su For the Love of God. No me extrañaría que el hecho de señalar a una obra tan específica hubiera sido parte de un esfuerzo por ocultar que no se trata de una idea para nada novedosa. Incrustar piedras preciosas en calaveras o adornarlas es una práctica que comparten innumerables culturas, desde los pueblos de Nepal hasta las tribus asmat de Papua y los indios huicholes de México. Para colmo, en el propio ámbito del arte contemporáneo, un año antes que Hirst, otro artista, el mexicano Gabriel Orozco, hizo precisamente una calavera, dibujada con grafito, a la que tituló Cometas negros.

Gabriel Orozco, Cometas Negros, 1997.




Simon Codognato, anillo con calavera, 1866
Este motivo iconográfico es también muy popular en el mundo de la joyería: puede encontrarse, a distintos precios, en collares, anillos, relojes, colgantes, etc. Hasta cierto punto For the Love of God es una joya convertida en una obra de arte contemporánea. Esta proximidad con la orfebrería separa la imagen de Hirst del trabajo de Orozco, que podría afiliarse más bien a la tradición del arte popular mexicano.












Sin embargo, creo que un antecedente muy cercano a  For the Love of God, podría leerse en la autobiografía de Luis Buñuel, Mi último suspiro, en un breve fragmento donde el cineasta habla sobre un negocio que no pudo llevar a la práctica:
En Nueva York, en los años cuarenta, cuando era muy amigo de Juan Negrín, hijo del que fuera presidente de Gobierno de la República, y de su esposa, la actriz Rosita Díaz, entre los tres tuvimos la idea de poner un bar que se llamaría «El Cañonazo» y que sería escandalosamente caro, el más caro del mundo. En él no se encontrarían más que bebidas exquisitas, increíblemente refinadas, llegadas de las cinco partes del mundo.
Sería un bar íntimo, muy confortable, de un gusto sublime, por supuesto, con una decena de mesas a lo sumo. En la puerta, para justificar el nombre, habría una vieja bombarda, provista de mecha y pólvora negra, que se dispararía a cualquier hora del día o de la noche, cada vez que un cliente hubiera gastado mil dólares.
Este proyecto, atractivo pero poco democrático, no llegó a ser puesto en práctica. Ahí queda la idea. Resulta interesante imaginar al modesto empleado de la casa de al lado que se despierta a las cuatro de la madrugada al oír el cañonazo y le dice a su mujer: «¡Otro sinvergüenza que se ha gastado mil dólares!»

El gasto de unos 23 millones en For The Love of God podría sonar como un estrepitoso cañonazo a las cuatro de la mañana. La intención de Hirst fue crear el problema de una obra cuyo costo de producción se hiciera tan elevado que para adquirirla no habría otra alternativa que pagar un precio descomunal. Me imagino que también disfrutaría con la certeza de irritar a casi todo el mundo con tan ostentoso despilfarro. 

1 comentario:

  1. Muy sabrosa la anécdota de Buñuel y la comparación del cañonazo de mil dólares del bar con los millones invertidos en la calavera de Hirst. De repente se me ocurre si este gesto estrafalario no sería una especie de anunciación inconsciente del debacle de la industria financiera, que ya estaba ocurriendo en ese momento. Aunque en realidad no es santo de mi devoción, creo que fui uno de sus primeros críticos cuando todos se babeaban ante sus obras y muchas discusiones tuve al respecto con artistas canadienses. Es un bicho, un metecabeza, una especie de contraparte británica de Britto. Gracias Ernesto por la reflexión, sigue arañando bajo la piel del arte contemporáneo que alguna luz está emergiendo de su interior.

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