31/5/12

Enseñanza moral y monólogo polifónico en El Libro del Buen Amor


He revisado este escrito -redactado hará unos diez años, como parte de un seminario sobre el Arcipreste de Hita al que asistí en la primavera del 2002- y vuelvo a incluirlo en el blog, con las actualizaciones pertinentes. Es una interpretación de El Libro del Buen Amor, en un esfuerzo por pensar cuál pudiera ser la enseñanza moral de este texto que a primera vista parece postular posiciones morales irreconciliables, además de incluir escenas que debieron ser totalmente licenciosas en el siglo XIV español.

Enseñanza moral y monólogo polifónico en El Libro del Buen Amor.

De mis fablas e mis fazañas, rruego te que bien las mires.
Arcipreste de Hita, El libro del Buen Amor, 908d

Uno de los problemas que plantea El Libro del Buen Amor es la falta de coherencia en la voz del narrador. Al parecer no todo lo que dice Juan Ruíz debe tomarse como una verdad ni como un precepto ético, no todo lo que dice es en todo momento cómico, ni tampoco habla seriamente en todo momento. En ocasiones Juan Ruíz introduce situaciones que rozan la picaresca, en otras da pruebas de un amor piadoso. A veces la devoción alterna con la lujuria sin que parezca privilegiarse, como habría de esperar el lector, una sobre otra. Este vaivén hace pensar El Libro del Buen Amor como un texto asistemático. Muchos estudiosos, como Dagenais, han llegado a sospechar de la unidad de la obra y, sobre todo, a considerar ambivalentes o problemáticas las intenciones de Juan Ruíz. Así, por ejemplo, Michael Gerli comenta:
....El Libro del Buen Amor se estructura precisamente en torno a la compenetración del amor carnal y el amor divino, pero en este caso las simpatías del Arcipreste parecen ser totalmente indistinguibles (1981:65)
Además, la virtual falta de unidad del texto parece oscurecer la posibilidad de que el libro tenga un carácter didáctico, incluso cuando el Arcipreste incluyó, tal vez con un sentido moralizador, no pocas fábulas y ejemplos. ¿Debiera concluirse que, debido a las contradicciones del texto, El Libro del Buen Amor es una obra carente de unidad, con simpatías indistinguibles y con una enseñanza moral no del todo clara?
Aquí partiré del presupuesto de que las ambigüedades, las tiradas contra la moral reinante, los elogios mundanos y también las alabanzas a la vida contemplativa, son enunciadas desde voces distintas y se alternan dentro de una obra esencialmente polifónica. Así muchos comentarios estarían dichos desde la voz y la posición del pecador, mientras que otros serían evidentemente escritos desde el punto de vista del moralista y el devoto. Trataré de demostrar que El Libro del Buen Amor está escrito en forma de “monólogo polifónico”, en el que la primera persona del narrador habla desde puntos de vista contradictorios, encarna en personajes diferentes, discurre sobre un mismo tema desde posiciones cambiantes y muchas veces en discordia.

Monólogo polifónico

El término “monólogo polifónico” fue introducido por Ronald Macaulay (1991), en su Locating Dialect in Discourse, para designar el uso de citas directas en el discurso, es decir, los momentos en los que el narrador cita textualmente lo que dice uno de los personajes que aparece en su relato. El monólogo polifónico permite que en lugar de un sólo punto de vista, el narrador pueda presentar diversas perspectivas, mientras conserva el control sobre el discurso. Si el monólogo polifónico posee, efectivamente, una importancia considerable en la obra de Juan Ruíz, entonces, sería necesario esclarecer mediante qué gestos el autor advierte sobre los cambios de voces. ¿Cómo, mediante qué pistas, el lector podría reconocer la posición desde la que habla el narrador? ¿Qué indicaciones, qué guiños hizo Juan Ruíz a sus contemporáneos para que no incurriesen en el equívoco de tomar una farsa por un discurso elevado o una diatriba sobre la blasfemia por una celebración de la vida licenciosa?

Si El Libro del Buen Amor fue concebido como un monólogo polifónico, entonces cabría pensar que el Arcipreste de Hita introdujo algunos signos, por sutiles o retóricos que fuesen, encaminados a orientar al lector. El libro debió contener, en el modo en que fue escrito, su propio código de lectura, aunque fuese un código que advirtiese tan sólo un lector adiestrado (mientras  otros, menos al tanto de las señales a las que apelaría Juan Ruíz, tendrían que contentarse con el disfrute engañoso y se quedarían sin comprender las sutilezas que, como tantas veces menciona el propio autor, existen en su libro). La apuesta consiste en demostrar que El Libro del Buen Amor posee una clave que permite acceder a lo que debieron ser sus enseñanzas. A continuación me detendré en algunos rasgos que podrían interpretarse como pistas para que el lector acceda el texto de la manera acertada.


El contraste.
El contraste violento podría ser una de las maneras de llamar la atención sobre el cambio de voces y un modo de enseñar por medio de ejemplos negativos. Al ejemplo licencioso le corresponde un contra-ejemplo de buenaventura. A menudo, frente al habla del seductor, el Arcipreste de Hita opone bruscamente la voz del devoto, apegado a la Virgen y a Cristo. Así, por ejemplo, los licenciosos episodios de Trotaconventos y las serranas se cierran, ambos, con una enseñanza moral. En el primer caso Juan Ruíz aconseja a las mujeres que se cuiden del amor loco. En el segundo, se produce un salto a la celebración de la Virgen María –evidente contra-figura de las serranas- y la pasión de Cristo, o sea el cuerpo como redención del pecado en lugar del cuerpo para el placer.
  
El lector tiene, por tanto, que elegir. El libro ofrece una alternativa ética entre el amor (que los cuerpos alegre) y la buenaventura (que las almas preste). Habría una lectura para los cuerdos y otra, por completo opuesta, para los mancebos livianos. Como escribe Arcipreste de Hita:

67 En general a todos fabla la escriptura:
los cuerdos con buen sesso entendrán la cordura;
los mançebos livianos guarden se de la locura
escoja lo mejor el de buena ventura.

No parece casual que precisamente antes de presentar a su Arcipreste que “fue enamorado”, Juan Ruíz haga comentarios sobre cómo leer su libro y termine por aconsejar:

76d e saber bien e mal e usar lo mejor.

La autoridad del que habla. 

Las citas a los griegos se contraponen a las citas de las Sagradas Escrituras. El autor habla con una ironía demoledora al evocar a Aristóteles:

72 Si lo dixiese de mío, sería de culpar
dize lo grand filosofo, non so yo de rrebtar
De lo que dice el sabio no debemos dubdar
que por obra se prueba el sabio e su fablar.

La frase de Aristóteles (el mundo por dos cosas trabaja: la primera/ por aver mantenencia; la otra cosa era/ por aver juntamiento con fenbra plazentera, 71b-d) no se refuta mediante argumentos; sino a través del cuestionamiento de la autoridad del pensador pagano. Las Sagradas Escrituras en cambio no admiten ser puestas en duda. Son enseñanzas incuestionables. La autoridad del que habla es una pista para interpretar lo que se dice. Cuando la cita proviene de un autor pagano, el lector debiera entenderla como un juicio moral engañoso o incorrecto. Cuando se trata de una referencia a los textos cristianos, entonces debieran aceptarse como verdades o dogmas. 

Las analogías.

Cinco astrólogos acuden ante la presencia de un rey moro y vaticinan, con versiones diferentes, la muerte de su hijo. Las discrepancias entre los “estrelleros” provocaron que el rey los guardase en prisión. Años más tarde, las cinco profecías aparentaron quedar confirmadas en la trágica muerte del infante. El rey moro, al ver realizadas las predicciones, piensa erróneamente que no se puede dudar de la astrología. El narrador advierte que el rey se dejó llevar por un espejismo que le impidió vislumbrar el poder divino que se alza muy por encima de las conjeturas de los astrólogos:

150 No son por todo aquesto los estrelleros mintrosos,
Que judgan segund natura, por sus cuentos fermosos;
Ellos e la çiencia son ciertos e non dubdosos
Mas non pueden contra Dios ir, nin son poderosos.

Ahora bien, como mismo la muerte de su hijo llevó al monarca a sobrestimar el poder de los astrólogos; del mismo modo, el amor hacia las mujeres lleva al Arcipreste a confiar desmedidamente en los signos astrales. Al igual que el rey que termina creyendo en los poderes de la astrología, el Arcipreste ve su atracción por las mujeres como un designio de las estrellas. Entre el rey y el personaje que narra la historia del rey existe una correspondencia muy directa. De un modo análogo al rey que consagra a los astrólogos, el protagonista inicia el elogio del amor terrenal, para el cual el Arcipreste se considera a sí mismo fatalmente predestinado. La historia del rey moro lleva al Arcipreste a justificar su inclinación al amor. El lector debiera prestarle atención al hecho que Arcipreste reacciona de un modo similar a un ‘moro’, es decir, se comporta como alguien que está fuera de las enseñanzas de los Evangelios.

Creer en el “signo de Venus” es una desacierto comparable a la del moro que cree en los astrólogos. El amor se presenta como un poder inmenso (hace sutil al hombre rudo, elocuente al mudo y atrevido al cobarde); pero que posee una falla: es una ilusión y es un hablar mentiroso.

160 Una tacha le fallo al amor poderoso
..............................................
161d es esta: que el amor siempre fabla mentiroso.
Toda cosa que dize paresçe mucho buena
...........................................
165d e nunca vos creades loores de enemigos.

La disputa entre el Arcipreste y Don Amor constituye un largo pasaje donde el protagonista opone a  este último –a quien considera el causante de los siete pecados capitales- los argumentos y ejemplos del hombre que sigue los senderos de la virtud. Sin embargo, Don Amor replica con una historia y unos consejos irreprochables desde el punto de vista ético. El lector debiera entender dichos consejos como parte de un ‘hablar mentiroso’ y a partir de aquí, percibir cómo el tono virtuoso se va disipando, cómo Don Amor no habla con la gravedad ni con la seriedad con que el Arcipreste lo desafía. Una de sus formas de seducir consiste en degradar el acento condenatorio del sermón y llevar la discusión a un tono divertido y mundano. En lugar de polemizar contra los ejemplos y las impugnaciones, Don Amor responde a las objeciones con el elogio de los placeres terrenales y, sobre todo, con lecciones de cómo tener éxito en el arte de amar.

El episodio del diablo que tienta al ermitaño -al hablarle de las supuestas virtudes del vino- es una nueva analogía. La historia del ermitaño, como observó Gybbon Monypenny, es éticamente intachable, pero cumple la función de establecer un paralelismo entre el ermitaño, seducido por el diablo, y el Arcipreste arrastrado al vicio por Don Amor.


el amor siempre fabla mentiroso

A partir de aquí, luego de que el Arcipreste elige el placer terrenal y los fuegos fatuos del amor (una elección semejante a la que pudiera hacer el moro infiel y el hombre ebrio) se entra en un mundo patas arriba. El narrador habla desde el vicio y es necesario reparar en que el pecador, aunque en ocasiones se reconoce atrapado por sus pecados, posee unos valores morales por completo emponzoñados.

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La llave del tesoro es el tesoro.
Los atinados consejos morales que Juan Ruíz pone en boca de Don Amor están encaminados a mostrar la conducta inescrupulosa y los engaños de los que se sirve el seductor. Juan Ruíz no pretende presentar a Don Amor como un moralista ni como un consejero al que resulta apropiado seguir. Aspira, por el contrario, a que el lector perciba los señuelos con los que suele enmascarar sus malévolos propósitos. Las máximas morales, en boca de Don Amor y más adelante en boca del Arcipreste mismo o de otros caracteres inclinados hacia el pecado, constituyen un modo de desmontar sus argucias, de hacer ver al lector que pueden pronunciarse discursos virtuosos desde la degradación moral. Si Don Amor hace el mal, una de sus armas predilectas es hablar de tal modo que parezca moralmente irreprochable.


Juan Ruíz pone en práctica una de las sutilezas que permite el monólogo polifónico: muestra que las palabras tienen un reverso, pueden ser esgrimidas con propósitos diferentes y por tanto, más allá de su literalidad, sus significados dependen de la voz del que habla. Algunos siglos antes que el post-estructuralismo, para el Arcipreste de Hita las palabras eran inseparables de las posiciones de quien las pronunciaba. Al parecer el Arcipreste de Hita era plenamente consciente de esta intencionalidad de lo que se dice, como se desprende de muchas de sus indicaciones sobre cómo leer el libro: 

908 De mis fablas e mis fazañas, rruego te que bien las mires.

La posición moral de los personajes sugiere el grado de verdad o de engaño que encierran sus palabras. La autoridad del que habla puede entenderse como una importante pista a la hora de encontrar un código de lectura presumiblemente inscrito en el texto mismo. Dicho código podría reconocerse en: 1. Los contrastes bruscos entre un pasaje y el siguiente, 2. Las “dudosas” autoridades grecolatinas que contrastan con el dogma de los textos cristianos, 3. Las analogías entre el comportamiento del narrador y los errores que cometen otros personajes que aparecen como ejemplos negativos.

 Si efectivamente Juan Ruíz dejó, en la escritura misma, algunas claves para entender el libro, en tal caso El Libro del Buen Amor, sería un ataque contra el amor terrenal, contra el placer de los cuerpos, contra los engañosos juegos de la seducción, el donjuanismo y la vida mundana. Los gozos de la buenaventura, del amor a la Virgen, al Cristo redentor y la verdad divina constituyen el cuerpo moral y el aprendizaje del texto. Los retos y las ambivalencias de la lectura tienden a adiestrar al lector a la hora de discernir entre las palabras del seductor y las del virtuoso. Juan Ruíz no sólo se propone  postular el sendero de la fe y la buenaventura; sino también entrenar a sus lectores para que el amor no les haga pasar gato por liebre. Leer correctamente el libro, es aprender a desenmascarar al seductor y permanecer alerta frente sus asedios, sus reclamos y sus tretas. En el otro extremo, leer el libro sólo por mero deleite –lo que Juan Ruíz no aconseja-, recrearse en la historia erótica de las serranas, en la burla de la adúltera esposa de Don Payas Pitas, seguir los consejos de Don Amor, saborear los manjares dispuestos en la cena a la que asiste Don Carnal, implica elegir incorrectadamente y sucumbir ante las seducciones. El Libro del Buen Amor, al mostrar que detrás de las palabras existen intenciones ocultas, le sugiere al claves sobre lector cómo reconocerlas y descifrarlas. El libro funciona como una especie de ejercicio mental destinado a proteger a los virtuosos de la malicia de los burladores. Este código de lectura habría podido ser, para el lector medieval, una manera de acceder a las enseñanzas del texto. Juan Ruíz muy bien hubiese podido repetir con John Barth, the key to the treasure is the treasure.


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