27/5/12

Corazón de perro

 Fernand Khnopf, La Esfinge, 1896

I
Las convenciones sociales en torno las representaciones de género han asociado a la mujer con los felinos, como nos recuerda la Catwoman, uno de los personajes más conocidos del mundo del comic, y no pocas pinturas y fotografías, a veces kitsch, en las que las mujeres lucen telas que imitan las pieles de los leopardos o los tigres (con las que transmiten una imagen de la femme fatale y devoradora de hombres). El lenguaje popular es mucho más explícito en estas referencias, como puede comprobarse con la palabra chat, que en francés posee el doble sentido de gato y vulva. El felino como una personificación de lo femenino es sobre todo una figura sensual. También, desde luego, posee una psicología, que refleja de manera muy directa la imagen que el hombre solía (o suele) tener de la mujer. El gato aparece entonces como un ser coqueto, voluble y masoquista -“las mujeres y los gatos nunca vienen cuando se les llama. Y acuden sin falta en cuanto no les haces caso”, escribió Prosper Merimee en su célebre Carmen.

El perro, en cambio, ha sido una figura con cualidades mucho más masculinas, que tienen que ver directamente con su participación en la vida social y en las relaciones de poder. El can no siempre encarna las virtudes de la bondad, la fidelidad y el sentido de sacrificio que encontramos en la literatura infantil, los dibujos animados y muy a menudo en la vida cotidiana. En el mundo de los adultos,  el perro no es sólo el ‘mejor amigo del hombre”; sino también una metáfora de la sumisión, la crueldad y la violencia hacia otros seres humanos. Los ejemplos sobran, no sólo en las narraciones y el cine; sino también en el lenguaje popular, donde expresiones como ‘me trató como a un perro’ describen alguna humillación o algún abuso de poder y una frase como ‘es un perro’ alude indistintamente a alguien servil y a una persona despótica.

Emanuel de Witte, Interior de una vieja iglesia de Delf, 1650-52

A diferencia del argot popular, en la pintura europea posterior al Renacimiento, el can fue el acompañante incondicional, siempre a los pies del amo. El artista holandés Emanuel de Witte los representó  con gracia, orinando en los pilares de una iglesia. Incluso en una escena como La caza de zorros y lobos, de Rubens, parecería como si el pintor ocultara la ferocidad del perro mientras, a modo de contraste, los colmillos de los lobos, sus fauces abiertas, la manera con que uno de ellos muerde la lanza, están representados con tal vigor que sobresalen entre los detalles más impresionantes del cuadro. El perro en el cuadro de Rubens, pertenece al mundo civilizado, en oposición al lobo, que es un animal salvaje.
Peter Paul Rubens, Caza de zorros y lobos, 1615-21.


II

En sus obras, el artista ucraniano Oleg Kulik se comporta como un perro. De ese modo aspira a ser percibido por la multitud durante sus manifestaciones de arte público. Sus performances hacen pensar que los marginales, en las sociedades contemporáneas, en la práctica no son muy distintos a los perros. Sin amparo de los gobiernos, o con insuficiente asistencia institucional, los pordioseros, los mendigos, los locos, los desconocidos y a veces los inmigrantes son a menudo vistos como animales, de los que convendría alejarse por su mal olor, sus ropas socias y deshilachadas, o su potencial agresividad. En la vida cotidiana, las personas, sin apenas notarlo, están inclinadas a tratar a otros como si fuesen perros. Es casi un imperativo social y, en el mejor de los casos, una forma de evitarse problemas. La competitividad, el status social, la xenofobia, la homofobia y algunos otros problemas convierten a los seres humanos en sabuesos. El que esté libre de pecados que tire la primera piedra.

Oleg Kulig, Reservoir Dog, Zurich, 1996

Kulik imita con bastante verosimilitud los comportamientos del perro (ladridos incluidos). Hasta parece haber adquirido su destreza de desplazamientos, sus reacciones instintivas, su capacidad para asustar o provocar la risa. Imagino que detrás de sus performances haya muchas horas de observación y de entrenamiento. En su papel de perro, Kulik no sólo pudiera ser gracioso. De hecho resulta totalmente impredecible y ha llegado hasta a agredir a los transeúntes, como puede verse en Dog House, una performance celebrada en Estocolmo, en 1996.


Aquí otro de sus performances, I Love Europa. She does not love me back, celebrado en Berlín, en 1996. Kulik hace una alusión al I love America and America Loves me, de Beuys. 




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