15/01/12

La pobreza idealizada



Luego de la crisis de la segunda mitad de los años noventa, cuando la industria cinematográfica cubana parecía no poner una, el ICAIC vuelve a producir películas notables y competitivas. Basta reparar en algunos títulos: Suite Habana, El ojo del canario, Los dioses rotos, Afinidades y Habanastation. Todas estas son películas bastante logradas, hechas con limitados  recursos y que podrían insertarse dentro de lo que Julio García Espinosa denominó un “cine imperfecto”.  Al mismo tiempo se trata de una producción cinematográfica distinta a la del pasado. El nuevo milenio ha traído no sólo nuevas maneras de hacer filmes, más dinámicas y contemporáneas, sino también nuevas fórmulas narrativas y nuevas interpretaciones de los conflictos sociales.

Uno de los cambios que más me llama la atención es la representación de la figura del malo. Varias de estas películas se centran en el problema de las diferencias sociales en Cuba.  Los nuevos anti-héroes del cine cubano son  los privilegiados, tipificados por el delincuente, el jefe de la empresa y el consumista (en filmes como Los dioses rotos, Afinidades y Habanastation).

En el cine cubano no faltaron nunca los marginales, ni los funcionarios oportunistas ni tampoco los ricachones. Estos últimos eran los retrógrados representantes del pasado burgués.  Sergio, el intelectual aburguesado de Memorias del Subdesarrollo, crítico tanto de la naciente revolución como del capitalismo de los años cincuenta, pero lo suficientemente egoísta como para no comprometerse con los nuevos cambios sociales. O la pudiente familia de Los sobrevivientes, encerrada en una casona donde involucionan hacia relaciones de producción regresivas, hasta llegar a los estadios más primarios de la recolección y el canibalismo. Los funcionarios eran, por otra parte, retratados como personajes grises, ridículos y mezquinos, mientras los delincuentes eran vistos como víctimas, en cuyos conflictos encarnaban los males heredados del pasado republicano. En tal sentido, se confundían con aquéllos campesinos y obreros machistas, a quienes las propias transformaciones  revolucionarias los llevaban a la aceptación del nuevo proyecto social.

Los nuevos ricos de los filmes recientes son muy distintos.  En primer lugar,  no están aferrados al pasado, ni son víctimas de ningún prejuicio moral. Tampoco el presente político parece interesarles gran cosa, por mucho que la madre de Mayito, en Habanastation, se distraiga ante la transmisión televisiva del desfile por el primero de mayo. Cuando los personajes de Afinidades –el formidable filme de Vladimir Cruz- conversan sobre qué  quieren para el futuro, Néstor, el jefe de la empresa dice: Un Cuba Libre. Esta frase, pronunciada con doble sentido –confundiendo el coctel con su deseo para el porvenir-  es casi la única referencia sobre el presente político del país. 


Néstor tiene unos cuarenta y pico de años y, por lo tanto, al igual que el músico de Habanastation y los chulos de Los dioses rotos, ha nacido bajo la Revolución. Lejos de estar atados al pasado, ellos parecen ser los heraldos del futuro post-revolucionario (sea el de la libre empresa, el del crimen organizado o el del consumismo). Tal vez por eso son retratados como personajes negativos. O en el mejor de los casos, como personas que deben atravesar por un aprendizaje y rectificarse a sí mismas. En el filme Habanastation, supuestamente dirigido a un público infantil, el protagonista, hijo de padres ricos -sobreprotegido y mimado por el exceso de bienes de consumo- es egoísta, no tiene amistades y una tarde en un barrio solariego  le resulta mucho más plena, en la medida en que le permite acceder por vez primera a las experiencias de la amistad y al amor, que las suntuosidades provenientes del mundo capitalista. Por otra parte, en los tres filmes el rico se retrata como un ser enajenado y corrupto. Las condiciones de vida de la familia del músico en Habanstation los llevan a disociarse de la realidad y en la película se da a entender que poseen el poder de corromper tanto a la maestra –a la que no olvidan traerle un regalito del extranjero- como al director de la escuela (mientras el niño pobre es incomprendido y amonestado de manera injustificada). Afinidades tiene lugar en un sitio turístico y paradisiaco, totalmente aislado del mundo, mientras los protagonistas de Los Dioses Rotos viven en la ilegalidad, enfrentados en el ambiente del hampa, y obsesionados con una mujer.

Son filmes que celebran la figura del pobre. Sin embargo, el humilde tampoco es necesariamente un simpatizante del gobierno. Al menos no de una manera directa, ya que estas posiciones políticas no quedan del todo claras. La pobreza se interpreta ante todo como un valor espiritual. En Suite Habana, por la noche,  los menesterosos tienen la posibilidad de realizar sus sueños. No han perdido su capacidad de crear, como mismo en el barrio La tinta –en Habanastation- los vecinos, desde la infancia, se solidarizan unos con otros. También la joven, el personaje más desinteresado de Afinidades, es quien conserva su capacidad de amar, luego de entregarse, como si descendiera a un infierno moral, a las exploraciones sexuales a las que en un principio se resistía a participar. Por su parte, el personaje que interpreta Vladimir Cruz, el del subordinado que habla sobre las partículas físicas más pequeñas que no pueden separarse, asimila los intercambios de pareja como una lección. Un experimento fallido mediante el cual, no obstante, puede descubrir, trágicamente tarde, que lo unen vínculos afectivos más profundos con su novia.

Esta visión romántica e idealizada de la pobreza -si bien frecuente en el cine hollywoodense- posiblemente figure entre los últimos resquicios ideológicos para sustentar el proyecto social. Los filmes cubanos recientes parecen decir: estamos mal, no nos simpatiza mucho este gobierno, pero con todo es preferible a lo que vendrá, a esa sociedad de diferencias de clases, donde imperan el consumismo, el egoísmo, la deshumanización, la delincuencia y la corrupción.  

Los dioses rotos
Habanastation
Afinidades

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