10/1/12

En estado de memoria



La novela En estado de memoria, de Tununa Mercado, es ante todo el testimonio de un desarraigo, presentado por la autora en cuatro niveles:1) la búsqueda de un lugar donde sentirse a gusto, una vez que la protagonista no alcanza a crear vínculos afectivos con su tierra natal. 2) el psicológico, que se manifiesta en sus fallidos esfuerzos por explicar su condición presente por medio de su pasado. 3) el ideológico, caracterizado por su desencanto hacia la izquierda política, en la que ha dejado de reconocerse y 4) su dificultad para identificarse con un grupo o una clase social.

I

En la narraci
ón es recurrente la obsesión de la protagonista por encontrar un sitio donde arraigar. Pese a sus numerosos viajes (a lo largo de un poco más de cien páginas va a Francia, México, Asturias, Londres, y regresa en cuatro ocasiones a Argentina), los lugares visitados son una suerte de telón de fondo delante del cual se despliega el drama de su propia e ininterrumpida inadaptación. Los espacios existen en lo que poseen de ajeno y provisional. Incluso las casas que habita le parecen lugares transitorios, independientemente de su ubicación geográfica. La protagonista sólo puede trasladar a la escritura fragmentos, relativamente inconexos, de esos espacios. Y no tanto porque los continuos viajes le ofrezcan la sensación de habitar los lugares durante temporadas relativamente breves, en las que apenas sería posible la idea de un hogar, sino porque vive en un permanente "estado de memoria", en una inquietud que infructuosamente persigue mitigar (mediante la escritura, el tratamiento psicológico o las tentativas por rehacer su al parecer perdida credulidad en la izquierda política).

II
 

Estado de memoria: exilio. O más bien marginalidad, en la que el presente parece enturbiado por la ansiedad, por la evocación de los muertos, por la dificultad para socializarse, pero en la que raras veces aflora esa “nostalgia de los lugares que no fueron/ lo suficientemente amados en la hora pasajera” (Rilke). El estado de memoria, en la novela de Mercado, no puede confundirse con la nostalgia, ni siquiera con la necesidad de no olvidar. Es más bien la búsqueda desesperada de una nostalgia, la creencia –casi seguramente sustentada en una desmedida fe en la cura psicoanalítica- en la posibilidad redentora de un recuerdo oculto, descifrable, un recuerdo que suspenda o neutralice en parte el propio estado de memoria. Confiar ciegamente -acaso como un último subterfugio frente a la insatisfacción- en la memoria, en sus eslabones supuesta o virtualmente perdidos, en esos contenidos latentes que podrían sacar a flote los juegos de las transferencias y las regresiones. Así, los lugares visitados adquieren presencia sólo en la medida en que permiten proseguir la búsqueda de ese pasado inasible para la protagonista. No son los viajes los que trazan el trayecto de la novela, sino la propia introspección de la narradora, su esfuerzo por encontrar una clave interpretativa que le permita vislumbrar eso que Bachelard llamó “espacios de estabilidad del ser”. Así, por ejemplo, las frecuentes visitas a las casas de Trotski y, luego a la mansión de los Rivera:

Esta casa museo, detenida también en el tiempo...tenía algo de siniestro. No sé por qué habré repetido tantas veces ese “paseo” por su jardín y sus recámaras, hasta concluir en el taller de Frida y en el horrible retrato de Stalin que permanece en su caballete, si no fue para buscar las trazas de mi fundación...Cada vez que yo entraba en esas casas....sentía que ingresaba en una muy lejana e imaginaria casa “paterna” que, saltando las décadas, transmigraba para cobijarme (81)


III
 Esta búsqueda de “espacios de estabilidad del ser” parece condenada al fracaso. Al comienzo de la narración, una semana después de la muerte de Che Guevara, la protagonista tiene la oportunidad de acceder a la terapia individual. Las sesiones transcurren en el más absoluto silencio. Ambos, paciente y analista, pasan el tiempo sin decir nada. Y este silencio no es un modo de comunicarse -aunque pueda interpretarse como una forma de duelo por el revolucionario muerto-, ni siquiera anula las jerarquías entre paciente y analista. Es, para la narradora, un silencio frustrante que en el mejor de los casos denota la impotencia, el alcance limitado de la terapia para cambiar la realidad.

...no tuve nada que decir a mi analista, ningún inconsciente se manifestó, no conté ningún sueño, y él permaneció también en silencio en esas dos o tres sesiones, sin que yo haya sabido por lo tanto cuál era su evaluación de mi estado psíquico, ni si con su silencio me condenaba o me absolvía o si, finalmente no tenía nada que decirme (12)

IV
Nada de lo que me rodea me pertenece, escribe Tununa Mercado. Un poco más adelante, en una improvisada conversación con una analista, una respuesta que parece arrojar luz sobre esa impresión de desarraigo: sin margen de error esa vida precaria y provisoria era la que correspondía a la forma de su deseo. Un cambio de perspectiva, que ofrece cierta satisfacción a la narradora: no ya una falla, sino una forma, si se quiere retorcida, en la que se manifiesta la líbido (un deseo que desea no desear, que se enciende precisamente en la ausencia del deseo). El estado de memoria remeda y tal vez condiciona este comportamiento: una especie de errar, de no pertenencia a la tierra, casi en el sentido literal de la palabra. En el primero de sus viajes de regreso a Argentina, la narradora imagina, desea, que el avión no aterrice, que permanezca en el aire indefinidamente. Estado de memoria, deseo de “no pisar suelo argentino ni ningún otro suelo” (49).
...nada hago, pues, en su justo centro, no estoy en ninguna parte. (102)

V

 

El estado de memoria es, con todo, una identidad de la que cabe enorgullecerse. Saberse distinto, ver desde afuera, ridiculizar, por ejemplo, al argentino exiliado, considerar insuficiente -o mejor dicho, inapropiada para su caso- la terapia de grupo, no encontrar un vestido que haya sido especialmente diseñado para ella. Su estado de memoria la lleva simpatizar con los inadaptados, con los que ejercen la crítica del orden establecido, sean los revolucionarios, los vagabundos o los locos. Y sin embargo, las simpatías por los rebeldes y las protestas contra los que acatan la norma no conducen a la protagonista ni a la lucha revolucionaria ni al abandono de la razón, sino a una resignada inserción en la sociedad. Si bien se identifica con el demente Cindal y con los pordioseros de la plaza Rodríguez Peña, no es nunca uno de ellos, no pertenece al ámbito de los alienados ... “le dije que yo no era en realidad de allí, sin saber muy bien cómo decirle que era de allí pero al mismo tiempo no lo era” (116). Del mismo modo, aunque no sin inconformidad, la protagonista tendrá en sus perchas ropas que pertenecieron a otras personas, rehará anónimamente -como lo que ella misma denomina ser “escritora fantasma”- lo que otros han escrito, se someterá al tratamiento analítico en grupo, será una argentina más en exilio. Estado de la memoria, imposibilidad de caer, miedo a caer, perpetuo gravitar entre la rebeldía y la aceptación de las reglas.

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