Primera parte de
un texto, todavía en preparación, sobre el arte abstracto actual.
Bosco Sodi, Organic Blue, 2009
Un paseo por las
galerías de Chelsea. No hay dudas de que la abstracción está teniendo un sitio
privilegiado en las exhibiciones recientes. En algunos casos se exponen ejemplos
tardíos y medio cursis del expresionismo abstracto. Meras manchas sobre las
telas, que a lo sumo, y no siempre, no pasan de ser alardes de ciertas destrezas técnicas. Otras exposiciones me hacen creer que nuevos enfoques están
adquiriendo fuerza. La característica más notable del arte abstracto reciente es, a mi juicio, que los creadores empiezan a desprenderse de
las palabras, de todas esas justificaciones conceptuales que en su
momento contribuyeron a hacer digeribles las obras no figurativas. Nada comparable a los manifiestos de Malevich ni a los
escritos que aparecían en la revista de De Stijl, que concebían la abstracción
como un metalenguaje o como la expresión de un más allá ontológico. Nada,
tampoco, de las agudas e imprescindibles
observaciones de Greenberg, Rosenberg, Meyer Shapiro o Michael Fried, que
protagonizaon una edad de oro en la crítica de arte.
Esta levedad de
los enfoques teóricos en torno al arte abstracto contemporáneo es un indicio de una libertad desde hace tiempo adquirida y consolidada. A lo largo de un siglo la abstracción tuvo que demoler numerosísimos muros, desde las objeciones o el desprecio de figuras cimeras de la historia del arte –como Panofsky, Berenson y Huyghe-,
hasta los ataques de influyentes políticos, estetas y artistas, que en su
momento provenían tanto del conservadurismo como de los partidos comunistas y
marxistas. La abstracción fue durante muchísimo tiempo una expresión de la
barbarie, de la angustia existencial del hombre moderno, un facilismo, una aventura formalista y una evasión de la
realidad, cómplice del status quo.
Byron Kim, Delacroix's Shadow, 2008
Es inquietante que un arte –supuestamente elusivo y encerrado en sí
mismo- haya provocado reacciones tan hostiles. Hoy cabe sospechar que no fueron los artistas
abstractos quienes se disociaron de la realidad –ellos expresaron el presente
histórico de muchísimas maneras- , sino más bien sus adversarios. Tomemos
por ejemplo el ensayo Conversación con
nuestros pintores abstractos, del
pensador marxista cubano Juan Marinello. En medio de una crisis política que estremecía
a la nación cubana, con guerrilleros en las montañas, grupos que luchaban
desde el clandestinaje, bombas en los cines, cárteles subversivos, sediciones
de los altos cargos del ejército batistiano y manifestaciones estudiantiles, entre otros problemas urgentes, Marinello –que gozaba de una posición social privilegiada- se sentó a escribir
un libelo contra una veintena de jóvenes pintores abstractos, la gran mayoría
de procedencia humilde –o integrantes de la clase media, como suele decirse
hoy- y la gran mayoría opuestos al régimen de Batista, como lo evidenciaron con su participación en
varias exposiciones abiertamente anti-oficialistas.
Ya se sabe lo pernicioso que fue el ensayo
de Marinello en los años posteriores al triunfo revolucionario de 1959.
Pero durante aquellos turbulentos meses que condujeron a la entrada del
ejército rebelde en la Habana, ¿quién
daba la espalda a la realidad, Marinello o los pintores abstractos? Al
internarse en la supuesta naturaleza de su propio lenguaje, al supuestamente aislarse
de los conflictos sociales, la abstracción resultó ser más perturbadora que
otras formas de expresión que preconizaron el compromiso del arte con su
tiempo. No es casual que los ataques contra la abstracción fueran lanzados por
extremistas de la derecha y de la izquierda. Las tendencias no figurativas se
insertaron en la sociedad como oposición contra la intolerancia y los
radicalismos políticos. Esa, y no otra, es la contribución que puede hacer el
arte en las sociedades actuales.
Sun K. Kwak, Spontaneous Space, 2009
La creencia de que el arte puede cambiar la vida
es, en sí misma, una evasión de la realidad. No se corresponde con la limitada
resonancia social que han demostrado poseer las imágenes artísticas en la vida política. Es un sueño
romántico que ha sido desmentido una y otra vez. Las artes visuales, pueden, en
cambio –y de manera mucho más modesta- contribuir a la aceptación del otro, desarrollar otras formas de pensar y ejercer la crítica de las rigideces éticas
y políticas. En esto, como oportunamente afirmó Adorno, los contenidos de la
imagen son sólo el vínculo más superfluo que existe entre el arte y la
sociedad.
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Hola Ernesto,
ResponderEliminarquería hacerle saber que encuentro muy acertada su visión sobre la "función" o, mejor dicho, las posibilidades que tiene el arte de contribuir en nuestra sociedad, de "manera mucho más modesta", alejándose de esos papeles llenos de vanidad (como dice Gao Xingjian) que otorga la "locura nietzscheana" al aceptar el papel de superhombre tan "interpretado" por los artistas del siglo XX.
Es curioso la afinidad que tiene el final de su artículo con el texto "El fin de la revolución del autor citado más arriba. Le invitó a que acuda a él, si no lo ha hecho ya, pues creo que es uno de los pocos textos cuerdos que existen escritos por un gran artista de finales del XX, principios del XXI.
Tómelo todo esto con escepticismo, como si el que escribe fuese un joven estudiante de BBAA, que como a usted, las palabras ignoran cuando intenta explicar un cuadro de Matisse.
Un saludo de alguien que de veras aprecia su trabajo por la gran calidad de su fondo.
Muchas gracias. Su comentario sobre el texto de Gao Xingjan ha despertado mi curiosidad. He tratado infructuosamente de localizar el ensayo en google. Sabe usted si es posible encontrarlo online? Nuevamente, muy agradecido por sus palabras. Mis saludos.
ResponderEliminarnesesito saber la descripsion y caracteristicas
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