5/10/11

Ocuppy Wall Street (II)

En toda la vida política sólo hay una cosa que comprendo, y es el motín, le escribió Flaubert a su amante Louise Colet, en una carta fechada el 6 de agosto de 1846. La frase, a pesar de la enorme distancia que separa al  novelista francés de nuestro presente, describe con síntesis admirable el conflicto de las oposiciones al poder en la vida política contemporánea, donde además de manifestar cierta cuota de inconformidad, no parecen existir alternativas frente al proyecto neo-liberal. Durante su campaña electoral, Obama encendió las esperanzas de reformar el capitalismo contemporáneo; pero muy pronto el presidente norteamericano no sólo terminó por defraudar a la gran mayoría; sino que algunos, como Noam Chomsky, lo han visto como un continuador de la política de George W. Bush. Un seguidor que puede ser incluso más nocivo que el otrora mandatario republicano.  La oposición en la vida política contemporánea pudiera verse, sobre todo, como una consagración del anarquismo, donde sólo existe el júbilo de la protesta, el motín como la única reacción que posee algún sentido porque el resto de las propuestas parecen insuficientes, como si hubiesen quedado descuartizadas y ya sin aliento.

Ocuppy Wall Street es uno de esos ejemplos donde el motín es lo único comprensible. Las grandes cadenas de la información, sin poder prolongar por más tiempo la indiferencia hacia los manifestantes, han optado por etiquetar el movimiento de “desorganizado” y “carente de metas”. Y no les falta razón. Si uno va a Zuccotti Park, donde permanecen congregadas unas ochocientas personas, podría ver que lo mismo se protesta por la ejecución del recluso negro Troy Davis en Georgia, como contra la guerra en Afganistán, el maltrato a los animales, el deterioro al medio ambiente y, sobre todo, contra Wall Street y el sistema tributario –donde son los sectores menos pudientes de la sociedad norteamericana los que, en su conjunto, aportan la mayor parte de los ingresos en términos de impuestos. Yendo un poco más lejos en esta diversidad, casi como una nota curiosa, una mujer asiática y cincuentona, me entregó un ejemplar de una publicación periódica del Partido Comunista Norteamericano, correspondiente al 28 de agosto (hasta la fecha estaba atrasada). Lamenté haberlo arrojado a la basura sin antes al menos revisarlo. El Partido Comunista Norteamericano es algo tan obsoleto, tan apagado que no puedo dejar de verlo como un verdarero fantasma, totalmente invisible o solo visible para algunos enajenados que pueden contarse con los dedos de las manos.

Al mismo tiempo, lo que asisten a Ocuppy Wall Street, parecen tener algunos reclamos específicos que, más allá de la aparente falta de coherencia, le confieren alguna unidad al movimiento. Estas reformas podrían resumirse de la siguiente manera. 1. Ajustes a las regulaciones tributarias, 2. Leyes que ofrezcan formas de contener o impedir futuros desajustes financieros, 3. Que se lleven ante la justicia a los responsables de la presente crisis. Básicamente, exigen una intervención más radical del estado en la administración del sistema democrático.  


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