1/6/11

Los retratos de Yoani Sánchez

Alguna vez, en la Habana, durante los años del llamado Período Especial -marcados por toda suerte de carencias materiales y por un profundo desencanto hacia lo que todavía se da en llamar socialismo-comencé a quejarme del estado del transporte público. Hablaba por teléfono. Súbitamente mi amigo me interrumpió para recordarme que la conversación podría estar siendo escuchada.

Mi amigo no era ningún loco. Convengo en que se comportaba de un modo en extremo cauteloso; pero en el contexto cubano su acto de precaución era  totalmente comprensible. La anécdota podría servir para ilustrar lo extendida que resulta la paranoia colectiva entre los cubanos. 

Un efecto de panóptico del que no pueden sustraerse los ciudadanos. Cuenta con figuras visibles, encargadas de impedir que los comentarios se expresen en público: los afliados al Partido Comunista, los miembros del ejército, los agentes de la Seguridad del Estado -uniformados con bigote y guayaberas- los funcionarios del gobierno, los representantes de las organizaciones de masas como el Comité de Defensa de la Revolución, la Unión de Jóvenes Comunistas, la Federación de Mujeres Cubanas o los sindicatos. Por otra parte, existen los vigilantes potenciales, que inciden sobre la vida privada. A los primeros bastaba con esquivalos, mentirles o desorientalos. En cambio, los vigilantes potenciales, con su omnipresencia son los que verdaderamente infunden y propagan la desconfianza colectiva.

En rigor, el informante podría ser cualquier persona, desde el amigo más allegado, un pariente y una amante hasta el turista que llega del exterior, el colega del colegio o el del centro laboral. Además podría denunciar casi cualquier cosa: la orientación sexual, la ropa que uno viste, las creencias religiosas, los puntos de vista políticos, el status económico, las infidelidades a la pareja, los libros que se leen, la canciones favoritas, los vínculos con el extranjero, los lugares que uno frecuenta. La Revolución Cubana supo inocular la paranoia colectiva en la vida cotidiana. Puso en marcha ese imaginario que le atribuyó oídos a las paredes, micrófonos a las recámaras, programas de escucha en los teléfonos. Difundió, como secretos a voces, la convicción de que las irregularidades eran toleradas, aunque archivadas para la hora en que resulte conveniente someterlas ante la ley o el escarnio. 

La paranoia fue también exportable. Dentro de la diáspora cubana, los de la extrema derecha son sospechosos de dividir y difamar al exilio con su intolerancia, los de la izquierda son presuntos agentes porque tienen el cometido explícito de ensalzar al gobierno cubano y condenar al capitalismo, los que tratan de permanecer al margen porque son taimados. No hay escapatoria. Los cubanos no han dejado de estar pendientes de pistas que les permitan vislumbrar las supuestas intenciones ocultas de otro conpatriota. Es el efecto panóptico consumado, tan familiar que parece totalmente lógico e imprescindible. Una abstracción sin rostro o, mejor dicho, con todos los rostros reducidos a máscaras indescifrables.

La blogger Yoani Sánchez ha tomado fotografías de los agentes encargados de vigilarla, acosarla o intimidarla. Ahora están expuestas en PhotoEspaña 2011. Las imágenes han sido un modo de mostrar los rostros de la represión. Sánchez desarma la abstracción mediante el retrato, señala con el dedo al represor y al cómplice de la represión, le asigna un cuerpo, un nombre y también un comportamiento demasiado humano. Alguien que se cubre la cara para no ser reconocido. Otro que se expone envalentonadamente, con el cínismo de quien se encuentra en una posición de poder. Uno que no puede ocultar lo humillante del papel que le ha tocado desempeñar. El vigilante se convierte en vigilado. El retrato fotográfico como un arma de lucha.



II
En 1963 el artista norteamericano Robert Morris exhibió Letanías, una obra consistente en 27 llaves, dispuestas en un llavero, contra un relieve en metal. El arquitecto Phillip Johnson compró la pieza. Seis meses más tarte, Morris aun no había recibido pago alguno. A modo de venganza, se sentó ante una máquina de escribir y redactó la siguiente nota:
El abajo firmante, ROBERT MORRIS, hacedor de la construcción de metal titulada Litanies (Letanías), descrita en el anexo Prueba A, por medio de la presente le retira toda cualidad estética y contenido a la mencionada construcción y declara que a partir de la fecha que aquí se indica, dicha construcción no posee tal cualidad y ni tal contenido.
Fechado el 15 de noviembre de 1963. (la traducción es mía)
 Según la lógica de Morris, la obra, despojada de su valor artístico, quedaría reducida a una veintena de llaves que supuestamente tampoco tendrían valor económico. Si no era remunerado, tenía la posibilidad de devaluar el producto que había vendido. La idea no funcionó, o al menos no del modo en que el artista esperaba. Hoy su Statement of Aesthetic Withdrawal se encuentra en una de las paredes del MoMA, junto a Prueba A y posiblemente sea una de las obras más conocidas del artista.

El curador Gerardo Mosquera ha operado de un modo radicalmente opuesto. Le ha conferido el status de obra de arte a fotografías que inicialmente no persiguieron ser imágenes artísticas. Fueron realizadas con otro propósito y no albergaban ninguna intención estética o conceptual. Tampoco fueron tomadas por una fotografa profesional. El curador ha  transformado el gesto periodístico en obra de arte. Al hacerlo, se ha convertido en co-autor, ha tomado partido por la disidente y ha contribuido a denunciar las maniobras represivas del gobierno cubano. Arte comprometido. Arte vinculado a la vida 

No hay comentarios:

Publicar un comentario