8/6/11

El distanciamiento

 

Esta es la segunda parte del post anterior, dedicado a una interpretación de la novela Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Los interesados en leer el texto desde el inicio, pueden hacer clic aquí.


Fue mi autor. El pronombre posesivo de la primera persona indica que el autor fue alguien especial en la vida de Ángela Vicario. Su escritor predilecto tal vez; pero muy probablemente, también, el escritor con quien existían vínculos afectivos. El autor, querido por su vocación, y al mismo tiempo, querido como persona, en una dualidad análoga a la intervención del narrador en la novela.

La proximidad entre el escritor y Ángela parece bastante evidente en los primeros capítulos. El autor en alguna ocasión deja escapar un detalle que podría interpretarse como una reminiscencia de la intimidad cómplice. Ángela y él comparten las mismas preferencias por la casa de Xius, que está poseída por una historia pasional. 


Ambos conversan sobre los consejos que la joven recibe para ocultar la pérdida de su virginidad. Este diálogo ocurre antes de la boda y el narrador encarna más bien a la figura del confidente o el cómplice, ya que todavía no ha iniciado su trabajo como cronista. En su relación con Ángela existe una tercera figura, quizás intermedia entre la persona y el escritor: el primo. El pariente recordado con afecto, quizás asociado a prácticas incestuosas sobre las cuales los tabúes son menos severos, pero que no es necesariamente la persona amada, ni tampoco la figura del escritor.

Veintitrés años después, Ángela y el narrador vuelven a verse. Él la visita a su morada. Hay un efecto de extrañamiento, como el típico encuentro entre dos personas que, luego de haber compartido su vida afectiva, se reunen, ya totalmente desvinculadas una de otra. Desde la perspectiva del escritor, el extrañamiento parece estar muy dentro de la estética del realismo mágico de García Márquez:
…una mujer de medio luto, con antiparras de alambre y canas amarillas, y sobre su cabeza colgaba una jaula con un canario que no paraba de cantar.
Y no sólo eso, sino que el narrador advierte una proximidad entre la vida y la mala literatura. Es decir, entre la pasión, reducida al ridículo después del desencanto, y las novelas cursis.  
Al verla así, dentro del marco idílico de la ventana, no quise creer que aquella mujer fuese la que yo creía, porque me resistía a admitir que la vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura.
Del posible extrañamiento de Ángela no se nos dice nada, salvo tal vez su manera de nombrar al hombre que la hizo suya. Refugiada en la práctica del bordado (una alusión a Penélope), ella había logrado olvidar . De todos modos, el narrador aprovecha el encuentro para hurgar en el pasado:
La versión más corriente, tal vez la más perversa, era que Ángela Vicario estaba protegiendo a alguien que de veras amaba, y hasta había escogido el nombre de Santiago Nasar porque nunca pensó que sus hermanos se atreverían contra él. Yo traté de arrancarle esa verdad cuando la visité por segunda vez, con todos mis argumentos en orden, pero ella apenas si levantó su vista del bordado para rebatirlos. 
-No le des más vueltas, primo–me dijo- fue él.
El escritor no pregunta quién la sedujo. En cambio, quiere saber si ella  protegió a quien la inició sexualmente porque lo amaba. Podría sorprender que Ángela se refiera al hombre que la poseyó con la tercera persona. Sin embargo, en el contexto de la escena, esta podría ser una manera de expresar el extrañamiento. El otrora amante no es la persona que ella tiene ante sí, no puede reconocerlo, ni nombrarlo, sino desde un distante él.





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