27/6/11

Hermes y Sokal (III)



Tercera parte de un comentario del libro Imposturas intelectuales de Alan Sokal y Jean Bricmont. Para leer el texto desde el inicio hacer clic aquí.


III
En Galileo Galilei, después que el protagonista pronuncia aquella trágica frase de Desgraciada es la tierra que necesita héroes, con la que se cierra el telón, Brecht introduce un comentario, tomado de un escrito del  propio Galileo:

¿No es claro acaso que un caballo que cae de una altura de tres o cuatro varas se puede
romper las patas, mientras que un perro no sufre ningún daño? Lo mismo ocurre con un
gato que cae de ocho o diez varas de altura, con un grillo de una torre o una hormiga que
            cayera de la luna.

Lacan, Kristeva, Deleuze, Lyotard, Baudrillard serían comparables al caballo en el ejemplo de Galileo. Figuras que, al caer, aunque sólo sea desde una altura pequeña, impactan y se dañan más que una hormiga que cayera desde la luna.

La ‘Broma de Sokal’ fue escandalosa. Se divulgó más allá de los círculos académicos hasta llegar a un público más amplio. Y esto es un síntoma de que los discursos universtarios no son ni populares, ni tampoco resultan del agrado de las posiciones conservadoras, a las que, sin proponérselo, Sokal y Bricmont vendrían a hacerles el juego. Los autores de Imposturas intelectuales tuvieron que defenderse contra la acusación de ser ‘conservadores de izquierda’ (un término muy interesante y muy útil). En la broma había posiciones políticas en juego. Pero Sokal y Bricmont se desligaron, muy acertadamente, de ese debate. Se atribuyen metas más modestas y, por decirlo así, científicas. El hecho de que las críticas feministas, queer, post-coloniales, de minorías étnicas, etc., sean muy necesarias, no quiere decir que deban aceptarse chapucerías en las investigaciones, como tampoco debieran verse con indiferencia los radicalismos que incurren en prácticas discriminatorias análogas a las que critican.

La revista Social Text quedó mal parada. Sin embargo, como apuntaron  Sokal y Bricmont, el hecho de que publicaran su ensayo no era en sí mismo tan grave (rechazar su segundo envío fue una decisión más desacertada).  En definitiva, el texto estaba firmado por  un prestigioso científico que, supuestamente, debía acogerse a una ética de investigador. Es cierto que el ensayo contenía muchísmos absurdos, pero los editores siempre tienen una manera de salvar el pellejo con aquello de ‘la revista no se hace responsable, ni necesariamente comparte las opiniones expresadas por sus colaboradores’.

El problema no consistió en los aprietos en los que pudieron quedar los editores de Social Text. La participación de la revista en este escándalo es de importancia menor. El problema es la desconfianza que, con muy buenos argumentos, Sokal superpuso sobre el pensamiento teórico actual. Las leyes de las matemáticas y la física contemporáneas son efectivamente muy arduas y podría afirmarse, con razón, que éstas ocupan un espacio marginal en los autores que se discuten en Imposturas intelectuales. Pero ¿cuál es el grado de responsabilidad no ya hacia el lector, sino sobre todo hacia las propias ideas que éstos defienden? Si pensadores tan influyentes como Baudrillard y Lacan no tuvieron inconvenientes en  manejar complejas teorías matemáticas con tanta ligereza, esto deja en suspenso, pendientes de verificación, la legitimidad de otras referencias culturales y la credibilidad en sus propios razonamientos. Sokal y Bricmont ponen cuidado en declarar que no se sienten capacitados para opinar sobre otros problemas;  pero encienden la sospecha de que las manipulaciones no tienen por qué ser necesariamente privativas de un determinado campo científico. No tendría nada de asombroso que aparecieran continuamente a lo largo de los textos, integrados a la escritura, aplicados a  terrenos donde la poca claridad de las terminologías o la escasa competencia del lector no permitan discernir sobre la validez de lo que se está hablando.

Continuará

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