29/6/11

Hermes y Alan Sokal (I)


(Primera parte de un texto sobre Imposturas Intelectuales, el libro de Alan Sokal y Jean Bricmont)


En los mitos grecolatinos abundaban las bromas, aunque a menudo las historias tuviesen desenlaces trágicos. Encuentro divertido que Hermes, el dios encargado de transmitir mensajes,  fuera también la deidad de los mentirosos. Esta dualidad podría hacer pensar que la divinidad del caduceo y las alitas en los talones no era un mediador neutral o tal vez  implique que el hecho mismo de comunicar un mensaje contiene una cuota de mentira, de adulteración de lo que se pretende decir. Pero, yendo un poco más lejos, agregando una nota de comicidad más, Hermes era también el patrono de lo hermético. No sólo cabía la posibilidad de que alterara el contenido de lo que decía, sino también el propio lenguaje desde el cual el mensaje debía llegar al destinatario. Hermes era la deidad de una forma de comunicación alternativa al lenguaje ordinario: el mensaje encriptado, metafórico, transmitido de manera secreta y oscura.

 Evidentemente los actos de mentir y de hablar oscuramente –o ambas cosas a la vez- apuntan hacia cierto tipo de comunicación destinada a un grupo de iniciados, quienes se encontrarían en posesión de un código de lectura que constituye la otra parte del secreto, desde la cual sería posible descifrarlo. El habla hermética como una forma de participar en una posición de poder (que puede ser también, evidentemente, un capital simbólico). La llave del tesoro es el tesoro, escribe John Barth. Pero lo hermético es al mismo tiempo un modo de dirigirse a los no iniciados, a los que interpretan sin llegar a entender, aquellos para quienes el acto mismo de descifrar es una vía de conocimiento, a los aprendices, o sea, a los que aspiran a acceder al poder.

Por otra parte, lo hermético permitiría suponer que las palabras, por enigmáticas que sean, no son necesariamente gratuitas ni tampoco necesariamente engañosas. Por el contrario, existen determinados contenidos que no pueden transmitirse si no es de manera oscura. Determinados aspectos de la realidad que no pueden enunciarse sin caer en contradicciones, sin adentrarse en un lenguaje que podría -o debería- ser incomprensible, vago y susceptible de lecturas plurales.

¿Cuáles eran esas verdades que no podían comunicarse (revelarse), sino era por medio de un lenguaje oscuro? Desde lo hermético se aspiraba a dar cuenta de la unidad del mundo, de ese principio recóndito y difícil de nombrar, gracias al cual todas las cosas interactuaran unas con otras: el Ser y el pensamiento que abraza la contradicción porque la unidad  de todas las cosas no podría existir sin antagonismos. Lo hermético era también un ingrediente del goce e incluso de la felicidad. No se si pueda aventurarse una definición de felicidad - o si no fuese un poco cursi hacerlo- pero en cualquier caso la felicidad tendría que ver con la revelación de que todas las cosas están profundamente relacionadas. De ahí que lo hermético derivase en la mística, en la metáfora del poema, en  esos juegos mediante los cuales las palabras producen  múltiples sentidos para en definitiva decir que no sólo el cabello es dorado y son doradas las aguas; sino que ‘todo lo que brilla es oro’. Lo hermético también devino en el lenguaje autónomo de la obra de arte, verdades universales que supuestamente permitían apreciar, con un grado de objetividad, la cualidad artística de las imágenes. Lo hermético era, por tanto, el lenguaje de las verdades ocultas, las más difíciles y también las más dichosas. Hermes, dios de las verdades ocultas y al mismo tiempo patrono de los mentirosos, era en sí mismo una divinidad hermética.

Es evidente que la historia de la cultura puede leerse como un progresivo declinar de lo hermético, entendido como verdad oculta. De alguna manera las relaciones entre las cosas han dejado de percibirse como manifestaciones de una unidad innombrable. Es decir, todo el pensamiento hermético que daba por sentado la existencia de una verdad oculta, ahora tiene que retroceder e interrogarse a sí mismo, poner en dudas la unidad profunda detrás de las apariencias. La figura de Hermes regresa como un semblante donde no es posible dilucidar nada salvo la duda sobre cada palabra, sobre cada respuesta, sobre cada signo.

Pero si lo hermético como expresión de una verdad oculta ha quedado agotado, todavía subsiste como lenguaje y como retórica. En la obra de arte lo hermético todavía permite convocar un ápice de enigma, una cuota de misterio y de insatisfacción que no deja de ser una forma de placer. Lo hermético en el arte contribuye a la posibilidad de ver la vida cotidiana de manera inusual. Es en muchos sentidos una interrupción de lo ordinario que a su vez posee la capacidad de propagarse y en última instancia tornar, como afirmaba Beuys, cada acto en una obra de arte.  

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