11/2/11

Aura

I
Un lector del blog ha dejado un par de comentarios anónimos en las entradas correspondientes a Boris Groys: La topología del arte contemporáneo. Primeramente quería agradecer encarecidamente por esas palabras, que incluyen preguntas complejas y fascinantes. Interrogantes para las que posiblemente no existan respuestas concluyentes. Mejor reproducir directamente ambas notas y luego ofrecer mis opiniones con la ambición de que puedan agregarse otros puntos de vista.

Estos son los dos comentarios:


Considero un acto de iconoclasia la reproducción masiva de la obra de arte tradicional, lo cual la desvirtúa de su “aura”, siguiendo el concepto de Benjamin, y por lo tanto funciona dentro del proyecto Moderno; pero ¿Qué pasa con la relocalización de las obras originales dentro de museos? ¿adquieren una nueva “aura” dentro de la institución museística y por lo tanto adquieren un carácter semi-histórico debido a la carencia de su contexto original? ¿Es acaso este “coleccionismo” museístico parte también del proyecto Moderno y su iconoclasia a pesar de tratarse de obras originales y no solo reproducciones de las mismas?

Por Anónimo el Boris Groys. La topología del arte contemporáneo 


El concepto de “reauratización” implementado por Groys responde a mi pregunta anterior pero solo en el sentido de un arte posmodernista y no bajo el contexto del “proyecto Moderno” por la ya mencionada re-auratización de obras originales pertenecientes a la tradición artística instauradas en un museo. ¿Es acaso esta adquisición museística el proyecto totalitario y fascista que contradice el pensamiento de Benjamin?

Por Anónimo el Boris Groys. La topología del arte contemporáneo 


II
Yo diría que definitivamente las obras originales, al ser relocalizadas dentro del museo, adquieren un nuevo "aura", incluso cuando se trate de obras contemporáneas, gracias al valor semi-histórico y descontextualizado del que usted habla. 

El espacio del museo es esencialmente aurático. Una fotografía anónima que fuese una reproducción de una pintura celebre se convertiría, por el hecho mismo de estar ubicada en el museo, en una imagen aurática (más en el sentido en el que Groys habla de “reauratización”, que en el uso que hiciera Benjamin de la palabra). El espectador terminaría por preguntarse qué concepción o que criterio condujeron a la decisión de incluir una ordinaria reproducción de, digamos, Las Meninas en el espacio del museo. La propia función del museo -exhibir obras consagradas o que poseen un determinado valor cultural- contiene ya un rasgo aurático. 

En un ejemplo opuesto, e igualmente hipotético, el orinal de Duchamp, convertido en el orinal de mi apartamento no tendría ya ningún carácter aurático. Sería, de hecho, irreconocible como obra de arte incluso si yo –un desconocido, que no he sido investido con el poder de producir ningún tipo de “aura”- me empecinase en asegurar que se trata de una inmensa revolución dentro de las artes visuales. En este último ejemplo la pérdida del aura no tendría que ver con la reproducción mecánica; sino que estaría determinada por el espacio en el que se encuentra la obra, la por restitución del orinal a su función inicial y por la reducción al anonimato del nombre Marcel Duchamp. 

Hace varias semanas la artista cubana Tania Bruguera anunció la creación de un partido político de (o para) los inmigrantes. Es posible que dicho partido desempeñe algún tipo de activismo; pero al margen del papel que pueda jugar, resulta difícil dejar de sospechar que se trata de una obra de arte, ya que la iniciativa partió de una “artista visual”, cuyo propósito artístico es precisamente tornar borrosos los contornos entre arte y vida. Es decir, el partido político fundado por Bruguera tendría una cuota de “aura”, sin la cual las artes visuales contemporáneas se diluirían irremediablemente en lo cotidiano. Si Shakira o Ralph Nader fuesen los que hubiesen dado a conocer el proyecto es posible que dicho partido tuviese más seguidores y –evidentemente- más divulgación; pero a nadie se le ocurriría sospechar que pudiese tratarse de una obra de arte. Un fenómeno bastante singular es que la capacidad de tornar aurático un objeto o un determinado evento, parece ser inherente a lo que se dio en llamar “artes visuales”. El arte contemporáneo,entendido como una institución, es una espacie de rey Midas, que incluso ha conseguido transformar la nada en oro.

Existen, como lo vio el propio Benjamin, espacios de auratización. El museo, indudablemente, pero no tendrían que ser necesariamente instituciones culturales concretas o espacios pre-establecidos. Cualquier lugar sobre el que el artista intervenga podría estar poseído, así sea momentáneamente, por un carácter aurático. La alteración del espacio citadino si es un evento realizado por Hans Haacke o por Christo. Pero no si estamos ante un accidente automovilístico (a no ser que éste se presente como una determinada propuesta artística).

El coleccionismo necesita del “aura”, de la obra exclusiva, irreproducible, del nombre del autor, del espacio museístico. En tal sentido diría que sí. La adquisición del museo posee un carácter autoritario. Pero, y esta sería mi pregunta, ¿no necesitaríamos de ese sentido autoritario, sin el cual peligra la existencia misma del arte? Las dictaduras, fascismos y totalitarismos son devastadoras y deshumanizadas como proyectos sociales. Pero quizás no sea del todo así en otros ámbitos. Con las adquisiciones del museo estamos ante uno de los casos en los que el carácter autoritario podría ser saludable, aunque sólo sea porque estimula la resistencia y la transgresión. El concepto de arte contiene un grado de auratización, cuya borradura podría implicar tal vez la definitiva inserción del arte en la vida. Y esto quizás no signifique “vivir artísticamente” sino, por el contrario, una dificultad para reconocer experiencias alternativas, distintas, que enrarecen y le confieren un sentido poético a lo cotidiano. 

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