29/1/10

Consuelo Castañeda y los secretos de Fointanebleau

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I
En un par de comentarios, la artista cubana Consuelo Castañeda dejó enlaces a obras suyas que están muy relacionadas con los temas a los que dediqué los posts. Le estoy muy agradecido por estas contribuciones que hasta cierto punto funcionan como updates a dichas entradas. Aquí comentaré una de esas piezas.

II
Si se le compara con el resto de las obras que incluí en Tema y variaciones, en la imagen de Castañeda hay dos rasgos bastante llamativos. El primero es la reproducción de sólo un fragmento de la pintura Gabrielle de Estrees y una de sus hermanas (1600). El segundo, el añadido de algunas palabras. La artista cubana acentuó el lenguaje de las manos. Un diálogo erótico, de roces, anticipaciones y delicadezas, en el que los tanteos del placer no están desprovistos de sentidos ocultos. El diálogo sensual es también semántico y no puede dejar de inscribirse dentro de una relación de poder: el lenguaje de las manos pertenece al dominio de la seducción.

En Los secretos de Fointanebleau, Castañeda no se propuso descifrar dicho lenguaje (tal y como lo haría, por ejemplo, un estudio iconográfico); sino aprovecharlo para producir una ficción donde las poses sirven para caracterizar a los personajes. O, cuando menos, para indicar la posición que ocupan dentro de la relación de cortejo. Una de las mujeres (asociada al par semántico miedo/razón) se comporta como seducida: tentada por la posibilidad del goce, se aproxima con cautela (y presumiblemente con exaltación). Del otro lado, la figura seductora, más frívola tal vez, que ejerce su rol dominante desde la promesa de un placer enigmático. Sus palabras: éxtasis/trampa.

26/1/10

Memorias del Desarrollo

No he visto la película (que en estos días se estrena en el Sundance Festival). He evitado también leer cualquier comentario previo. Tengo, sin embargo, algunas referencias relacionadas con el proceso de producción. Como La cucaracha roja, la obra prima del joven director cubano Miguel Coyula (que se hizo con un presupuesto record de unos 2000 dólares), Memorias del Desarrollo es una producción de muy bajo costo, rodada en la Habana y New York, y en la que también se incluyeron imágenes del archivo. Es, además, el resultado de una labor en muchos sentidos artesanal, que se prolongó por más de cinco años.

Según me comenta un amigo, que ha seguido muy de cerca el proceso de creación del filme, nuevamente aparece el personaje de Sergio. La película está igualmente basada en una novela de Edmundo Desnoes y conserva el carácter testimonial que tuvo Memorias del Subdesarrollo; pero no aspira a ser una segunda parte de la película de Gutierrez Alea, sino más bien un complemento. Un filme que ofrezca una interpretación de Cuba desde cierta perspectiva del exilio y al mismo tiempo, una visión del capitalismo contemporáneo desde la posición de un intelectual que abandonó la isla y para quien la experiencia del socialismo cubano es una referencia continua.

Miguel Coyula, residente en New York, realizó lo que es, cuando menos, una osadía: Un largometraje que remite a una obra cimera del cine cubano (y mundial). Memorias del Subdesarrollo será un inevitable punto de comparación. Y esto plantea numerosísimos desafíos y expectativas.

Aquí el trailer.


20/1/10

Obama, Maurizio Lazzarato y la crítica al Neoliberalismo.


El descontento hacia el capitalismo contemporáneo es bastante extendido. Lo era ya antes de comenzar la presente crisis económica. Dicha insatisfacción tuvo una incidencia muy favorable en la victoria electoral de Barack Obama. También ha contribuido a su estrepitosa pérdida de popularidad a tan sólo un año de su gestión. Al cabo de doce meses, los que expresaron su escepticismo parecen haber hecho gala de una mayor lucidez si se les compara con las encandiladas multitudes de desempleados, intelectuales, empresarios, estudiantes, pacifistas, ecologistas y miembros de minorías étnicas y sexuales que depositaron su confianza en el hechizo de la palabra Hope. El ímpetu inicial de Obama se encuentra hoy bastante apagado.

Desde luego que hay muy buenos motivos para tal decepción. El presidente, incluso cuando dispone de una aplastante mayoría en el congreso, sólo muy tímidamente ha logrado cumplir parte de sus promesas. Otras las ha negociado, las ha desvirtuado o sencillamente las ha pospuesto de manera indefinida.

Habría que preguntarse si verdaderamente pudo ser de otra manera. Posiblemente sí y es obvio que el propio Obama tiene no poca responsabilidad en la presente inconformidad hacia su gobierno. Pero, al mismo tiempo, habría que considerar cuáles pudieran ser los obstáculos que conspiran contra el Yes, We Can de su campaña electoral. El ensayo del sociólogo italiano Maurizio Lazzarato On the crisis: Finance (or Property Rights) versus Social Rights, tal vez proporcione alguna luz sobre cuáles podrían ser los límites en los cuales parece empantanarse la administración Obama. Escribe Lazzarato (yo he traducido las citas que aparecen a continuación):

La crisis que actualmente estamos experimentando no es una crisis financiera (en el sentido expuesto por el consenso mediático que separa la “especulación financiera” de la “producción corporativa”, como diría Nicolás Sarkozy); sino el fracaso de la gobernabilidad neoliberal de la sociedad, en el cual las finanzas son sólo un mecanismo (si bien un mecanismo estratégico). Desde el punto de vista de la gobernabilidad (y el régimen de la acumulación capitalista) la economía “real” y la “especulación” financiera son inseparables.


Para el autor de Labor inmaterial, el Neoliberalismo se basa en una contradicción:

Los que reciben un salario y son beneficiarios de la asistencia social deben ganar y gastar lo menos posible para abaratar los costos por mano de obra y asistencia social, mientras el consumidor debe gastar todo lo que pueda para consumir lo que se ha producido.


La especulación financiera sería la solución a esta paradoja. El capitalismo neoliberal intenta convertir al asalariado en pequeño propietario. Pero, según Lazzarato, la irracionalidad inherente a este proyecto consiste en desear transformar a cada uno en pequeño propietario sin “querer interferir en la distribución desigual de las riquezas, que no ha hecho más que agravarse en los últimos treinta años”.

El proyecto de transformar a cada ser un humano en un deudor y en un propietario de acciones ha conducido a un estado de colapso (en junio de 2008 la deuda de los Estados Unidos excedía los 51 billones de dólares, en contraste con los 14 billones de ingreso nacional bruto), en el que las deudas se vuelven un capital inflado y en definitiva inexistente, dotado de una función coercitiva (Lazzarato se detiene extensamente en el sentimiento de culpabilidad que generan las deudas y la dependencia de una asistencia social).

La crítica de Lazzarato al capitalismo contemporáneo deja sin resolver la pregunta de cómo encarar los conflictos actuales. Y es aquí también donde la agenda de Obama tropieza con un horizonte que no es sencillo transgredir, entre otras cosas porque -una vez que las experiencias del socialismo demostraron ser fiascos descomunales- no es sencillo concebir un más allá del neoliberalismo, como si el presente fuese una especie de callejón sin salidas en el que las soluciones pueden incluso ser contraproducentes. Las ayudas financieras destinadas a estabilizar Wall Street podrían ser un buen ejemplo de estos enredos. No son sólo paliativos provisionales; sino que acentúan lo que Lazzarato considera el fracaso de la gobernabilidad neoliberal de la sociedad.

El texto concluye con una nota pesimista:

La crisis no ha hecho más que empezar porque la apropiación privada de la riqueza colectiva –la distribución desigual de ingresos y poder-no es en modo alguno central a los planes de recuperación de la economía. La cuestión política que se encuentra en el meollo de la crisis económica no tardará en auto-revelarse a la luz del día.

19/1/10

Luces artificiales.

Numerosos artistas contemporáneos usan las luces eléctricas como material indispensable de sus instalaciones. Los propósitos son muy variados, desde la invención de textos subversivos, hilarantes o metafóricos (que funcionan a modo de letreros lumínicos), hasta la construcción de ambientes que contribuyan a suscitar una comunicación entre los espectadores. Las luces han permitido la ejecución de obras que se insertan en la arquitectura (rescatando, hasta cierto punto, la utopía modernista de integrar las artes visuales a la vida) o que crean estructuras espaciales dentro de las salas de exposición. Pero, cualesquiera que sean las intenciones de los artistas, las luces artificiales reflejan nuestro tiempo, en lo que posee de evanescente y vertiginoso, con sus acelerados cambios tecnológicos y su proyección hacia al futuro. Aquí una (breve) selección de artistas contemporáneos que incluyen las luces artificiales en sus obras.

Doug Aetkin

Pierre Huyghe

Philippe Parreno

Liam Gillick

Olafur Eliasson

Angela Buloch

6/1/10

Eugenio Merino

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“Cuando los temas importantes se trivializan, surge la cultura del entretenimiento, y entonces desaparecen las barreras entre lo que es vital y lo que no lo es”. Estas son palabras del artista español Eugenio Merino. Sus esculturas, instalaciones, videos y trabajos gráficos persiguen llevar la superficialidad de la cultura del entretenimiento a posibilidades extremas, desde las cuales las imágenes exhiben su propia banalidad. Pero es una trivialidad que no puede reducirse a un sentido unívoco.

Un letrero con las palabras Global Warming, escrito con la misma tipografía que usa Playboy para el título de su revista y en el que se incluye también el logotipo del conejito con un lazo en el cuello, dentro de una de las vocales. Las palabras quedan subvertidas por la manera en que se representan. La alerta sobre el drama ecológico aparece transmutada en mensaje erótico. No hay manera de precisar si el creador se muestra escéptico ante las campañas en favor de la protección del medioambiente o si, por el contrario, desata su mordacidad contra los mass-media que no pueden transmitir una idea política, sin al mismo tiempo producir este tipo de banalizaciones.

La ambivalencia semántica (y política) ha sido uno de los recursos más frecuentes con los que el arte contemporáneo procura disociarse de una crítica social de corte panfletario. Otro tanto puede decirse del uso de la parodia, a la que Merino vuelve una y otra vez. Sin embargo, lo que a mi juicio constituye una peculiaridad de su trabajo, es el desplazamiento de sentidos que tiene lugar según las imágenes se aprecien aisladamente o como parte de un conjunto. Las obras de Merino tienen un valor intrínseco y a la vez funcionan como instalaciones in-situ, compuestas por unidades cuyos significados están concatenados y dependen del lugar en el que han sido dispuestas. Las piezas, vistas por separado, parecen ofrecer un comentario (así sea escéptico o burlón) sobre la idea o el icono político que se representa. Sin embargo, examinadas unas con respecto a las otras, en sus posibles entramados y asociaciones, la unidad de la muestra se resuelve en una lectura crítica contra la representación (y divulgación) mediática de las imágenes.



La trivialidad, en las obras de Merino, se transmite mediante un sentido del humor cruel e infantil, macabro y juguetón. Las imágenes poseen, junto a la apariencia hiperrealista, una exageración caricaturesca (como, por ejemplo, las cabezas de las figuras desproporcionadamente grandes con respecto a sus cuerpos o los globos oculares muy abiertos). Los gestos de los personajes no son menos caricaturescos y, por lo general, subvierten o ridiculizan sus idearios políticos: el pacifista Dalai Lama, en una esquina de la galería, con una ametralladora entre sus manos. George Bush sentado en la conocida postura del loto, como si practicase una meditación budista. Bin Laden, remeda a John Travolta, en una pose de su divulgada coreografía para Saturday Night Fever. Fidel Castro como un zombie. Una ridiculización que de cierta manera humaniza a las figuras en la medida en que ofrece una imagen menos estereotipada, y menos autoritaria.



Mediante la risa, Merino ejerce la crítica al capitalismo siguiendo la presunción –compartida por numerosos artistas contemporáneos- de que, si bien el arte resulta insuficiente para transformar la sociedad, puede, al menos, contribuir desocultar la ideología dominante.