24/5/10

Skin Fruit: Jeff Koons como curador.


I
El titulo de la exposición Skin Fruit (New Museum, New York) es uno de los muchísimos casos ante los cuales habría que exclamar aquello de Traductore, tradittore. Los equivalentes en castellano, digamos la “corteza”, la “cáscara” o -en una literalidad en este caso no del todo incorrecta- la “piel” de la fruta, no consiguen evocar el juego de palabras que existe en el inglés. Como hizo notar Peter Schjeldahl, Skin Fruit es fonéticamente una expresión muy semejante a Skin Flute (la flauta de piel), que en el argot popular se emplea para designar al pene. Detrás de un título dotado de una sutil connotación erótica, irrumpen las palabras obscenas, burlonas como una enorme carcajada, disfrazadas en una referencia más bien inocente.
El título Skin Fruit, según la nota de prensa que publicó el New Museum:
…alude a las nociones de génesis, evolución, pecado original y sexualidad. Skin y Fruit, evocan las tensiones entre lo interior y lo exterior, entre lo que vemos y lo que consumimos.

Podría decirse que el título guarda una analogía con esas tensiones entre lo que vemos y lo que consumimos, esto último entendido algo insinuado y al mismo tiempo excesivamente visible y provocativo.

La curaduría de Koons también podría verse como una repetición de estas tensiones: las obras de renombrados artistas mal dispuestas en las salas, abrumando al espectador con un caos excesivo, entorpeciendo unas la visibilidad de las otras, agrupadas como si no tuviesen el suficiente espacio.
II

En el cuarto piso, una réplica a gran escala de la deidad asiria Pazuzu -obra del artista italiano Roberto Cuoghis. Pazuzu, una divinidad alada, que a un tiempo simboliza la esperanza y un momento de destrucción y decadencia, preside el conjunto. A su derecha, una figura femenina, rubia y elegantemente vestida, creada por Charles Ray. Del otro lado, dos pilares que remedan una formación rocosa, elaborados por Terence Koh con chocolate blanco. La instalación tiene como fondo, colgados en la pared, cuatro dibujos de Kara Walker con representaciones de escenas sexuales en tiempos de la esclavitud. Una rara burla: el chocolate blanco de la instalación de Koh como una alusión al color de la piel de las mujeres esclavas y a los amos blancos. Una burla también porque la obra de Koh no guarda ninguna afinidad visual con las piezas de Walker. En el centro, una escultura abstracta de Urs Fisher: una suerte de tronco, que traza una curva irregular, como si estuviese flotando en el espacio. A su lado en una proximidad bastante chocante, una columna de espejos. El conjunto luce definitivamente mal. Y esto sin contar la otra mitad de la sala, donde las instalaciones y dibujos están igualmente distribuidos de forma disparatada y evidentemente fea.
En otro de los pisos la presentación es aún más repulsiva. Tal parece como si todavía se estuviese en las labores de montaje (o como si las obras se almacenaran de manera improvisada). Para agregar una discreta nota de irreverencia, Koons hizo caso omiso de una de las reglas éticas -no escritas y que yo no comprendo del todo bien- que suelen obedecer los artistas que incursionan en proyectos curatoriales. Supuestamente un creador no debiera incluir su propio trabajo entre las obras que selecciona para la muestra. Koons, se pasó por alto esta interdicción y no tuvo ningún pudor en poner una pieza suya.
III
Posiblemente cualquier otra persona hubiese organizado la exposición de una manera más atinada, permitiendo que el espectador se sienta más a gusto entre las instalaciones. El artista trabajó con tanto descuido, con tanta vulgaridad, que no puede menos que sospecharse que Koons, que se ensaya por vez primera como curador, tuvo la intención de desagradar.
Habría al menos dos motivos por los cuales sería plausible creer que la desastrosa curaduría de Koons pudo obedecer a una intención previamente calculada. Aclaro que hablo sólo a manera de conjetura, sin tener la menor idea de cuáles pudieran ser –si es que efectivamente los hubo- los propósitos o segundas intenciones del curador.


El primero de esos motivos es la importancia que poseen lo feo, lo grotesco, lo escatológico y lo primitivo. Una escultura de Paul McCarthy representa a cerdos, rostros y seres humanos, copulando orgiásticamente. Bajo el título de Madre/Hijo, Kiki Smith exhibe una figura femenina que succiona su propio pezón, mientras, al lado suyo, el otro personaje practica una felatio con su propio, inmenso, pene. En la pared, al fondo, la misma artista colgó una larga franja de textura ríspida y colores terrosos, que denominó Intestino. Están también los trabajos de Chris Ofili, de apariencia artesanal; pero confeccionados con excrementos de elefantes, las obras macabras de Robert Gober: un pie colgado en la pared, que sostiene un ancla rematado por dos zapatos para niñas, o el cadáver de John Kennedy, descalzo dentro de un ataúd (Maurizio Cattelan) y la figura desnuda, hecha en cera y consumida por el calor –como si hubiese sido sometida a torturas sexuales- de Urs Fisher.

Las imágenes con alusiones religiosas o míticas, igualmente tienen que ver con lo primitivo (como Masters of the Universe, de Nobble y Webster o la especie de menhir de Dan Colen), lo sádico y lo terrible.

La lista podría hacerse extensa. La curaduría de Koons funcionaría, a nivel de selección, montaje y organización, en un mismo sentido que muchas de las instalaciones y dibujos.
El segundo motivo para aventurarse en una curaduría en apariencia desastrosa, podría ser sencillamente provocar las reseñas desfavorables e irritar a la crítica. Los comentarios negativos suelen ser muy eficaces para atraer al público y a los mass media. Al fin y al cabo, como canta una de las vigilantes en la performance de Tino Sehgal, this is propaganda, you know, you know.

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