18/5/10

La tentación de lo imposible



I
Es un privilegio poder leer a un ensayista como Mario Vargas Llosa. No hablo ya del novelista, autor de obras fundamentales como La ciudad y los perros, La casa verde , Pantaleón y las visitadoras y La fiesta del Chivo. Hablo del ensayista cuyo sentido de la libertad y honestidad intelectual suenan como trasgresiones anárquicas. Su texto contra Jean Baudrillard –y contra algunas de las vertientes dominantes del pensamiento contemporáneo- es una atrevida y necesaria queja contra el post-estructuralismo y toda la retahíla de estudios queer, feministas, subalternos, etcétera, que le han seguido.

La hora de los charlatanes es un trabajo periodístico que contiene puntos que encuentro excesivos; pero leer ese texto, apasionado y evidentemente impugnador, me lleva a la pregunta de hasta qué punto un supuesto conservadurismo puede en la actualidad tener un signo por completo invertido y funcionar como una rebeldía ante un estado de cosas que –como ocurre en lo que hoy se llama pensamiento teórico y en muchas otras esferas- ha devenido en un espacio muy propicio para la consagración de timadores y petulantes. En Cuba, algunos artistas amigos se referían a ese pensamiento teórico con la palabra Metatranca, que tenía connotaciones evidentemente obscenas. El vocablo, a mi juicio, denotaba que las pedanterías, los lenguajes filosóficos oscuros –o, con más frecuencia, mal articulados- han logrado una posición autoritaria que, si bien ha merecido la burla pseudo-clandestina, pocos intelectuales se atreven a discutir públicamente, mientras otros prefieren desatenderse del asunto y replegarse a objetos de investigación más tradicionales; pero en los que pueden salvaguardar una presunta honestidad intelectual o un rigor investigativo.
En La hora de los charlatanes, Vargas Llosa tomó el toro por los cuernos y no titubeó al enfrentar el pensamiento de Baudrillard contra su propia lógica, devolviéndolo como una charlatanería:
Que vivimos en una época de grandes representaciones que nos dificultan la comprensión del mundo real, me parece una verdad como un templo. Pero ¿no es acaso evidente que nadie ha contribuido tanto a enturbiar nuestro entendimiento de lo que de veras está pasando en el mundo, ni siquiera las supercherías mediáticas, como ciertas teorías intelectuales que, al igual que los sabios de una de las más hermosas fantasías borgianas, pretenden incrustar el juego especulativo y los sueños de la ficción en la vida?

II
En estos días leí La tentación de lo imposible, un libro que Vargas Llosa dedicó a la novela Los Miserables de Hugo. A su modo, puede verse como una réplica contra buena parte de ese pensamiento actual. Primero porque Vargas Llosa se dedica a comentar un libro que suele considerarse como una lectura de la adolescencia. Lo cual significa, para muchísimos intelectuales, una novela cursilona, con personajes demasiado caricaturescos, repleta de concepciones ridículas y de un sentimentalismo exacerbado. Además La tentación de lo imposible es un estudio sobre un clásico de la literatura. Esto es ir a contracorriente de un mundo donde se persiguen rescatar obras que han tenido una importancia marginal, preferiblemente si se trata de textos desconocidos, donde se privilegien los estudios interdisciplinarios, la re-escritura del pasado y la crítica del lenguaje. Aunque, como afirma Vargas Llosa, Hugo es, después de Shakespeare, el autor que ha generado más estudios sobre su obra; no es menos cierto que no es de los que suelen interesar a muchos de los pensadores actuales. El humanismo de Los Miserables desde hace mucho que se encuentra en declive, si no ya totalmente sepultado. Vargas Llosa revisa dicho humanismo y lo hace sin conjeturas demasiado enrevesadas, con un lenguaje diáfano y ateniéndose al texto o a fuentes bibliográficas, que maneja con un soltura que es como para quitarse el sombrero.

Por otra parte, es una crítica literaria en el sentido más tradicional de la palabra, aunque se trata de la crítica que hace otro novelista, un diálogo de complicidades, escrito por alguien que conoce al dedillo el oficio. Vargas Llosa regresa al deleite que proporcionan las páginas de Los Miserables, a la admiración por la inventiva de un autor que hoy se considera vetusto (en contraste con la novela moderna, cuya génesis se reconoce en Flaubert). La tentación de lo imposible fascina porque es sobre todo una escritura sobre la fascinación de la lectura. No es extraño que Vargas Llosa comience por evocar cómo, durante su adolescencia, Los Miserables vino a enriquecer su vida rutinaria en un colegio militar:
La vida espléndida de la ficción daba fuerzas para soportar la vida verdadera. Pero la riqueza de la literatura hacía que también la realidad se empobreciera.

Leer La tentación de lo imposible ha sido una manera de regresar a ese libro, muy querido, de la adolescencia o al menos volver al entusiasmo que me deparaban numerosas  páginas escenas , cuyas escenas recuerdo como si las hubiese visto en algunos grabados antiguos.

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