20/5/10

Eco apocalíptico



I
Umberto Eco en ¿en qué creen los que no creen?

El Apocalipsis puede leerse como una promesa, pero también como el anuncio de un final, y así es rescrito paso a paso, en esta espera del Dos Mil, incluso por aquellos que no lo han leído jamás: no más las siete trompetas, el granizo y el mar que se convierte en sangre, la caída de las estrellas, las langostas que emergen con el humo del pozo del abismo, los ejércitos de Gog y Magog, y la Bestia que surge del mar, sino el multiplicarse de los depósitos nucleares ya incontrolados e incontrolables, las lluvias ácidas y el Amazonas que desaparece, el agujero de ozono y la migración de hordas desheredadas que salen a tocar, a veces con violencia las puertas del bienestar, el hambre de continentes enteros, nuevas e incurables pestes, la destrucción interesada del suelo, los climas que se modifican, los glaciares que se descongelan, y la ingeniería genética que construirá a nuestros replicantes y, gracias al ecologismo místico, el suicidio necesario de la humanidad misma, que deberá morir para salvar a las especies que casi ha destruido, a la madre Gea que ha desnaturalizado y sofocado.
Estamos viviendo –aunque sea de la manera desatenta a la que nos han acostumbrado los medios de comunicación de masas- nuestros terrores del final.


El fragmento está fechado en marzo de 1995. Es decir, antes del 11 de septiembre del 2001, que vino a incluir el terrorismo mundial entre los problemas más graves que es preciso enfrentar y antes de muchos otros desastres –como el terremoto en Haití o el reciente derramamiento de petróleo en las costas del Golfo de México- que podrían ser tomados como no ya como síntomas, sino como sucesos apocalípticos del nuevo milenio.

Este es uno de los momentos más afortunados del intercambio epistolar entre Umberto Eco y el Cardenal de Milán, Carlo María Martini. El filósofo y el cristiano procuraron encontrar puntos de entendimiento entre el ateo y el devoto y el tema del milenarismo fue uno de ellos. El diálogo evidencia que las cuestiones filosóficas y trascendentales siguen teniendo vigencia y colindan con problemas políticos bastante urgentes y cotidianos, como el tema del presunto fin del mundo que, de un modo alarmante, se ha convertido –como muy bien afirma Umberto Eco- en una de las creencias del no creyente:

…me aventuro a decir que el pensamiento del fin de los tiempos es hoy más típico del mundo laico que del cristiano. O sea, el mundo cristiano hace de éste un objeto de meditación, pero se mueve como si fuera justo proyectarlo en una dimensión que no se mide con los calendarios. El mundo laico finge ignorarlo pero está fundamentalmente obsesionado.


En su réplica María Martini corrobora las palabras de filósofo:
[…] las amenazas ecológicas están tomando el lugar de las fantasías del pasado y su cientificidad las hace aún más perturbadoras.

II
Volviendo a la conocida oposición entre apocalípticos e integrados propuesta por el propio Eco, podría decirse que -al hablar de terrores y temores- tanto el autor de En Nombre de la Rosa como María Martini describen una perspectiva apocalíptica. Ambos le atribuyen al milenarismo una cientificidad que de alguna manera vendría a confirmarlo. Pero también es posible argumentar desde la posición opuesta, es decir, la perspectiva optimista de los “integrados” que tendría un fundamento no menos científico.

Un integrado podría responder más o menos así:

Si bien las representaciones del Apocalipsis y el Juicio Final pueden percibirse hoy como visiones fantásticas, no lo eran tanto para el hombre medieval o el renacentista. Para éstos se trataba de profecías que tenían un carácter ineludible y que estaban a punto de cumplirse.
Entonces podría pensarse que estamos en una situación más o menos parecida: nuestros hallazgos científicos y nuestras imágenes mediáticas, serían, en el futuro, un equivalente histórico de las fantasías y supersticiones que atormentaban al hombre medieval. Al igual que éste tenía epidemias por aquel entonces eran consideradas incurables y que hoy se pueden contener con medidas sanitarias muy elementales, nosotros padecemos accidentes ecológicos y enfermedades terribles, ante las cuales, por ahora, el conocimiento se revela insuficiente; pero tarde o temprano los avances tecnológicos y las nuevas teorías científicas lograrán encontrar soluciones satisfactorias. Al hacerlo, se encargarían también de revelar el carácter fantástico o inexacto de la creencia contemporánea en un fin del mundo. Si se mira retrospectivamente, es obvio que nuestro milenarismo, al igual que el del hombre medieval, ha estado cargado de temores exagerados. Hoy, por ejemplo, luce muy ingenua la alarma que, en vísperas del año 2000, desencadenó la posibilidad de que el desajuste en la programación de los horarios de las computadoras generara un caos en las finanzas, las comunicaciones y la informática. La llegada del primero de enero del 2000 no supuso ninguna alteración desde este punto de vista.

III
La postura hacia el milenarismo es también política, condicionada por una cuota de fe -así sea la creencia en la inminente destrucción del planeta o en su progresivo y sistemático saneamiento- de la que no puede deshacerse el mundo laico. De todos modos, por convencido que esté del advenimiento del fin del mundo, por mucho que lea las noticias al respecto, el hombre contemporáneo posee también una dosis de incredulidad (e irresponsabilidad)que quizás no fuese tan pronunciada en el cristiano europeo de hace mil años. Si los hombres medievales se sentían abrumados por el peso de las profecías apocalípticas, nosotros tenemos la sospecha de que el agotamiento de las reservas de petróleo, el descongelamiento de los glaciares, la escasez de agua potable, la desaparición de las especies marinas, el hundimiento de archipiélagos enteros, entre muchísimas otras calamidades, nunca llegarán a ocurrir. Se anuncian para un futuro que se pospone indefinidamente. Las predicciones aunque se apoyen en sofisticados cálculos y evidencias científicas, postergan la catástrofe hacia una fecha no tan lejana, pero desprovista de presente y en apariencia movediza e inalcanzable.
En el mejor de los casos, el final del mundo, si tuviese un presente para el hombre contemporáneo, es una catástrofe que acontece en otra parte, como un eco, en otro rincón del planeta, en un sitio periférico del sistema global.

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