11/4/10

Construir una "Casa de la Vida"



I
Me permito copiar nuevamente un largo fragmento del ensayo Bajo la luna llena con Beranrd Berenson de M. Kirby Talley Jr.–una de las primeras que traducciones hice para este blog- no sólo porque me parece uno de los textos más bellos que he incluido aquí; sino también porque me gustaría relacionar la idea de La Casa de la Vida de Berenson con una de las más inesperadas defensas del museo que hiciera el crítico de arte alemán Boris Groys.

Berenson, como la inmensa mayoría de los historiadores del arte de su tiempo, era un hombre de gustos estéticos muy conservadores. Según escribió en su libro Ver y Conocer, obras como la novela Finnegan's Wake, de James Joyce, no pasaban de ser meras "pompas de jabón y juegos de palabras etimológicos y poliglotas". En las vanguardias artísticas, Berenson vio el síntoma de una profunda crisis de valores, como lo demostraba el hecho que el arte más avanzado guardara numerosas similitudes con el de las culturas arcaicas. Difícil, en la actualidad, compartir las tiradas de Berenson contra el arte su tiempo. Sin embargo, a veces, un pensador en otro momento retrógrado y apocalíptico, adquiere una actualidad por completo imprevista y sus concepciones sirven, en el presente, para deshacer lugares comunes que por inercia se siguen percibiendo como atrevidos y transgresores.

II
Para Boris Groys, el museo es el lugar en el que todavía puede existir un espacio para lo nuevo. Los gestos vanguardistas orientados a derrumbar las paredes del museo y fusionar el arte a la vida, hoy carecen del carácter de rebeldía que tuvieron hace un siglo, cuando el museo era, en efecto, una institución cerrada a lo nuevo y hostil a los experimentos artísticos de su tiempo. En el mundo actual, por el contrario, los museos están totalmente abiertos al arte más avanzado y provocador. Enfrentarse al museo como institución, razona Groys, significa apoyar al status quo en sus esfuerzos por neutralizar el poder provocador del arte y diluirlo entre las complacientes y nada perturbadoras imágenes mediáticas.
La novedad del arte contemporáneo, si todavía existe, sólo podría apreciarse en su relación con las obras del pasado, en sus contrastes con las colecciones que conserva el museo. Es sólo dentro de ese diálogo que la imagen contemporánea puede exhibir su novedad. Sin el museo, la obra de arte actual correría el riesgo de pasar inadvertida entre las numerosísimas producciones mediáticas, represivas, reiterativas y tendientes a las soluciones convencionales y los clichés. En el espacio del museo, la obra de arte participa en otro discurso (el de la historia del arte y la dimensión estética).
Aquí es donde me parece que podría deslizarse la idea de Berenson de “construir la Casa de la Vida”, porque la percepción del arte nuevo supondría un necesario rescate de los valores del arte del pasado, no ya como algo que debe destruirse; sino como puntos de referencia que permitan el disfrute y la comprensión de lo nuevo. En Bajo la luna llena con Bernard Berenson, Kirby Talley Jr. escribió:

A lo largo de sus noventa y cuatro años, Berenson acogió todo lo valioso que la vida tenía para ofrecerle –arte, literatura, música, personas, animales, naturaleza. El fusionó todos esos elementos para configurar lo que solía llamar su Casa de la Vida, y fue desde y a través de esa Casa de la Vida que Berenson emprendió sus investigaciones y, más importante aún, desarrolló su sentido de apreciación del arte.

El museo contemporáneo vendría a ser uno de los espacios –un sitio sin duda privilegiado- donde puede desarrollarse el sentido de apreciación del arte que menciona Kirby Talley Jr. Y no sólo la apreciación de las obras del pasado, sino también aquellas que podrían ser irreverentes en el mundo de hoy.

A continuación, el texto de Kirby Talley Jr.



Bajo una luna llena con Bernard Berenson
Construir una "Casa de la Vida"

M. Kirby Talley Jr.

Pero ¿quién puede observar el esplendor de una rosa sin tratar de lucirla en su ropa? ¿Quién puede contemplar con curiosidad la tersura y el brillo de una hermosa mejilla, sin sentir que su corazon nunca envejecerá?
Lord Byron Las peregrinaciones de Childe Harold, Canto Tercero, XI.


La Luna
Un mes antes de su muerte, a la edad de noventa y cuatro años, Bernard Berenson se estaba alojando en la Casa al Dono, residencia de Nicky Mariano, su amigo y colega durante cuatro décadas. A lo largo de toda su vida, cada vez que Berenson veía la luna llena, hacía tintinear las monedas que guardaba en su bolsillo, pedía un deseo y con sus ojos cerrados se inclinaba tres veces en dirección a la luna. Este ritual es una superstición judía y si bien las supersticiones, al menos en sus formas más serias, eran la antítesis de todo lo que él sostuvo y creyó en su vida -y que tal vez pueda resumirse con la palabra “civilización”- podría perdonársele su fidelidad a esta práctica por completo inofensiva. A pesar de su salud muy frágil y que empeoraba aceleradamente, Berenson aun conservaba su alegría de vivir. Nicky Mariano relata que, “A principios de Septiembre de 1959..., nosotros descubrimos la luna nueva, en un cielo verde-manzana. Su enfermera lo cargó en brazos, como a un niñito, hasta la ventana de su habitación. Con una sonrisa melancólica, Berenson saludó por última vez a aquella figura plateada”.

Nosotros sólo podemos imaginar cómo Berenson debió haberse sentido, qué pensó cuando miró aquella luna. Todos nosotros hemos experimentado la magia de la luna llena, sea en lo alto del cielo de una noche invernal, irradiando un resplandor fosforescente sobre el paisaje cubierto por la nieve, o una luna baja, llena y rubicunda, acechando sobre los secos tallos del maíz a mediados de agosto.

Me gusta pensar que Berenson debió haber sentido una profunda satisfacción con la certeza de haber tenido éxito en su empeño por transformarse a sí mismo en una obra de arte. A lo largo de sus noventa y cuatro años, Berenson acogió todo lo valioso que la vida tenía para ofrecerle –arte, literatura, música, personas, animales, naturaleza. El fusionó todos esos elementos para configurar lo que solía llamar su Casa de la Vida, y fue desde y a través de esa Casa de la Vida que Berenson emprendió sus investigaciones y, más importante aún, desarrolló su sentido de apreciación del arte. La luna llena –redonda, y por tanto completa, misteriosa, más allá de nuestro alcance y confortablemente cercana, iluminando nuestro camino en medio de la oscuridad- muy bien podría erigirse como un símbolo de sus búsquedas. Y como las faces por las que atraviesa la luna durante sus ciclos mensuales, así pasaban las indagaciones de Berenson, alcanzando pináculos sólo para volver a empezar.

Bernard Berenson era el humanista por excelencia, pero no del tipo en el que nosotros pensamos cuando consideramos el renacimiento del aprendizaje y la cultura en la Florencia del siglo XV, sino más bien lo que puede ser definido como un ser humano excepcionalmente civilizado. Clive Bell, uno de las figuras más notables del grupo de Bloomsbury, ofreció la siguiente definición de ese tipo de personas en su ensayo Civilización:

No es ni el hombre beato ni el hombre natural; no es el artista, ni el héroe, ni el filósofo; pero aprecia el arte, respeta la verdad y sabe cómo comportarse. Para disfrutar la vida al máximo, para disfrutarla en su totalidad y en sus más recónditos detalles, para lograr ese objetivo, sus medios fundamentales consisten en los poderes, intensamente cultivados, de pensar y sentir. Su curiosidad intelectual carece de límites, es intrépida y desinteresada. Es un hombre tolerante, imperturbable, y si no es siempre afable y urbano, al menos nunca es truculento, desconfiado o prepotente. Elige sus placeres de manera deliberada y sus opciones no están constreñidas ni por temores ni por prejuicios. Y ya que puede distinguir entre los medios y los fines, puede evaluar las cosas por su significado emocional más que por su utilidad práctica. Todas las rigideces de “deberes”,“derechos”, “santidades” pasan volando sobre él, como la arenilla o la incómoda paja, sin llegar a afectarlo. Su sentido de los valores, inteligentemente manejado, es una aguja para desinflar las pompas de jabón de la indignación moral. Es crítico, auto-consciente y hasta cierto punto y, en todo caso, analítico. Inevitablemente será egregio. Consciente de sí mismo como individuo, tendrá poca simpatía por las unanimidades de la multitud; pero al educar su mente, sus emociones y sus sentidos, elaborará un modo de vida en el que despejará, hasta donde sea posible, los hábitos que autolimitan y las pasiones. No, no será natural.


Si esto se hubiese escrito en el pretérito, pudiera haber sido un elogio a Berenson y a otros que en mayor o menor medida fueron como él. Pero ¿qué tiene que ver esto con el arte y con nuestras maneras de reaccionar ante el arte?
Yo diría que la respuesta es: absolutamente todo. Según Bell, una persona civilizada no es “natural” , como mismo un paisaje pintado no es en modo alguno la naturaleza. La insinuación que hace Bell es que este tipo de persona es una creación “desnaturalizada” como mismo algunas plantas exóticas son el resultado de un elaborado proceso de injertos.

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