6/3/10

Bachelard y la imaginación material

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I

La voluminosa obra de Bachelard parece un campo de experimentación cerrado sobre sí mismo. Un conjunto de investigaciones que resulta difícil continuar y que, a pesar de la influencia que ejerció en pensadores tan relevantes como Althusser, Foucault y Barthes no logra insertarse en ninguna de las vertientes del pensamiento contemporáneo. Hay una razón para que sea así: el pensamiento teórico actual se ha orientado fundamentalmente hacia la crítica de las ideologías y el análisis de los resortes del poder; mientras que, a contracorriente de estas direcciones dominantes, los textos de Bachelard se sumergen en un espacio de intimidad, en la soledad del diálogo entre el lector y el poema.

El sujeto en Bachelard no es una figura interpelada por una ideología que debe ser denunciada y desentrañada; ni tampoco un individuo, perteneciente a un determinado grupo social, que participa en un engranaje de poder cada día más eficiente y que funciona de acuerdo a mecanismos ocultos y en sí mismos deslumbrantes. El sujeto en Bachelard es un individuo ensimismado en la fruición de la lectura y en la capacidad de la imagen poética para activar el ensueño diurno. Los propios hallazgos teóricos de Bachelard parecen ser, en la mayoría de los casos, descripciones de sus vivencias como lector. En sus escritos, la interpretación se apoya en una especulación filosófica cuyos presupuestos son más que nada intuiciones, enfoques que develan una dimensión psíquica que sólo puede confirmar un lector que, como el propio Bachelard, se entregue al poder evocativo de una imagen poética. Bachelard construyó todo un sistema filosófico sobre la lectura como un incentivo de lo imaginario.
III
Como un desvío del psicoanálisis clásico, Bachelard se internó en el estudio de lo que, según él, era una capa intermedia entre la conciencia y el inconsciente: la zona del ensueño diurno. Si en el subconsciente –que se manifiesta en las imágenes oníricas, en los lapsus del lenguaje o en los actos fallidos- yacían, latentes, los temores más arcaicos y contenidos que debían interpretarse como síntomas de un malestar neurótico, las imágenes del ensueño diurno eran visiones reconfortantes, reparadoras y dichosas.

La imagen poética debía aceptarse no como un símil ni como una metáfora que representase algún aspecto de la realidad; sino como una realidad en sí misma. Un hallazgo del lenguaje que agregaba su novedad al mundo y al hacerlo renovaba al ser. En su introducción a El aire y los sueños Bachelard anotó:
Hay imágenes completamente nuevas. Viven la vida del lenguaje vivo. Se las reconoce en su lirismo activo, por una señal íntima: renuevan el corazón y el alma; dan –esas imágenes literarias-, esperanza a un sentimiento, vigor especial a nuestra decisión de ser una persona, tonifican incluso nuestra vida física. El libro que las contiene es de súbito para nosotros una carta íntima.

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