22/2/10

Fredric Jameson. Las relaciones internacionales en la literatura mundial (II).

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Necesito completar este cuadro de la ambivalencia dialéctica de lo nacional con tres observaciones, que yo he desarrollado más abundantemente en otra parte. Primero, la nación todavía persiste con fuerza dentro de la globalización y es un componente esencial de ésta última. Y esto por una razón muy sencilla: sirve como coartada para la opresión corporativa. El hombre de negocios debe estar en condiciones de decir que para que Inglaterra, Alemania o los Estados Unidos sigan siendo competitivos en el mercado mundial, en la globalización, los obreros deben aceptar reducciones de salarios y la disminución de beneficios sociales, que ahora lamentablemente regresan. La nación sirve como el argumento irrefutable para el desmantelamiento neoliberal del estado de bienestar. En segundo lugar, nosotros no debemos entender la nación sólo en términos de patriotismo e imaginación colectiva. De hecho, es más bien el lugar de la herida nacional, la misere nacional, de las más intensas manifestaciones de complejos de inferioridad y, por tanto, de ressentiment y humillación. Mientras más pequeño y más económica y globalmente marginado sea el país, más intenso será este único sabor de lo nacional en las bocas de sus ciudadanos, más amargo serán los límites de sus sentimientos colectivos. Esto es lo que explica la necesidad formal de lo que yo llamo la alegoría nacional. Cualesquiera que sean los contenidos existenciales de la historia o la experiencia del individuo, éste siempre cargará consigo el matiz de su subalternidad nacional, que será siempre alegórica de la miseria nacional. Pero a medida que uno se acerca al centro o a los súper estados se hace más fácil para sus ciudadanos conocer la ceguera del centro, pensar sobre ellos mismos únicamente en términos privados, olvidar las relaciones nacionales, las relaciones exteriores que también los definen; pero que ahora, por así decirlo, los definen de manera inconsciente y pueden ser reprimidas y olvidadas. Un alivio que no es posible en otras partes del mundo. Existe, entonces, en gran medida una dimensión nacionalista en nuestras experiencias existenciales, aunque aparentemente pueda o no existir. Pero, en mi opinión, es siempre un grave error tratar de teorizar estas materias, en este nivel de problemas, en los términos ideológicos de identidad o cultura, identidad nacional, cultura nacional. Y como un tercer y último comentario, diré que hay una respuesta a este vasto tema de los términos nación, nacional, nacionalismo y otros por el estilo, particularmente en sinónimos de colectividad o ethos grupales. Voy a proponer una fórmula más torpe; pero más precisa de esa situación nacional y es una expresión que en gran medida incluye esas experiencias de lo que yo llamo miseria nacional o subalternidad nacional. De hecho, yo creo que la noción de esa situación nacional va con mucho en camino de hacer más coherente y más aprovechable lo que Goethe llamó “literatura mundial”. Si uno lee sus afirmaciones de una manera muy apegada al texto, uno verá que no tiende tanto a caracterizar la fama mundial de Lord Byron, la recién descubierta universalidad de Shakuntala o la poesía persa, como la emergencia de lo que podríamos llamar instituciones de comunicación cultural. Le revue de deux mondes, The Edimburgh Review, The Globe y demás. Vehículos por medio de los cuales un extranjero puede acercarse a la situación nacional de un país dado, incluyendo su situación literaria e intelectual. ¿Cuáles son los debates que tienen lugar en una situación nacional específica? ¿Cuáles son los conceptos disponibles para los intelectuales para articular esa situación? ¿Qué formas literarias responden a sus necesidades o emergen como soluciones a sus dilemas y contradicciones? Ese es el motivo por el cual yo propongo en otra parte, reemplazar el modelo de dos términos de lector y texto, por uno de cuatro términos, especialmente en el contexto de las relaciones internacionales; pero también en términos de historia, en el pasado. No es simplemente una cuestión de un lector en un país o un período inventando o desarrollando algún tipo de relación inmediata con el texto de otro, digamos Goethe leyendo a Lord Byron, o Pound leyendo a les troubadours provençales. Es más bien una relación de cuatro formas en la cual un lector de una situación nacional alcanza tal contacto con otro por medio de la relación entre dos situaciones nacionales. La situación nacional de la Alemania provinciana, en el siglo XVIII y XIX, entra en contacto con la situación nacional del emergente imperio británico y es sólo por medio de esa relación que un individuo del primer país puede aspirar a un contacto con un texto que expresa a éste último, a través, desde luego, de la revuelta y el escándalo. Ya no se trata aquí de la cuestión de una literatura clásica o universal. Este es un contacto complejo entre historias y situaciones nacionales concretas. Y si estas ideas parecen perpetuar la vieja concepción teleológica de los más avanzados hacia los menos desarrollados, yo pienso que opera así sólo para también minar dicha teleología, ya que lo que finalmente emerge aquí es la singularidad radical y las diferencias concretas de cada una de estas situaciones. Ninguna resulta más avanzada en un largo sendero teleológico hacia la modernidad. Cada una está marcada como especificidad únicamente determinada, lo cual quiere decir, únicamente nacional.

Tercera parte

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