6/1/10

Eugenio Merino

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“Cuando los temas importantes se trivializan, surge la cultura del entretenimiento, y entonces desaparecen las barreras entre lo que es vital y lo que no lo es”. Estas son palabras del artista español Eugenio Merino. Sus esculturas, instalaciones, videos y trabajos gráficos persiguen llevar la superficialidad de la cultura del entretenimiento a posibilidades extremas, desde las cuales las imágenes exhiben su propia banalidad. Pero es una trivialidad que no puede reducirse a un sentido unívoco.

Un letrero con las palabras Global Warming, escrito con la misma tipografía que usa Playboy para el título de su revista y en el que se incluye también el logotipo del conejito con un lazo en el cuello, dentro de una de las vocales. Las palabras quedan subvertidas por la manera en que se representan. La alerta sobre el drama ecológico aparece transmutada en mensaje erótico. No hay manera de precisar si el creador se muestra escéptico ante las campañas en favor de la protección del medioambiente o si, por el contrario, desata su mordacidad contra los mass-media que no pueden transmitir una idea política, sin al mismo tiempo producir este tipo de banalizaciones.

La ambivalencia semántica (y política) ha sido uno de los recursos más frecuentes con los que el arte contemporáneo procura disociarse de una crítica social de corte panfletario. Otro tanto puede decirse del uso de la parodia, a la que Merino vuelve una y otra vez. Sin embargo, lo que a mi juicio constituye una peculiaridad de su trabajo, es el desplazamiento de sentidos que tiene lugar según las imágenes se aprecien aisladamente o como parte de un conjunto. Las obras de Merino tienen un valor intrínseco y a la vez funcionan como instalaciones in-situ, compuestas por unidades cuyos significados están concatenados y dependen del lugar en el que han sido dispuestas. Las piezas, vistas por separado, parecen ofrecer un comentario (así sea escéptico o burlón) sobre la idea o el icono político que se representa. Sin embargo, examinadas unas con respecto a las otras, en sus posibles entramados y asociaciones, la unidad de la muestra se resuelve en una lectura crítica contra la representación (y divulgación) mediática de las imágenes.



La trivialidad, en las obras de Merino, se transmite mediante un sentido del humor cruel e infantil, macabro y juguetón. Las imágenes poseen, junto a la apariencia hiperrealista, una exageración caricaturesca (como, por ejemplo, las cabezas de las figuras desproporcionadamente grandes con respecto a sus cuerpos o los globos oculares muy abiertos). Los gestos de los personajes no son menos caricaturescos y, por lo general, subvierten o ridiculizan sus idearios políticos: el pacifista Dalai Lama, en una esquina de la galería, con una ametralladora entre sus manos. George Bush sentado en la conocida postura del loto, como si practicase una meditación budista. Bin Laden, remeda a John Travolta, en una pose de su divulgada coreografía para Saturday Night Fever. Fidel Castro como un zombie. Una ridiculización que de cierta manera humaniza a las figuras en la medida en que ofrece una imagen menos estereotipada, y menos autoritaria.



Mediante la risa, Merino ejerce la crítica al capitalismo siguiendo la presunción –compartida por numerosos artistas contemporáneos- de que, si bien el arte resulta insuficiente para transformar la sociedad, puede, al menos, contribuir desocultar la ideología dominante.

1 comentario:

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