19/9/09

Dos o tres paradojas del concierto de Juanes

Al margen de lo que diga Juanes, su concierto por la paz en la Plaza de la Revolución tiene un signo político muy evidente. Pero dicho signo ha quedado oscurecido por las discordias que ha desatado el proyecto del cantante colombiano. Con las banales discusiones sobre si es lícito ir a cantar a la Plaza de la Revolución, o invitar a fulano o a mengano, se ha pasado por alto que Juanes no es para nada un partidario del régimen de la Habana, sino un simpatizante de la política de la administración Obama. Ensimismados en sus posiciones antagónicas, los exiliados cubanos y los voceros culturales del gobierno de Castro, no han podido ver que Juanes es, ante todo, un emisario de la dirección que Washington está imponiendo en las relaciones bilaterales con la isla.

Por lo pronto, la política de Obama ha tenido ya un gran logro: hacer explícito lo que antes era una sospecha bastante plausible: el gobierno cubano no está interesado –aunque esté más o menos forzado- en un diálogo político con los Estados Unidos. El gobierno cubano padece de una fobia a la normalización de relaciones con su país vecino. Una actitud esquiva que es hasta cierto punto comprensible. No fue casual que los incidentes del Mariel y el llamado "Maleconazo" –hasta ahora las protestas más relevantes que acontecieron en el medio siglo de Revolución Cubana- tuvieran lugar bajo demócratas que se propusieron un mayor acercamiento hacia la dictadura. Las políticas conciliadoras de los presidentes norteamericanos han demostrado ser mucho más desestabilizadoras para el gobierno cubano que las cortantes y hostiles prácticas de los republicanos.

Si en algo coincide el sector más radical del exilio cubano con el gobierno de los hermanos Castro, es precisamente en su fobia a una normalización de las relaciones económicas y políticas entre Cuba y los Estados Unidos. Con ideologías radicalmente contrarias, los extremos se tocan. Así, oponerse a un diálogo político con la Habana es -cualesquiera que sean los argumentos que se invoquen- respaldar la misma estrategia que el gobierno cubano ha sostenido durante casi medio siglo. El exilio intolerante ha sido la inmensa Quinta Columna que desde afuera ha apoyado a los cincuenta años de socialismo cubano.

En esta ocasión, el ala radical del exilio hizo la clásica metedura de pata. Con sus reacciones inflexibles y con sus comportamientos fascistoides –como destruir los discos de Juanes en plena calle-, no consiguieron más que promocionar un concierto que, de no ser por estos arranques de ira, probablemente no habría acaparado tanta atención mediática a escala mundial. El exilio intolerante cubano ha quedado entrampado en una estrategia de marketing que era ya perfectamente conocida desde los tiempos de Balzac, en la primera mitad del siglo XIX. En la novela Las ilusiones perdidas, el protagonista, Lucien Chardin, debe escribir dos reseñas –una favorable y otra demoledora- sobre una misma pieza teatral. Los promotores de la obra dramática le proporcionan los argumentos tanto para la crítica elogiosa como para la desfavorable. Y es que, para ellos, como buenos heraldos de la sociedad del espectáculo, el escándalo era una manera muy eficiente de promover un determinado evento cultural. Ahora el enquistado exilio cubano protagoniza una de las más producitvas campañas publicitarias que se le puedan hacer a un concierto.

Los que piensen que Juanes es un ingenuo, tendrían muy buenos motivos para reconsiderar su opinión e incluso meditar si los ingenuos no fueron sobre todo ellos mismos. Otro tanto podrían hacer los que suponen que Obama es un presidente débil. La política conciliadora –y muy seductora- de la administración Obama tiene, entre otros numerosos señuelos, el de volver contraproducentes, aprovechables y vulnerables las reacciones extremistas de sus adversarios.

1 comentario:

  1. Rosie Inguanzo en Tumiami Blog,
    http://www.tumiamiblog.com/2009/09/ah-la-libertad.html

    Sunday, September 20, 2009
    Ah, la Libertad
    Rosie Inguanzo

    Cuando salí de Cuba con 17 años empecé a aprehender a ser libre. La libertad se aprende en su ejercicio, una se va despojando de lastras adquiridas, como la de tildar de enemigo y comerse vivo al que piensa distinto, o la de sentirnos con derecho a juzgar a los que están dentro. Digo esto porque Gorki Águila está en Miami llamando las cosas por su nombre. Tranquilito dispara al blanco: "Lo malo en nuestro país tiene un nombre: se llama Fidel Castro, se llama Raúl Castro [...] deben morirse Fidel y Raúl para que Cuba sea libre", y otras delicias por el estilo. Digo esto porque Miami está que arde con lo del concierto de Juanes en La Habana, y claro que la jerga juanística es ambigua y seudohumanista -se ha urdido hasta el cansancio en todos los medios su retórica evasión de lo que realmente debe decirse en esa plaza donde se aplaza la libertad de los más puros (esos presos de conciencia, los Pánfilos des-almados, etc.). Pero ojalá las cosas fueran así de simples: por otro lado están las blogueras (ese pulso de nación que son Yoani Sánchez y Caudia Cadelo) diciendo que venga y cante con sus amigos, pidiendo del lobo un pelo, con la menuda esperanza de que se cuele por los altavoces la palabra santa omitida del concierto, la que en Cuba sólo se dice por lo bajo, la que se esconde en el fondo de todas las conciencias y estómagos vacíos, el sueño de muchos. Y quién soy yo desde mi cómodo exilio, libre como el viento libre; les toca a ellos decidir qué es lo mejor apara ellos. Ellos que están allí, ellas que no se fueron o las fueron, ellas están al día con aquel desmoronamiento de país. Libremente me pongo en sus zapatos, trato de comprenderlos: ¡ojalá que dejen llegar al concierto a los mejores productos nacionales, que no los encarcelen por manifestarse, que este evento sea pauta y no parchecito oportunista! Tengo revoltura de estómago sólo de ver a Silvio Rodríguez en la TV balbuceando apostasías. Pero lo otro, la perreta de Zoé Valdés (¿cuándo perdió el swing la autora de La nada cotidiana?), los rehiletes fálicos de Juan Abreu (que torpemente no se entera del maniqueo elemental de sus resabios), y las performance de Peña Mambisa (más o menos comprensible en estos últimos efectistas del justo dolor que arrebata libertades), son discursos paralelos al que tratan de combatir. Sálvenos Dios de esa otra cara de la misma moneda nacional.

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