1/5/09

Boris Groys. La topología del arte contemporáneo (Cont. VI)


Si una instalación es un espacio en el que tiene lugar la diferenciación entre original y copia, innovación y repetición, pasado y futuro, ¿cómo podría decirse que una instalación individual sea, en sí misma, nueva u original? Una instalación no puede ser una copia de otra instalación porque una instalación es por definición presente, contemporánea. Una instalación es una presentación del presente, una decisión que tiene lugar aquí y ahora. Al mismo tiempo, sin embargo, una instalación no puede ser verdaderamente nueva sencillamente porque no puede ser inmediatamente comparada a otra, anterior o más vieja. Para comparar una instalación con otra habría que crear una nueva instalación que fuese el lugar de dicha comparación. Esto significa que no existe una posición externa con respecto a la práctica de la instalación. Es por eso que la instalación es una forma artística tan omnipresente e inevitable.
Y es por eso también que la instalación es verdaderamente política. La creciente importancia de la instalación como una forma de arte está conectada de manera muy evidente a la repolitización del arte que hemos experimentado en años recientes. La instalación no es sólo política porque permite la posibilidad de documentar posiciones políticas, proyectos, acciones y eventos, si bien es cierto que dicha documentación se ha convertido en una práctica artística muy extendida en los últimos años. Sin embargo, más importante aun es el hecho de que la instalación es en sí misma, como sugerí anteriormente, un espacio de tomar decisiones: primero que nada, decisiones relacionadas con la diferenciación entre lo nuevo y lo viejo, lo tradicional y lo innovador.

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