18/6/11

UNO MISMO COMO MASCARA (a propósito del libro Routes de James Clifford)

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La curiosidad o la interrogación (colonialista, aun en sus disfraces etnológicos o antropológicos) de Occidente hacia las sociedades No-Occidentales, se realiza en lo que Mary-Louise Pratt ha llamado “zonas de contacto”. Espacios de diálogo e intercambio -un intercambio a todas luces desigual- en el que el colonizador aprovecha casi a su antojo la herencia cultural del Otro. Tradiciones que ofrecen, entre otras ventajas, la posibilidad de ser estudiadas, clasificadas y coleccionadas.

En el libro Routes de James Clifford, el acto de descifrar, el acto de conocer y admirar a las sociedades No-Occidentales, ha de pasar por una perturbadora desmistificación: el miembro de las comunidades tradicionales ha entrado en el juego de representaciones propuesto –o más bien impuesto- por Occidente. En muchos sentidos las sociedades tribales se han “occidentalizado” y, por paradoja, lo han hecho al adoptar el papel de“ hombre No-Occidental” que le atribuye Occidente.

Las sociedades tribales no son ni tan estáticas, ni tan cerradas al exterior, ni tan No-Occidentales como se pretendió hasta hace muy poco. Por el contrario, los miembros de dichas comunidades han adquirido cierta conciencia de su carácter excéntrico, cierta confianza en su papel como representantes “auténticos” de tradiciones que Occidente (ese mismo Occidente que estuvo a punto de extinguirlas por completo) valora en demasía. Sin dejar de consumir –todo lo limitadamente que se quiera- los objetos y modas de Occidente, sin dejar de incorporarlos a la vida cotidiana de su comunidad, el miembro de las sociedades No-Occidentales, se ve a sí mismo como un actor, como una especie de feriante que ofrece a la mirada europea el “exótico” espectáculo de su propia cotidianidad. En la llamada zona de contacto, la vida cotidiana del hombre No-Occidental se ha enrarecido a fuerza de verse a sí misma como “autentica”, se ha convertido en una experiencia estética y, en última instancia, en un sofisticado retorno de la figura del buen salvaje (sólo que ahora el “buen salvaje” interpreta, acaso sin malevolencia, el papel de “buen salvaje”). El hombre No-Occidental luce extrovertidamente –quizás no sin perplejidad y para beneplácito de Occidente- la máscara de hombre No-Occidental. La máscara de sí mismo.

No digo que el hombre No-Occidental no crea en los valores que somete a la admiración de Occidente. La máscara tal vez oculte muy poco, tal vez tenga mucho de transparente. Lo que quiero decir es que la máscara se ofrece a sí misma como una autenticidad que ya no es posible encontrar en ninguna parte. En todo caso, una autenticidad que se deshace justo en el momento en el que el hombre No-Occidental es consciente de que el valor de sus actos reside, no ya en sus funciones rituales, mágicas o utilitarias, sino precisamente en su “autenticidad”, en su imprevista función como espectáculo, en su lugar dentro de una representación encaminada a satisfacer la curiosidad ajena.

El libro de Clifford apunta no tanto hacia el rostro que existe detrás de la máscara como al hecho de que máscara y rostro son, ambos, el resultado de la mirada de No-Occidente hacia Occidente, un modo de resistencia, una forma de participar, e incluso de obtener relativas, evidentemente minúsculas, ventajas en el diálogo. Si queremos acercarnos a las sociedades No-Occidentales, debemos tener en cuenta que en la zona de contacto el acto mismo de mirar hacia Occidente transformó el modo de ser de No-Occidente.
Lo que escapó a la mirada del etnólogo es el hecho de que, al tiempo que observaba, era a su vez observado –con temor, con cautela, con extrañeza- por su objeto de estudio. El etnólogo, tal vez obsesionado con su afán de establecer la “distancia correcta”, no pudo verse a sí mismo como un inquietante foco de atención, no pudo advertir hasta que punto su propia irrupción afectaba a su objeto de estudio, no pudo percibir que su presencia invitaba no tanto a un acercamiento amistoso como a un enmascaramiento. La creencia en comunidades tradicionales y cerradas al exterior fue una interpretación incorrecta, derivada de la incapacidad del etnólogo para verse a sí mismo en su interacción con la sociedad que estudiaba. Clifford cuestiona esta ceguera y, por ende, la pretendida objetividad de la etnología.

La mirada hacia Occidente, hacia la etnia blanca, hacia el poder colonial transformó (transculturó) radicalmente el modo de ser de las sociedades No-Occidentales. Dicha transformación fue, al menos, doble: Por un lado una hibridación. El hombre No-Occidental incorporó rasgos y objetos de la cultura Occidental a su atuendo, a su morada, a sus festividades, etc. Su identidad cultural quedó definitivamente permeada por valores culturales de Occidente. Por otro, afirmó, un tanto artificialmente, su identidad como un modo de hacerse reconocer y, al mismo tiempo, satisfacer las apetencias de la mirada Occidental. En un movimiento que oscila entre la queja y la obediencia, el hombre No-Occidental convirtió su herencia cultural en un producto turístico y en una resistencia al poder colonial.

1 comentario:

  1. hola. podrian decirme quien hizo la foto? gracias

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