4/3/09

Los músicos del Metro

I
El 12 de enero del 2007 el Washington Post condujo un curioso experimento. Le pidió al destacado violinista Joshua Bell que se presentara en el Metro de Washington D.C. y se hiciera pasar por un anónimo músico callejero. Bell llevó su Stradivarius y a las 7 y 12 de la mañana comenzó su concierto que duró tres cuartos de hora. El resultado, hasta cierto punto predecible, fue que nadie le prestó gran atención. No recibió ni siquiera una llamativa suma en tips. Los transeúntes pasaron con la prisa usual, sin apenas reparar en el hecho de que escuchaban a Bach, en la interpretación de uno de los más notables virtuosos del momento y en uno de los violines más reconocidos por su sonoridad. Es comprensible que Bell se sintiera defraudado y humillado por la experiencia. El violinista habría llenado cualquiera de las selectas salas de concierto que estén a la altura de su reconocimiento y los espectadores habrían pagado sin chistar unos ciento cincuenta dólares por una hora de Bach, en el prodigioso Stradivarius. Es de lamentar que el artista o el Washington Post no hubiesen concebido el concierto como un performance de las artes visuales. Sospecho que, en ese caso, Bell se hubiese sentido mejor recompensado. Habría bastado con escribir un breve comunicado, en el que se lanzara una crítica contra las instituciones artísticas o en el que se hablase sobre los compartimentos, tal vez no tan excesivamente contaminados como suele afirmarse, entre la alta cultura y la cultura mediática. Como obra de arte “visual”, el músico tal vez habría desencadenado una aceptable cantidad de textos críticos.

Indudablemente el experimento del Washington Post reveló que, para muchos, el fenómeno de los músicos en las estaciones de Metros suele pasar inadvertido y que la fortuna –económica y simbólica- de una creación artística depende menos de sus cualidades formales que del renombre del artista y los circuitos de distribución. El Metro y el anonimato demostraron ser desastrosos medios de divulgación.



II
En New York, el músico del Metro encarna una de las muchas formas en las que la ciudad festeja su cosmopolitismo. He visto a un cantante africano, con sus dedos pulsando un tradicional Ngombi, mientras entona, con ojos ilusionados y nostálgicos, una balada de su tierra natal. O a un saxofonista infatigable, que improvisa admirablemente junto a un colega que lo acompaña con su bajo eléctrico. He visto rarezas que posiblemente sólo puedan disfrutarse en el Metro: una steel band caribeña interpretando las Danzas Polovtsianas de Borodin o a un joven japonés que adaptó a Bach a las marimbas. Allí es frecuente encontrar negros con voces de falsete o negras que cantan spirituals. Esta misma entrada se me ocurrió porque esta mañana escuché al grupo A Capella Soul, que luego pude localizar en youtube.



III
Los latinoamericanos forman parte de este amplio diapasón cultural del Metro newyorkino. Mi amigo, el cineasta Alberto Ortíz de Zárate, realizó este documental para la televisión hispana.

3 comentarios:

  1. brother,
    qué swing tiene eso.
    feliz post, man.
    un abrazo.

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  2. Generación Y:
    Por casualidad alguien sabe lo que sucede con este blog que por dias no esta disponible???

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