20/2/09

¿Muerte del autor?

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1) Walker Evans, Hale County, 1936. /2)Sherrie Levine,After Walker Evans, 1981.

Han pasado ya más de cuatro décadas desde que Roland Barthes propuso la idea de la muerte del autor. En su breve y célebre texto, Barthes sostuvo que la escritura, tal y como se manifestaba desde Mallarmé en lo adelante, había puesto en crisis la idea del genio, tal y como todavía podía reconocerse en el siglo XIX. La noción de autor ya no resultaba posible debido a tres rasgos fundamentales que han caracterizado la producción literaria de la última centuria: 1)La importancia que adquiere el lenguaje, en su materialidad, en su espesor (en el que el propio espacio en blanco de la página cumple una función dentro del texto), 2)la aparición de una escritura que se produce de manera colectiva (como algunos experimentos de los surrealistas) y 3) la consciencia de que el texto mismo es parte de un entramado de textos.

En este último sentido, Julia Kristeva –leyendo a Bakhtin- introdujo la palabra intertextualidad que también venía a descentralizar el concepto de autor. Para Kristeva, el texto era una relación de textos, existía sólo en su posición con respecto a otros textos (a los que aludía, citaba, o parodiaba). Todo texto era en realidad un intertexto.

Kristeva malinterpretaba la definición de dialogicidad de Bakhtin. El pensador ruso había concebido el lenguaje de la novela como una relación polifónica de diversas jergas, pertenecientes a diferentes estratos sociales, a sistemas de valores y hasta a profesiones distintas. El novelista adaptaba su lenguaje a los personajes y a las situaciones que describía. Así en los parlamentos de un abogado, por ejemplo, emergía el lenguaje especializado del jurista o la descripción de un joven apasionado se efectuaba desde palabras románticas. La polifonía era la respuesta de Bakhtin a la pregunta de cuál podría ser el rasgo formal que permitía distinguir el lenguaje de la novela con respecto a otras formas de expresión, como la poesía. Kristeva yuxtapuso la intertextualidad sobre la polifonía. En Bakhtin no hay un cuestionamiento de la figura del autor (el novelista es un autor que compone su obra con un estilo inclusivo: su texto es un diálogo entre diferentes registros del lenguaje); Kristeva, en cambio, relega al autor para convertir la escritura a una madeja de textos. Si la polifonía era la configuración del relato desde varias capas del lenguaje que podían encontrarse en la sociedad (y que el autor remedaba), la intertextualidad era un sistema de textos que se reflejaban unos a otros, que hablaban entre sí, como si estuviesen en una casa de espejos.

Hay muchos otros ejemplos de los esfuerzos por poner entre signos de interrogación a la noción del autor. Podría mencionarse a Foucault, citando una cuenta de los gastos en lavandería que Nietzsche anotó en una página de La Gaya Ciencia. ¿Era esto una parte del texto? ¿Qué criterios podrían justificar su exclusión o su inclusión en el libro? El autor era una construcción arbitraria, cuyos límites no podían establecerse sin desfigurar el propio texto.

La idea romántica del genio, de la personalidad superdotada, original o maldita, se ha vuelto obsoleta. En las artes visuales la "muerte del autor" se manifiesta de varias maneras: la obra abierta (que el espectador completa o contribuye a su ejecución), el arte participativo (cuyo sentido es crear la interacción entre los asistentes a un determinado evento) o la apropiación paródica de otras imágenes (como en la obra de Sherrie Levine). Habría que agregar que la manera en que se distribuye una obra no puede ya disociarse de la propia creación. Los esfuerzos para insertarse en el mercado, como lo demuestran las argucias no exentas de cinismo de Warhol, forman parte de la obra misma.

Pero los mecanismos de distribución del arte no son simples mediadores, no se limitan a amplificar la resonancia social o a ofrecer una equivalencia de la obra en otro medio (una pintura reproducida en la fotografía de un libro, por ejemplo). Los mecanismos de distribución transforman el arte en espectáculo mediático; de ahí que las producciones artísticas contemporáneas no puedan existir sin transmutarse en mitologías. Y es aquí donde reaparece la concepción romántica ya que el espectáculo necesita alimentar la imagen del autor como un ser único, extravagante, provocativo, hiperactivo, etc.

Algunos artistas han convertido esa noción de autor en un importante componente de sus obras. Pienso sobre todo en Joseph Beuys, cuya imagen de místico y profeta está intrínsecamente fusionada a sus trabajos (sus pertenencias personales terminaron por cotizarse a un precio superior al de las reliquias de Cristo). Durante su primera visita a los Estados Unidos, en 1974, Beuys fue directamente del aeropuerto, sin siquiera pisar la tierra estadounidense, a una galería de arte. Allí se hizo encerrar y permaneció durante tres días junto a un coyote. I love America and America loves me, no puede comprenderse sin reparar en la imagen que Beuys promueve de sí mismo, como un ser humano capaz de coexistir con un animal temible. I love America and America loves me, es entre otras cosas una auto-mitificación del autor, una versión moderna del mito de Orfeo, ese músico que es capaz de aplacar las discordias y cautivar a los animales salvajes con sus tonadas.

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