28/1/09

Una historia del entusiasmo musical en la Habana

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Llegada del tenor Enrico Caruso a La Habana.

Hace algún tiempo leí esta reseña, escrita por Antonio José Ponte, a propósito de un libro publicado en la Habana. Es un texto que disfruté enormemente y que el autor me ha autorizado a colgar aquí. Una historia del entusiasmo musical en la Habana apareció inicialmente en Madrid, en la revista Encuentro de la Cultura Cubana, en el número 24, correspondiente a la Primavera del 2002. Le agradezco mucho, muchísimo, al amigo Ponte por esta colaboración.

Una historia del entusiasmo musical en la Habana
Pasión cubana por Giuseppe Verdi
Enrique Río Prado
Ediciones Unión, La Habana, 2001


Quien guarde en casa revistas antiguas, revistas de hace un siglo o un siglo y medio, y dedique su tiempo a hojearlas, sabrá que comparte con los primeros lectores de esas publicaciones muchas preferencias. Lo mismo que esos abuelos, desatiende odas y novelas por entregas, artículos de divulgación moral y de piedad cristiana, para ocuparse de inmediato (con un apurillo como si la tinta estuviera fresca aún) de las reseñas teatrales, de la crónica social y de la sección de modas. Deja al lírico y al académico con la palabra en la boca para buscar la compañía del cronista y del chismoso. Y lo que más parece concernirle en esas viejas publicaciones son las apuestas menores (o nulas) por la eternidad.
Tengo en casa el primer volumen del Álbum cubano de lo bello y lo bueno que dirigiera por los años sesenta del siglo XIX Gertrudis Gómez de Avellaneda, y confieso que no puedo leerme las leyendas y noveletas publicadas allí por su directora. Paso por los poemas de Rafael María de Mendive o de Domingo del Monte, poco me importa lo que Enrique Piñeyro haya escrito acerca de la actualidad literaria italiana o lo que cuente Ramón de La Sagra de una estancia suya en Santa Clara, porque me voy directo a donde gente con menos nombre (o embozada bajo seudónimo) habla de fiestas y de representaciones teatrales, de tertulias y de óperas. Leo viejas publicaciones como si se tratara de un tomo de Balzac, de páginas de Proust o De Lampedusa.
En una de esas crónicas encontrables en el Álbum cubano de lo bello y lo bueno, el reseñista bajo seudónimo encargó un volumen histórico a futuros estudiosos: “Si en algún tiempo se escribiera la historia del entusiasmo musical en La Habana, La Traviata, junto con el nombre de la Gazzaniga, representaría una de sus fechas más gloriosas”. Y ahora que Enrique Río Prado (Santa Clara, 1946) se ocupa de Verdi en Cuba, contamos con un fragmento importante de esa historia del entusiasmo musical.
Dos han sido los recuerdos más extendidos que la música de Verdi ha dejado entre nosotros, recuerdos más silbables que La donna è mobile. El primero sale de una Aida en la temporada que trajera a Caruso a La Habana: a inicios del segundo acto, durante el dúo entre Aida y Amneris, hizo explosión una bomba en los servicios sanitarios de la tertulia del teatro y desde entonces aquella función pasó a llamarse “la Aida de la bomba”. (Alejo Carpentier cuenta el episodio en El recurso del método y, más recientemente, Mayra Montero ha novelado la estancia cubana del tenor: Como un mensajero tuyo.)
El segundo recuerdo verdiano lleva de la ópera a la gastronomía. La temporada operística de 1858-1859 estuvo centrada en la rivalidad entre dos sopranos: Josefa Cruz-Gassier y Marietta Gazzaniga. Española una e italiana la otra, polarizaron -más allá de razones estrictamente musicales- las simpatías políticas de criollos y peninsulares. Fanáticos de una y fanáticos de la otra emulaban en sus homenajes respectivos. (Una temporada antes el público reunido en el Teatro Tacón había regalado a la Gazzaniga una copa de oro con que representar el brindis de La Traviata. Hicieron descender sobre ella una lluvia de poemas escritos en seda y en papeles de colores, flores, palomas y monedas. Una niña vestida de ángel la coronó con guirnalda de oro mientras la orquesta tocaba una contradanza compuesta en honor de la diva y, acabada la función, la Gazzaniga recibió serenata hasta el amanecer.)
Pronto la rivalidad entre sopranos se extendió hasta teatros de provincia, y fue en Matanzas donde la Gazzaniga recibió, sino el más provechoso, sí el más suculento de los homenajes. Porque un dulcero inventó para ella una panetela que todavía hoy conocemos como gaceñiga. Así que lo que comemos cuando comemos una gaceñiga es un obelisco levantado a la hermosura de una voz, a la música de Verdi.
El lector podrá encontrar las noticias anteriores en el volumen recién aparecido de Enrique Río Prado. Dará allí con el momento exacto en que las mujeres habaneras comenzaron a aplaudir (fue durante una Traviata por la Gazzaniga y llevaban tablillas para no estropearse las manos), conseguirá fechar la temporada en que el público femenino abandonó la exclusividad de los palcos para sentarse en el patio de lunetas... Porque, junto a un recorrido exhaustivo por los avatares cubanos de Verdi, Pasión cubana... ofrece una historia fragmentada de los usos y costumbres del público teatral en La Habana del siglo XIX. (Se historia el hábito de pegar bastonazos sobre las butacas a modo de aplausos, el bando gubernativo que prohibió tales bastonazos, la sustitución de éstos por palomas lanzadas como proyectiles, y las protestas de la prensa habanera por el abuso con los animales.)
Este libro es también una sucinta historia de la crítica de ópera en las publicaciones periódicas. Su autor ha salvado al lector de revistas antiguas de mucho asma y de mucho estafilococo dorado, enfermedades de hemerotecas anteriores al microfilm. (Río Prado menciona el pésimo estado de conservación de las revistas y periódicos que consultara.) Leyendo los fragmentos de reseñas que cita podemos pasar de una inicial crítica impresionista (“música filosófica”, se repetía para explicar las particularidades de Verdi, y muchas veces llegaba a hablarse de una cualidad táctil –“lo pegajoso”- para reconocer la popularidad de ciertas arias) hasta una crítica especializada emergente a fines del siglo XIX e inicios del XX.
Seguir noticias de repartos inalcanzables en grabaciones, cantantes de los cuales no quedan más que esas noticias (o el sabor de la gaceñiga), podrá resultar sumamente aburrido a algunos lectores. Lo novelesco, en cambio, consigue compensarnos de esa ausencia de discografía. Y recorremos un catálogo de repartos igual que si fuera el árbol genealógico de una complicada novela de familia, perseguimos de estreno en estreno la cristalización de una figura de caleidoscopio.
Leemos con fruición de esnobs la noticia de que, quien fuera director del Teatro Tacón, G. Bottesini, dirigió la orquesta en el estreno absoluto de Aida en El Cairo. No estuvimos en ninguna de esas funciones, no tenemos noticias de que bisabuelo alguno frecuentara el Tacón o asistiera a los festejos por la apertura del Canal de Suez, pero el esnobismo es más placer de la inteligencia que placer social y puede cumplirse mucho antes que nuestras vidas.
Gracias a este volumen, puede seguirse el paso de músicos y de cantantes por La Habana como si de una fantástica historia natural se tratara, y una soprano fuese una golondrina. Llega a entenderse el cruce de troupes teatrales bajo la forma de migraciones de tribus... Pancho Marty y Torrens, empresario y propietario del Teatro Tacón, dijo alguna vez que a Cuba solamente venían los artistas principiantes o acabantes. Y llama la atención la no poca cantidad de cantantes líricos que encontraron muerte –y sepultura- en esta ciudad. (La Habana como cementerio de cantantes de ópera.)
Pasión cubana por Giuseppe Verdi se completa con dos anexos. El primero detalla estrenos absolutos y estrenos americanos de cada obra (en La Habana ocurrieron algunos estrenos americanos de Verdi: Nabucco, I Lombardi alla prima crociata, I due Foscari, Attila, Macbeth). El segundo de los anexos ofrece los repartos de los estrenos en La Habana. La acuciosidad del autor le permite rectificar imprecisiones cometidas por Thomas G. Kaufman, una de las máximas autoridades en historia verdiana (Verdi and his Major Contemporaries, Garland Pub. Inc., New York, 1990).
En otros libros suyos, Enrique Río Prado ha historiado la zarzuela cubana y la presencia de la música italiana en Cuba. Es autor de un índice biográfico de cantantes líricos en Cuba y actualmente escribe una monografía sobre la estancia cubana de Erich Kleiber (en colaboración con José Aníbal Campos). Pasión cubana por Giuseppe Verdi contaba ya con una edición italiana. La Embajada de Italia en Cuba y el Grupo Fundativo del Premio Ítalo Calvino han hecho posible esta edición cubana para conmemorar el centenario de muerte del compositor.


Antonio José Ponte

1 comentario:

  1. Estupenda. Tambien, por el dia que es hoy, vale releer el ensayo que escribio Ponte sobre Marti titulado: "El abrigado del aire".
    un saludo,

    Gerardo

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