26/1/09

El palacio de los sueños

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I
No recuerdo haber leído ningún momento en el que Michel Foucault cite directamente a Kafka. No digo que no exista tal página; sino que no la he leído o que tal vez la haya olvidado. Por mucho que Foucault sea un autor que cueste trabajo encasillar como estructuralista o post-estructuralista, es evidente que los problemas que le interesaron fueron -como a Kafka- sobre todo, los problemas de la modernidad. Hay un desplazamiento temático en las investigaciones de Foucault. Desde sus libros iniciales hasta su inconclusa Historia de la Sexualidad, su obra se mueve desde búsquedas epistemológicas (¿cuáles son los horizontes históricos del pensamiento o cuáles las estructuras que cohesionan el conocimiento científico en una determinada época?) hasta las relaciones entre el poder y el saber, que constituyen el núcleo de sus libros tardíos.
Y es en estas conexiones entre saber y poder donde Foucault se aproxima a Kafka. La biopolítica del poder, la constitución del sujeto (definido con respecto a un cuerpo de saberes), el derecho sobre la vida y la muerte, encuentran una especie de reverso en los relatos del autor de La metamorfosis. Kafka muestra el otro lado: el del individuo sometido a los dispositivos del poder, el de la angustia y el absurdo ante una maquinaria autosuficiente e inquisitiva que no cesa de interferir y ejercer el control sobre las parcelas de lo privado.
Pero Foucault y Kafka son mundos que no llegan confluir. El primero no parece estar interesado en describir la neurosis o la angustia del sujeto. Kafka, por su parte, no se interna a dilucidar cuál es el sentido del engranaje institucional que oprime al individuo. Por el contrario, en Kafka dicho sistema se revela siempre como enigmático e impredecible.

II
En la novela El palacio de los sueños, del escritor albanés Ismail Kadaré, se superponen ambas perspectivas (la foucaultiana y la kafkiana). Con su nombre kitsch y dulzón, El Palacio de los sueños es una institución siniestra, cerrada al exterior, de pasillos oscuros y laberínticos. Un descomunal aparato burocrático dedicado a controlar el contenido de la vida onírica de todo un imperio. Un edificio que almacena infinidad de reportes, archivos, carpetas y cartapacios. Un centro laboral donde existe una estructura jerárquica nítidamente establecida. Un sistema que ha extendido sus tentáculos por todo el territorio.

III
En la base de la estructura piramidal se encuentran los copistas (amanuenses cuya función consiste en transcribir el sueño de los súbditos), luego los portadores –que trasladan el material onírico desde las provincias y comarcas hasta el palacio-, a continuación los recepcionistas, los seleccionadores (dedicados escoger cuáles sueños merecen ser sometidos a la labor del interprete). Finalmente, en los estancos superiores, se encuentran los interpretadores (encargados de desentrañar la premonición política de las imágenes oníricas) y los oscuros funcionarios que realizan la labor de esclarecer –mediante métodos coercitivos, que incluirían la tortura- la veracidad de la información que se ha recepcionado. El palacio de los sueños persigue, si bien manera caricaturesca y delirante, confiscar el saber, en el mismo sentido en el que Foucault habló de la confesión que, lejos de liberar al individuo, lo hace quedar todavía más sujeto a los entramados del poder.

IV
En la novela de Kadaré, el contenido de los sueños podría tener poderes subversivos. Constituye una información que concierne a la seguridad del estado (podrían servir para prevenir un complot, una insubordinación o una catástrofe). El interprete, por lo tanto, no tiene nada que ver con el psicoanalista (los sueños cuyo contenido se reduce a la vida afectiva son desestimados de inmediato y los textos psicoanalíticos ni siquiera figuran en la biblioteca de la institución). La labor del interprete en la novela de Kadaré es más próxima a la del agente de la inteligencia que descifra los códigos secretos con los que se comunican los espías que a la práctica analítica.

Es por eso que resulta imprescindible saber reconocer los sueños falsos de los auténticos o citar a “los soñantes” para pesquisas policiales, en caso de que existan detalles difusos que pudieran comprometer la estabilidad del gobierno. El poder totalitario no puede existir sin generar una paranoia colectiva. Los socialismos, como el gobierno que rige la vida en El palacio de los sueños, fueron sociedades panópticas por excelencia (el temor del estado a la insubordinación generaba el miedo a ser vigilado, incluso cuando el vigilante no existiese o en la práctica fuese innecesario).

IV
La novela describe la angustia del protagonista ante una labor sobrecogedora, y que, además, hay que cumplir con el continuo temor a incurrir en errores. En El Palacio de los sueños lo terrible no es tanto el exceso de información que es preciso administrar, clasificar, descifrar; como el margen de arbitrariedad que se le demanda al empleado. El seleccionador de sueños o el interprete deben tomar decisiones basadas en sus impresiones, en su perspicacia, en su creatividad; pero al mismo tiempo es un trabajo que demanda una responsabilidad excesiva. El interprete debe cuidarse de hacer una lectura equivocada, debe incluso prever la posibilidad de una incorrección que se haga visible en el futuro, una vez que la premonición se haya cumplido. El infierno burocrático concebido por Kadaré no consiste en su escrupulosa exactitud –como los rigurosos registros y clasificaciones de los archivos nazis-; sino en su margen de indeterminación sobre el que gravita continuamente la amenaza del castigo. Es éste un rasgo kafkiano. El individuo puede en cualquier momento, sin tener una clara idea de cuál pueda ser su delito, incurrir en una imprudencia que empeore su endeble condición ante la ley.

IV
Nota: El descubrimiento de la novela de Kadaré es algo que debo agradecerle a Ariana Hernández-Reguant. Una tarde, en un almuerzo, de regreso de Barcelona, ella me trajo la novela, envuelta en un sobre de manila, como un regalo. Ya antes me había comentado sobre El palacio de los sueños; así que su obsequio fue un modo de satisfacer las espectativas creadas por sus palabras.

3 comentarios:

  1. Ernest, muy buen post, estimula mucho eso de hacer lecturas "foucauldianas" a ciertas novelas. Pero como el poder de Foucault es invisible (de cierta forma el Panopticon es el Estado Moderno y no los Totalitarismos), me pregunto si Lolita o una novela de Austen se pueda leer dentreo de un estructura de poder. Seguramente si. Gracias por recomendar esta noela de Kadere, la cual no he leido.
    Por cierto amigo, Foucault si menciona a Kafka (que yo sepa, advierto que solo soy lector de su obra en las traducciones en ingles) en un ensayo que esta en "Coutermemory", creo que se llama "The Library of Fantasy" o algo asi. Te lo recomiendo, creo que en su tiempo fue un prologo al Sebastian de Flaubert. El que si tiene un ensayo espectacula de Kafka y la Ley es Derrida.
    Si lo encuentro en mi arsenal te lo mando.
    Recibe un abrazo de tu amigo,

    G

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  2. "San Antonio", perdon. Los santos de la historia del arte ya habitan en mi. Jajaja.

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  3. Sabes MUCHO Ernesto...
    Creo que esta es la mejor entrada del blog que he leído hasta ahora.
    ¿¿Sueños, Kafka, Foucault, alegorías, literatura?? Combinación perfecta jajaja me apasionan estos temas.
    YA voy a comprar el libro, me ha interesado muchísimo.
    Y Foucault ya es muletilla, al igual que la antropología... No puedo evitar hacer lecturas foucaultianas de TODO.
    Gracias Ernesto!!!
    Muchos besos... j

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