30/1/09

Blog y Libro (el tiempo del lector)

I
Algunas de las obras maestras de la literatura universal –como Don Quijote, En busca del tiempo perdido o Los hermanos Karamasov- son libros muy largos, con varios cientos de páginas. Leer estos volúmenes suele ser un ejercicio que puede tomar varias semanas o hasta meses. No tendría nada de raro que alguien llegue a preguntarse: Bueno, ¿es que este hombre no pudo contarnos toda esa historia en un relato un poco más breve?

Lo que se pasa por alto con esta interrogante es que el tiempo que consume la lectura está integrado a la novela. El tiempo que emplea el lector es el intersticio desde el que la novela se inserta en la vida cotidiana y permite experimentar los conflictos de los protagonistas (hasta el punto en que el lector, casi sin proponérselo, comienza a transformarse él mismo en los personajes de los libros). Y también, gracias al tiempo que se destina a la lectura, es posible percibir la vida cotidiana desde la perspectiva del narrador, desde sus concepciones éticas o estéticas.

En la actualidad, los libros en papel impreso han perdido una parcela considerable de las horas que les entregaban los lectores.Internet está provocando no sólo la crisis de las librerías tradicionales, sino también, con toda probabilidad, una disminución proporcional en la cantidad de libros que suelen leerse o comprarse. La competencia de internet contra las librerías no se reduce sólo a la aparición de nuevas tiendas online, como Amazon, ni a la existencia de bibliotecas virtuales en la red en las que pueden descargarse versiones digitales de los textos, muchas veces de manera gratuita. La lectura en internet también está usurpando -como antes lo habían hecho el cine y la televisión- el tiempo de ocio que se consagraba a los libros.

IV
Supongo que los blogs contribuyan no poco a esta creciente popularidad de la lectura online en detrimento del libro en su tradicional formato de papel. He conocido a personas que me han comentado que la revisión de los blogs los han llevado a disminuir y hasta a abandonar la lectura de libros.

Hasta hace unos pocos años no existía la posibilidad de hacer públicos los textos con la misma facilidad que proporcionan los blogs. Los blogs han propagado un goce que antes sólo podía satisfacer el autor que lograra ser reconocido por una editora o una publicación periódica. Una democratización que es seguramente saludable para el individuo. La necesidad de escribir y hacer públicos los textos posiblemente sea tan imperiosa como la necesidad de hablar. Y es evidente que se trata de urgencias distintas. No todo lo que se escribe es siempre apropiado para una conversación –incluso cuando no se llegue al ámbito de la confesión intima, privada o a temas que no sean socialmente tolerados. Escribir es un modo de expresión que no se corresponde exactamente con el acto de hablar. Incluye no sólo diferentes maneras de decir; sino también diferencias de contenidos, por sutiles o imperceptibles que sean dichas distinciones.

Los bloggers tienden a redactar textos breves, espontáneos, que eluden lo hermético, apoyados frecuentemente en imágenes, enlaces a otros textos o citas directas a otros autores. También, muy menudo, se trata de textos que no son especializados, que no demandan una argumentación rigurosa, ni una investigación exhaustiva ni un conocimiento particularmente profundo del tema del que se habla. Estos rasgos tienden a democratizar y a ampliar los horizontes de la palabra escrita. El autor de un blog, inmerso en esta súbita democratización de la escritura, ahora consagra su tiempo libre no ya a leer; sino a redactar sus propias entradas. La proliferación de textos en los blogs se logra a expensas de dejar a un lado el libro.

Y no sólo se democratiza la manera de escribir; sino que los bloggers empiezan a competir con los autores de libros en cuanto al número de lectores. Puede ocurrir, de hecho empieza a suceder con cada vez mayor frecuencia, que un joven autor sea más leído en su propio blog que en los textos que logre que le publique alguna casa editorial.

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