13/12/08

La obra maestra accidental. (cont.)

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Por desgracia no todo el mundo es un artista tan dotado como Bonnard, que claramente tenía un especial talento para hacer arte de la vida; pero creo que aún así podemos aprender algo de cómo el arte transforma la vida. Podemos aprender, entre otras cosas, que la vida vivida como arte puede ser en sí misma una especie de arte. Si bien pocos de nosotros somos como Bonnard, muchos de nosotros somos como un dentista de Baltimore, llamado Hugh Francis Hicks, que dedicó su tiempo libre a un hobby. El acumuló unas 75 000 bombillas y objetos relacionados con bombillas. Durante muchos años, hasta que murió en el 2002, y sus dos hijas acordaron trasladar esa enorme colección al Museo de la Industria de Baltimore, él mantuvo sus bombillas a la vista del público en un museo privado que tenía en el sótano. El lo llamó El museo de la luz incandescente e invitaba a los visitantes a entrar gratuitamente a disfrutar de sus lámparas, desde la antorcha original de la Estatua de la Libertad, hasta una bombilla microscópica de la cabeza de un misil, y otras rarezas de la historia de la luz eléctrica que él compiló a lo largo de casi siete décadas. Las bombillas fueron su pasión ininterrumpida. Cuando alguien se aparecía inesperadamente para ver su museo, el doctor Hicks abandonaba con deleite su oficina de dentista, ubicada en el primer piso de su casa, para darle un tour, con su bata de médico. Una de sus hijas recuerda a pacientes abandonados en sus asientos de dentista con peróxido aún burbujeando en sus bocas. Como promedio, unas seis mil personas al año pasaban a ver el museo. El realmente creó algo maravilloso de su peculiar hobby. Su hallazgo no consistió sólo en reunir una colección de bombillas; sino también en expresar, a través de la colección, la obvia satisfacción y sentido que le daba su obsesión. La colección, expuesta en viejas cajas de madera, con etiquetas amarillentas, organizada por tipos, épocas y tamaños, con secciones aparte para subcategorías como luces de exteriores y lámparas de techo, se convirtió en su obra maestra accidental –con lo cual quiero decir no una obra tradicional como la pintura o la escultura; sino derivada (como el arte) de un impulso creativo, una compulsión en la que persistió hasta la enésima potencia. Su museo se convirtió en un santuario de su peculiar pasión, que (de nuevo, como el arte) conlleva el valor de observar algo muy de cerca, en este caso una humilde bombilla.

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