23/11/08

Catherine Opie

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Llama la atención que, pese a las profundas mutaciones que ha experimentado el arte de la última centuria, un género en apariencia tan tradicional como el retrato haya conservado una enorme vitalidad todavía en pleno siglo XXI. Parecería como si el arte no pudiese deshacerse de la representación del ser humano, ni de la imagen de su rostro. El retrato ha demostrado ser un sujet que posee una inagotable capacidad de renovación.

Nuestro tiempo se ha caracterizado, entre otras cosas, por el reconocimiento de las minorías –étnicas y sexuales - y algunos artistas se han servido del retrato como un modo de mostrar las identidades que tipifican a dichas comunidades. Las fotografías que dieron a conocer a Catherine Opie a mediados de los años noventa, son precisamente retratos de los miembros de su propia comunidad sado-masoquista y homosexual.

Una manera de acentuar las diferencias del grupo consistió en aludir a obras clásicas de la pintura de retrato. Opie cita a Hans Holbein como una de sus influencias; pero en sentido general el encuadre de las fotos, los fondos planos, las poses sutilmente histriónicas de las figuras, recuerdan a los grandes retratistas de la pintura holandesa e inglesa o a la plasticidad de las obras de Manet y Whistler.

Estas referencias y asociaciones operan a modo de contraste. En lugar de los retratos de integrantes de las clases altas de la sociedad (aristócratas, burgueses, funcionarios de la iglesia, etc, aunque en la pintura no faltaron representaciones de la servidumbre, los miserables, los locos y los criminales), figuras marginales que exhiben su alteridad por medio de su indumentaria –que incluye, en ocasiones, bigotes postizos y pelucas- y en la ornamentación de sus cuerpos: tatuajes, cicatrices, argollas, piercings, cortes de pelo inusuales y provocativos.

La artificialidad de las poses, la extravagancia de los atuendos, la exuberancia de los adornos sobre la piel, crean retratos muy individualizados. Y también retratos muy humanos. Seres afligidos o enajenados, embriagados por el placer o desenfrenadamente alegres. Las sonrisas, las expresiones melancólicas o coléricas, las miradas ensimismadas, están acentuadas por la intensidad cromática de los fondos, como si el matiz sirviera para enfatizar un estado de ánimo. Pese a la apariencia poco convencional del retratado, Opie logra crear un sentido de simpatía o identificación con el modelo. Resulta notable el que los rostros, demasiado humanos, demasiado individuales, son al mismo tiempo ambivalentes. En ocasiones cuesta trabajo precisar si se trata de un hombre o una mujer. La identidad sexual, acentuada por los disfraces y las artificiales marcas en los cuerpos, conlleva a una desdefinción de los géneros como si desde esa ambigüedad se encendiese la diferencia.



1 comentario:

  1. Esto me parece genial Erne! me encanta lo que dices sobre los fondos y los colores que usa la artista; y la apariencia poco convencional de estos personajes realmente le dan un valor importante a la fotografia!

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