10/9/08

Mercier y Camier

Las primeras páginas de la novela Mercier and Camier de Samuel Beckett, constituyen un relato autosuficiente y cargado de humor. He tropezado con numerosas dudas en la tarea de traducirlas. De todos modos aquí van estas páginas que tanto disfruto.

Mercier y Camier
I
El viaje de Mercier y Camier es algo que puedo contar, si me animara a hacerlo, porque yo estuve junto a ellos en todo momento.
Físicamente fue extremadamene fácil, sin mares o fronteras para ser cruzadas, a través de regiones en sentido general apacibles, si bien desoladas en algunas partes. Mercier y Carmier no salieron de donde vivían (tuvieron esa inmensa suerte). No tuvieron que enfrentar, con mayor o menor éxito, caminos, lenguas, leyes, cielos, comidas foráneas, en entornos que tenían poca semejanza con los que les habían sido familiares primero en la niñez, luego durante la juventud y después en la adultez. El clima, aunque con frecuencia inclemente (ellos no conocían ninguno mejor), nunca excedió los limites de la temperatura, es decir, de lo que podría aún soportar sin peligro, e incluso sin malestar, un nativo adecuadamente ligero de ropas y de calzado. En cuanto al dinero, si bien no les daba para un transporte en primera clase o para un hotel palaciego, aún tenían lo suficiente para seguir yendo de un lado para otro, sin tener que acudir a limosnas. Debiera decirse, por tanto, que también en ese sentido ellos eran, hasta cierto punto, afortunados. Tuvieron que luchar; pero menos de lo que debieron hacerlo muchos otros, menos quizás que aquéllos a quienes la ventura les hizo avanzar, guiados por una carencia a ratos clara y a ratos oscura.
Juntos consultaron detenidamente, antes de emprender este viaje, sopesando con toda la calma de la que disponían qué beneficios debieran esperar de la travesía, qué enfermedades podían contraer, volviendo una y otra vez sobre el lado oscuro y el esperanzador. La única certeza que sacaron de esos debates era la de arrojarse hacia lo desconocido.
Camier fue el primero en llegar al lugar de la cita. Es decir, que cuando llegó, Mercier no estaba allí. En realidad, Mercier se le adelantó por unos buenos diez minutos. Entonces no fue Camier, sino Mercier, el primero en llegar. Él logró controlar su impaciencia durante unos cinco minutos, con su mirada atenta a las varias avenidas por donde debía llegar su amigo. Luego salió a dar un paseo que se prolongó por un cuarto de hora. Mientras tanto, Camier, al ver que habían pasado cinco minutos sin ningún rastro y señal de su amigo, se fue a su vez a dar un vuelta. Al regresar, quince minutos después, en vano se culpó a sí mismo de forma tan comprensible. Mercier, después de haber refrescado sus piernas durante otros cinco minutos, se marchó de nuevo, diciéndose a sí mismo “Quizás lo encuentre en la calle”. Fue en ese momento que Mercier, después de tomarse un respiro, que casualmente, en esta ocasión no habría excedido los diez minutos, pudo ver alejarse entre la niebla matutina el sugerente contorno de Camier, que de hecho no podía ser ningún otro. Por desgracia, se desvaneció como si se lo hubiesen tragado los adoquines, provocando que Mercier reanudara su vigilia. Pero al vencerse lo que empezaba a parecer como los cinco minutos reglamentarios, él se fue de nuevo, sintiendo necesidad de un poco de movimiento. La alegría se desató en un instante. La alegría de Mercier y la de Camier, cuando luego de respectivamente cinco y diez minutos de inquietantes merodeos, persiguiéndose simultáneamente por la plaza, se encontraron cara a cara por vez primera desde la noche anterior. Eran las nueve y cincuenta de la mañana.
En otras palabras:
............. Llegada....Partida...Llegada...Partida....Llegada...Partida....Llegada
..........____________________________________________________
Mercier ....9.05 ......9:10.......9:25........9:30.........9:40.........9:45....... 9:50
Camier......9:15.......9:20.......9:35........9:40.........9:50

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