16/2/09

La última carta.

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I
Ya han pasado varios años desde que no redacto una carta, manuscrita, en la que me gusta incluir pequeños, insignificantes dibujos en los márgenes. Hace tiempo también que no me llega ninguna carta. Con mucha más regularidad envío o recibo alguna postal, con un breve texto, rápidamente trazado con un bolígrafo. Una felicitación, un memento, una foto de alguien que viaja o de una amistad a la que no veo desde hace mucho; pero no una carta. La propia caligrafía comienza a ser una rareza. Demasiado acostumbrado al deleite de deslizar mis dedos por el teclado de mi ordenador, temo usarla cada vez con menos frecuencia. He aprendido a reconocer en la caligrafía, en el detalle de sentarse a componer una carta, un gesto tan afectuoso e íntimo que no puedo menos que agradecer hasta el punto de que he terminado por conservar, por atesorar, casi cualquier nota que reciba.

Es evidente que el hábito de escribir una carta a mano va quedando como una costumbre del pasado. El género epistolar se encuentra en extinción. Han pasado los tiempos de las grandes novelas –como Las amistades peligrosas, el Werther o el Diario de un Seductor- en las que el autor se servía de las cartas para hacer confesiones tan penetrantes que alteraban las relaciones entre las personas (como se sabe, el Werther impuso modas de vestir, maneras de cortejar y rebelarse contra el mundo y hasta provocó una ola de suicidios).

Los escritores e intelectuales ponían gran empeño en sus cartas. No sólo estaban dirigidas a sus amistades, a sus amantes o a sus adversarios; sino también hacia sí mismos (eran textos a menudo narcisistas) y hacia la posteridad. El escritor de cartas se exponía ante el futuro (como un ser humano más o menos excepcional), revelaba –tal vez con el afán de redimirse- las intrigas en las que quedó involucrado, describía sus angustias, sus obsesiones, y muchas de las pequeñas anécdotas y accidentes que humanizaban su vida. La carta era a la vez una confesión y una apostilla a la obra. El autor ofrecía la luz de su vida privada como un suplemento a sus creaciones. Y esta producción complementaria a veces pasaba a un primer plano. Cuando la esposa de André Gide quemó con resentimiento la correspondencia de su marido, el escritor lamentó haber perdido lo mejor de su obra. Rilke, según afirma Stefan Sweig, escribió unas dieciocho mil cartas. Una cifra nada despreciable si se piensa que algunas de esas misivas eran largos textos que a veces sobrepasaban la docena de pliegos. Rilke, el escritor de cartas, es definitivamente más perdurable que Rilke, el poeta o el novelista (de hecho buena parte de las páginas de sus Cuadernos de Malthe Laurids Brigge, están conformadas por largos fragmentos sacados de su correspondencia).

II
Comparado con la carta escrita a mano, el correo electrónico es excesivamente pragmático. El email no llega a suplir la función estética que cumple -o mejor dicho cumplía- la carta. Frecuentemente lacónico, limitado a coordinar un determinado asunto o a ventilar un malentendido, el correo electrónico carece de esa dimensión trascendente que antes poseía la carta. El correo electrónico es demasiado cotidiano y la manera en que está escrito, los giros retóricos o su dimensión formalista resultan más bien superfluos y prescindibles, cuando no suenan anticuados o ridículos (es decir, fuera de lugar). Con la sustitución del email por la carta se apaga una parcela de lo privado, desaparece (o pasa a ampliar el repertorio de lo kitsch) todo un sistema de expresión, un cuerpo de palabras corteses, de observaciones íntimas y formas de declarar el afecto. Toda una región de la sensibilidad, que no era necesariamente la que se anotaba en el diario personal, va cayendo en desuso, como si todo un paisaje de la subjetividad contemporánea se convirtiese en una tierra baldía. La pérdida de la privacidad no sólo consiste en la invasiva irrupción de lo público en los espacios del individuo o en la creciente conversión de lo erótico en espectáculo, ideología, o desublimación represiva. El declinar de lo privado también incluye la desintegración de las vivencias íntimas que antes eran enunciadas mediante la correnspondencia y el consiguiente ejercicio de la caligrafía.

3 comentarios:

  1. Un tema sobre el cual he meditado un poco. Tenemos mucho que discutir en torno a este tema, ya que no tengo tiempo ahora para exponer aqui las ideas que he intercambiado con algunos amigos para contuinar "la tradicion epistolar". No la podemos dejar morir. El analisis que haces de las cartas es estupendo, ademas el email, me parece a mi, difiere tambien en su relacion temporal, casi deformando el orden ontologico, por su inmediatez y reproducion atemporal. En fin, mucho que decir. Por cierto, das en el clavo: Antonio Pau dice que pocos escritores atesoran un epistolario mas extenso en la literatura Occidenta que el rilkeano. Una curiosidad amigo: Donde leista eso de Zweig sobre Rilke? Hay por ahi algun ensayo de Zweig sobre Rilke o esta en la autobiografia? Me gustaria leer ese texto de S.Z sobre Rilke, si es que existe. Aqui mismo tengo mi tomo de las cartas de Rilke a Lou Salome: mas que interesante.
    Un abrazo,

    Gerardo

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  2. Recibir una carta,produce una sorpresa y entusiasmo..

    que hasta retrasamos la apertura.

    Yo mande una carta sabiendo que haría feliz a una

    amiga,llena de dibujos y palabras de apoyo.

    Llamo al recibirla,emocionada y feliz.

    Nunca me olvidare. Ella ya no esta físicamente.....

    Yo se que por un tiempito fue feliz,en medio de su

    enfermedad y dolor.

    Pinto y dibujo siempre,ojalá haga felices a muchos.

    Mi recuerdo para " NORMA "

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