8/8/08

¿El regreso de lo real?



I
Traduzco la primera página del libro The Return of the Real (1996) de Hal Foster.

No hace mucho, me detuve con un amigo delante de una obra de arte conformada por cuatro vigas de madera, dispuestas en un largo rectángulo, con un juego de espejos detrás de cada esquina, de modo tal que unos se reflejaban a los otros. Mi amigo, que es un artista conceptual, y yo, hablamos sobre los fundamentos minimalistas de este trabajo, su resonancia en las prácticas actuales [...]. Llevados por nuestra conversación, apenas advertimos a esa niñita, mientras jugaba con las vigas. Pero entonces, señalada por su madre, nosotros nos volvimos para verla pasar a través de los espejos. Dentro de la sala de espejos, la mise-en-abîme de las vigas. Ella se alejó y se alejó de nosotros y a medida que avanzaba en las distancias ella atravesaba también el pasado.
Y sin embargo, de repente ella estaba justo frente a nosotros. Lo único que ella había hecho era saltarse las vigas de la sala. Y aquí estábamos nosotros –el crítico y el artista bien informados sobre el arte contemporáneo- recibiendo una lección de una niña de seis años. Nuestras teorías no se ajustaban a la práctica. En su manera de jugar con la obra de arte convergían no sólo algunas de las inquietudes del minimalismo –las tensiones entre los espacios que sentimos, las imágenes que vemos y las formas que conocemos-sino también cambios generales en el arte de las últimas tres décadas: nuevas intervenciones en el espacio, diferentes construcciones de la mirada y definiciones del arte expandidas. Sus gestos eran también alegóricos ya que ella describió una paradójica figura en el espacio, una regresión que era al mismo tiempo una vuelta, que me hacía pensar en una paradójica figura en el tiempo descrita por los vanguardistas. Incluso cuando las vanguardias regresen al pasado, también vuelven del futuro, reposicionadas por las innovaciones artísticas del presente.

II
Este asombro de Foster ante la niña ha sido para mi una pista valiosa. Hace poco, en el MoMA, vi a los niños correr detrás de un ventilador que el artista islandés Oliafur Eliasson había suspendido en el techo de la planta baja. El ventilador giraba de manera impredecible y los niños, aun cuando no habrían podido alcanzarlo, lo perseguían, corrían como si intentasen atrapar juguetonamente a un animal doméstico. Unos meses antes, también tuve oportunidad de ver a unos infantes perderse, asombrados, en las concavidades férreas de las instalaciones de Richard Serra: ellos contemplaban aquel entorno, iban uno en busca del otro por los vericuetos como si hubiesen entrado en un laberinto.
¿Por qué un arte que es tan difícil de comprender, que exige una especialización excesiva, es en cambio tan diáfano para un niño? Quizás porque el arte fue concebido para devolvernos un poco de infancia, para convocar la experiencia del juego, para invitarnos a comportarnos como niños y de este modo crear un espacio en el que la colectividad vuelve a la inocencia. El arte como la quimera del hombre que juega en lugar del hombre que trabaja.

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