10/8/08

¿Caramelos?


I
Una de las prácticas más recurrentes del arte contemporáneo, iniciada al menos desde Duchamp y el Dadaísmo, ha consistido en incorporar objetos producidos industrialmente en la obra de arte e incluso, con frecuencia, darles el status de arte. El crítico estadounidense Harold Rosenberg habló de "objetos ansiosos". Es decir, objetos que despojados de sus funciones utilitarias, dejados de ver como mercancías o como bienes, entraban en el ámbito del arte sin una definición muy clara, como si no lograsen asumir una función o un significado concreto. ¿Para qué podría servir un orinal producido industrialmente en una sala de exposiciones?¿Son éstas obras para ser contempladas? Seguramente no en el sentido en el que se admira una pintura de Cezanné, en la que se persigue explotar la plasticidad de las formas. Menos aun, en el sentido se disfrutan los lienzos de un Camille Pissarro o de un Vermeer, en los que se despliega un virtuosismo deslumbrante. ¿Podría un espectador aseverar que La Fuente, el conocido ready-made de Marcel Duchamp, es una obra más bella o esteticamente más exaltante que el orinal que tiene en su propio baño? Y sin embargo, la obra está allí, expuesta en una sala, forzando al espectador a emitir un juicio estético. Y es precisamente esta obviedad la que desorienta. Gran parte de las instalaciones son para ser disfrutadas como concepciones, como reflexiones sobre los márgenes del arte, como objetos poéticos o contestatarios, cargados de connotaciones políticas o metafóricas, como juegos que demandan la intervención del espectador, quien a veces manipula, completa o genera nuevas posibilidades a partir de las sugestiones hechas por el artista.
II
Felix González-Torres dispuso un montículo de caramelos en la esquina de una galería. El público tenía la posibilidad, si así lo deseaba, de tomarlos y chuparlos. Sólo en apariencia los caramelos seguían conservando su función: en la obra de González-Torres no se digerían ya o no sólo como refrigerios; sino ante todo como una obra de arte. La instalación -el artista realizó varias versiones de esta idea- estaba destinada a ser devorada, a transformarse en saliva, en jugos gástricos, en residuos fisiológicos. Además, sería consumida por una colectividad heterogenea, integrada de manera caótica por los asistentes (los participantes) de la muestra. Un arte efímero, en el que el acto de chupar un caramelo se vuelve el gesto que completa y a la vez desintegra la obra de arte. El espectador asume el papel paradójico de crear mediante el acto de desgastar o destruir.
III
El caramelo, asociado al acto de chupar, tiene indudables y muy directas connotaciones eróticas. La instalación podría verse como un cuerpo desmembrado en actos que podrían evocar una orgía. El espectador se hace de alguna manera cómplice de un juego erótico en el que quedan involucrados cada uno de los participantes.
IV
Y al mismo tiempo, el caramelo es un objeto que tiene algo de regresivo: apunta hacía un elemental goce infantil, un goce del paladar. Podría irse todavía un poco más lejos, hacía el momento de la lactancia, en el que de acuerdo con Freud, confluían la necesidad de nutrirse y el incipiente placer sexual.
v
Y cabe aun convocar la analogía con las prácticas religiosas de la transustanciación, como cuando se digiere, en la hostia, el cuerpo de Cristo. ¿No ocurriría algo comparable con el arte, todavía no del todo desprovisto de sacralidad, ese arte que alcanza precios excesivamente elevados en el mercado, que se conserva como reliquias intocables en los museos, que quedan registrados en las páginas de los libros, como trascendentales acontecimientos culturales y que en las instalaciones de González-Torres estaba destinado a transmutarse en saliva?

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