28/7/08

Virgilio insular (I)

Cómo pesa mi nombre, qué maciza paciencia
para jugar mis días
en esta isla pequeña rodeada por Dios
en todas partes,
canto del mar y canto irrestañable de los astros
Eliseo Diego, Calzada de Jesús del Monte.


Eliseo Diego, parece fusionar fe y teleología insular. Dios y la isla crean una especie de campo magnético, como si la isla fuese un espacio privilegiado, una suerte de tierra prometida. Salta a la vista el paralelismo de sus versos con el comienzo de La isla en peso (Saínz,2001, 47). Diego parece polemizar con la maldita circunstancia del agua por todas partes de Piñera. En mi opinión, el Dios de Eliseo Diego, a diferencia del agua “maldita” de La isla en peso –que casi podemos respirar en las múltiples imágenes acuáticas que se vierten en el poema- es muy rígido y absoluto, como un concepto que termina por volverse vacío. Con su Dios, con su canto del mar y de los astros, Diego es grandilocuente y sensiblero. Sus celebraciones parecen petrificar la imagen y anular el poder metafórico del poema.
En el otro extremo La isla en peso es un esfuerzo por definir la maldición que se anuncia al comienzo del poema. Virgilio no se limita a denotar el maleficio: quiere hacerlo fluir en el poema. Un mal ontológico. El malestar insular precede y condiciona el malestar social. La isla misma, desde la madrugada hasta el amanecer, está emponzoñada por el hastío. La sensibilidad insular exaspera, es una voluptuosidad angustiosa, meliflua y caótica, signada por una inquietante ausencia de raigambre. La propia naturaleza del trópico parece infiltrarse en la vida cotidiana con su pesadez, su sopor y su modorra: el agua por todas partes como una enfermedad congénita. Si el poema de Diego hace pensar en un bajorrelieve, hierático y marmóreo, La isla en peso, es un poema acuático: el agua, el sudor, el semen, el rón, la lluvia, la sangre son los líquidos que configuran la maldición, que ponen en movimientos los ritos y símbolos sexuales, que invitan al tedio y al sinsentido. El agua que rodea la isla no es una sustancia divina; sino un accidente topográfico que impide la huida, un maleficio existencial que impide trazar un destino.
En el poema de Piñera la teleología insular no es posible. La isla es un paraíso perdido cuyos signos no pueden reconstruirse:
en otro tiempo yo vivía adánicamente
[…]
Si tu pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,
devolviéndome el país sin el agua,
(Piñera, La isla en peso)

En la isla no hay escapatoria, ni siquiera hacia el pasado. El idilio agreste que, de acuerdo con Vitier era fundador de la poesía cubana es, en el poema de Piñera, irrecuperable.

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