30/7/08

Una oscura pradera (una interpretación)



Una oscura pradera me convida
Sus manteles, estables y ceñidos
Giran en mí, en mi balcón se aduermen
Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea

Detrás del cielo matinal –cúpula de alabastro- una oscura pradera. La superposición de la oscuridad sobre la claridad es uno de los rasgos más sobresalientes de la poesía de Lezama Lima: las imágenes irradian una  luz que ciega para de ese modo hacer visible lo hermético. Al igual que en Una oscura pradera, la propia poesía lezamiana es una invitación a percibir la oscuridad detrás del destello, el enigma detrás de la cúpula de alabastro.


En dicha oscuridad el poeta se deja llevar por la fuerza magnética de la tradición en la que está inmerso:“ilustres restos/ cien cabezas, mil funciones”.


La memoria prepara su sorpresa:
Gamo en el cielo, rocío, llamarada

La memoria se vuelve ágil (como un gamo), se convierte en impulso vital que se propaga (llamarada) y se renueva (rocío) precisamente cuando sale a la exploración del pasado. Qué opuestas visiones de la memoria las de Lezama y las de Piñera con su “eterna miseria que es el acto de recordar”(La isla en peso). La oscura pradera es una invitación a descifrar una teleología que atrae hacia un centro primigenio. Un viaje hacia el reino de los muertos. Una vuelta a un pasado fecundo:

Extraña la sorpresa en este cielo
Donde sin querer vuelven pisadas
Y suenan las voces en su centro henchido.

La oscura pradera, no importa cuán sutil o frágil sea, se interpone entre el poeta y la divinidad.

Una oscura pradera va pasando
Entre los dos, viento o fino papel,

Atravesar la pradera es un viaje hacia una muerte mágica (sumergirse en la tradición) y contemplar finalmente, cara a cara, el semblante divino:

El viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.

Un pájaro y otro ya no tiemblan. En El libro de las imágenes (1907) de Rainer María Rilke, el poeta –hablando supuestamente desde la voz de un monje- encuentra a Dios en la fragilidad, casi en el desamparo, de un pequeño pájaro al que ofrece una gota de agua:

¿Y tú? Tú te has caído de tu nido
Eres un pajarito con alas amarillas
Y grandes ojos que me infunden temor
Mi mano es para ti muy ancha
Elevo con el dedo una gota de la fuente
Y asecho si la quieres tu beber
Y siento palpitar tu corazón y el mío
Porque ambos tienen miedo

A menudo los textos de Lezama exigen ser descifrados como arbitrarios y azarosos juegos intertextuales. Podría leerse el verso final de Una oscura pradera como un guiño al poema de Rilke. Tanto en Si yo hubiese crecido en algún sitio... como en el poema de Lezama, se trata de un dios que se revela en la forma de un pájaro. Pero si los versos del poeta checo son una celebración de las horas en lo que poseen de sagrado, una vida excesiva, en el poema lezamiano, gracias tal vez a la inmersión del poeta en el pasado, gracias tal vez a esa muerte mágica que consiste en atravesar la oscura pradera, el encuentro con la divinidad, como el final de un viaje, ya no provoca ningún temor, ningún temblor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario