13/6/08

Absolute Naked Fragance



John McCracken, Absolute Naked Fragance, 1967, contrachapado, fibras de cristal y resina, MoMA, New York.




Un color es, o puede ser, un acertijo. Ante Absolute Naked Fragance de John McCracken me habría gustado tener conmigo unos tubos de acrílico, unos pinceles y una paleta. Habria ensayado algunas mezclas de color hasta dar con el pigmento que más se aproximara al de la imagen. Este habría sido un ejercicio como los que solía hacer durante los años en los que estudiaba pintura en la escuela de Bellas Artes. Ahora, a simple vista, sólo podía pensar en algunas combinaciones cromáticas que no pasaban de ser meras conjeturas. El color plano sobre la superficie lisa y brillante de Absolute Naked Fragance me pareció un matiz peculiar. Revisé otras pinturas y collages que se encontraban en el mismo piso del museo. En ninguna de ellas creí reconocer un pigmento como el de Absolute Naked Fragance. Un pigmento rosado que, aunque luminoso, no es estridente; sino mas bien sobrio y apacible. Un color enrarecido y agradable a la vista, como mismo, en el ámbito del olfato, un perfume es un olor extraño y placentero. Y del mismo modo que un perfume puede recordar el aroma de una flor o evocar un ambiente sensual, John McCracken logró dar con un matiz semejante al del pétalo de una rosa y que, al mismo tiempo, podría asociarse a la rosácea humedad de una vagina.

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