30/5/08

El nuevo arte de hacer ruinas

El documental El nuevo arte de hacer ruinas muestra una Habana en decadencia. Hay varios entrevistados que relatan sus dramas individuales -que van desde la inconformidad política hasta la enagenación. Son, a la vez, habitantes de ruinas y ruinas humanas. Los comentarios de Antonio José Ponte constituyen el hilo conductor del filme. Todo eso estuvo bien; pero al final me quedé con la sensación de que, tal vez debido al tempo pausado del filme, a la soledad que prevalece en las vistas del entorno y a sus silencios, el resultado era algo así como una versión alemana de la ciudad, con la que yo no conseguía identificarme.
Lo de las ruinas nadie lo discute. La Habana se cae a pedazos, como si por allí hubiese pasado una guerra –de ello Ponte hace un delicioso comentario-; pero en el documental falta el bullicio de las calles. El nuevo arte de hacer ruinas no logra mostrar que la capital cubana, apuntalada y semi-derruida, es una urbe de vida exacerbada. Me cuesta trabajo imaginar la Habana sin su caos citadino. Esa trama urdida por las paradas de ómnibus repletas de personas, los ciclistas que aparecen por el lugar más insólito, las interpelaciones a los turistas, las prostitutas, los perros vagabundos, los mulatos que salen a los portales -cerveza en mano y sin camisas- para poner la música a todo volumen, los piropos que rayan en lo obsceno, el lenguaje no-verbal, las largas colas para casi cualquier cosa, las griterías, las malas palabras y un largo etcétera. Eso también es la Habana e incluso podría argumentarse que si no son ejemplos de la ruina colectiva, al menos lo son de la subsistencia.

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