3/4/08

Notas sobre lo grotesco (III)


Como ha demostrado Pierre Bourdieu, el disfrute de las formas artísticas ha sido, por lo general, un capital simbólico de las clases privilegiadas; mientras los oprimidos parecen interesarse más en los contenidos literales de las imágenes (1979, 5). Las clases altas opusieron una estilización de la vida y el lenguaje, un refinamiento en los modales y un hieratismo que guardaba no poca relación con las rígidas distinciones entre los estancos sociales y la perpetuación del poder político. Los monarcas entraban a la corte con una lentitud solemne, casi con una inmovilidad, que de forma muy directa expresaba la sacralidad y atemporalidad del poder. Este formalismo aparece tempranamente en la Historia del Arte. En las pinturas murales egipcias, los miembros de la nobleza eran representados de una manera más esquemática y convencional, mientras que las clases bajas, los esclavos y los campesinos, estaban dotados de movimientos más espontáneos y detalles más naturalistas e individualizados (Hauser: I, 54) Una vez que la nobleza fue desplazada del poder político, continuó oponiendo la elegancia y la estilización de la vida cotidiana al orden pragmático de la burguesía. Una porcelana de Sévres era refinada en contraste con las vasijas de loza, materia burda, imitación barata y de mal gusto, con la que el burgués conformaba su ajuar. Aun dentro de las Sévres, existían diferentes consistencias. Sólo un ojo adiestrado podría reconocer los abismos entre las texturas de estas materias; pero, de todos modos, las pequeñas diferencias afirmaban una profunda distinción ideológica.

Las figuraciones de lo grotesco se derivan de la cultura vernácula, de lo gótico y lo barroco-que eran indicio de barbarie desde la perspectiva del humanismo clásico- y, a partir de las vanguardias, asimilan valores culturales No-Occidentales. Es decir, lo grotesco recoge una tradición que era el patrimonio de las clases bajas y de las culturas colonizadas o subalternas. Una tradición que se manifestaba en el humor y las festividades populares, en la jerga que se hablaba en los mercados, en los conjuros mágicos y los rituales religiosos de las sociedades nómadas y tribales. Lo grotesco era un poderoso ingrediente en las producciones culturales de aquellos que carecían de educación o de los pueblos tenidos por primitivos.
Sin embargo, al menos desde el romanticismo, lo grotesco se integró, sin diluirse del todo, en la misma tradición de la alta cultura que privilegió las formas artísticas. Toda una vertiente de lo grotesco se erigió en una tradición figurativa relativamente autónoma con respecto a las tradiciones populares: Ensor recuerda más a Goya que al carnaval renacentista. En las pinturas de la cubana Antonia Eiriz pueden verse tanto las influencias de Goya como las de Ensor; pero -aunque las multitudes ocupan un espacio privilegiado en sus lienzos- apenas parecen existir vestigios de las festividades populares.
Este género de filiaciones comenzó a escindir las producciones culturales que tenían que ver con la categoría estética de lo grotesco. Así hay un amplio margen de creaciones -el graffiti, el humor vernáculo, representaciones del placer anal o de la sexualidad en la infancia y en la vejez- que sólo muy recientemente han comenzado a integrarse, en ocasiones de manera escandalosa, en la institución arte. Podría hablarse de al menos dos vertientes de lo grotesco: una logró abrirse paso en la alta cultura y otra llevó una existencia subalterna y todavía pugna por una mayor legitimación. Ambas han experimentado fragmentaciones, mutaciones y contagios con producciones culturales emergentes.





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