22/4/08

Hablar sobre lo obvio nunca fue placer para nosotros


Alexis Leyva (Kcho). Hablar sobre lo obvio nunca fue placer para nosotros técnica mixta, dimensiones variables, 1997, Museo de Israel, Jerusalem, 1997.

I
(...)la respuesta ambigua es una pregunta acerca de la ambigüedad.
Maurice Blanchot, De Kafka a Kafka, 1993, 73


La obra de arte siempre va más allá de la intencionalidad del autor. El creador, en definitiva, sólo está en condiciones de ofrecer una interpretación entre muchas otras que puedan hacerse sobre su trabajo. Una vez que da por concluida su obra, el autor –como un espectador más, al igual que el resto de los espectadores-se encuentra ante un enigma. Su firma trazada en algún rincón de la imagen no es suficiente para conferirle una autoridad sobre los sentidos que pueda tener su creación. Los puntos de vista políticos del creador tampoco cuentan y hasta podrían entrar en conflicto con los que expresa su obra. De ahí que enjuciar una imagen artística a partir de las posiciones ideológicas o éticas de su autor sea un gesto rudimentario y una de las numerosas brutalidades que tipifican a cualquier extremismo, del signo político que sea. Los extremos se tocan.
II
Muchas de las instalaciones de Kcho, con sus botes y neumáticos transformados en provisionales balsas, ofrecen la impresión de ser homenajes a la figura del balsero. La verticalidad que suele prevalecer en las obras podría, igualmente, entenderse como una celebración del sueño utópico que el emigrante cifra en la embarcación. El contexto cubano de los años noventa, caracterizado por la depresión económica, la pérdida de fe en el proyecto social y las crisis migratorias, podría ser un referente muy apropiado a la hora de postular dicha interpretación. Tal lectura; sin embargo, tiene el inconveniente de ser un poco empobrecedora.
Las posibilidades interpretativas pueden ser más variadas. No sería aventurado, por ejemplo, ver el bote como una metáfora de lo insular. La isla como una barca es un tropo poético que encontramos en otras creaciones del arte y la literatura cubana reciente. En el final de la novela de Reinaldo Arenas, El color del verano los personajes corroen la plataforma de la isla y Cuba, como una especie de descomunal barco ebrio, queda a la deriva, mientras sus habitantes debaten infructuosamente sobre a dónde dirigirse, en qué costas anclar o qué proyecto social instaurar en medio del caos libertario. Otra versión, posiblemente inspirada en Arenas, la encontramos en algunos grabados de Sandra Ramos. El mapa de Cuba como una balsa, construida con troncos de árboles y provista de un par de remos. Los títulos de algunas obras de Kcho, como Isla o Archipiélago, convocan de inmediato esa cualidad de lo insular por la que se han interesado no pocos creadores cubanos.
El propio Kcho, tal vez con el propósito de descentralizar la precipitada conexión entre sus imágenes y el motivo de la inmigración, ha relacionado las instalaciones con memorias de su infancia en un pueblo pesquero del centro de Cuba.

III
Desde otro punto de vista, en las instalaciones podría acentuarse la noción de placer. Un disfrute comparable al que animaba a los surrealistas en sus object trouves. Para encontrar los materiales que Kcho incorpora a sus obras no habría que ir a ninguno de los espacios en los que las sociedades contemporáneas acumulan montañas de desperdicios. Con mucha mayor fortuna, si se visitan los vecindarios más humildes de Cuba –es decir, la gran mayoría de los asentamientos urbanos y rurales del país- podrían hallarse en los patios, en los garajes, en los talleres improvisados o hasta en las cocinas y pasillos de muchas viviendas.
Muy relacionado con la visión poética de escombros que pueblan la vida cotidiana, Kcho se ha referido a la energía que puede percibirse en un objeto desgastado por el uso excesivo. Así sus obras poseen una expresividad que raras veces la reproducción fotográfica consigue transmitir.

En las instalaciones de Kcho hay mucho de impredecible, juego e intuición. Presencias que no poseen ningún significado concreto, que componen la imagen sólo porque el artista las ha encontrado visualmente placenteras o divertidas. Está también el placer de activar fuerzas imaginantes. Los botes, con frecuencia sostenidos por andamiajes muy ligeros, parecen estar suspendidos en el aire, como si evocasen la experiencia del vuelo onírico.
Además, está el placer de despolitizar lo que es aparentemente político (Barthes, 44). Un olvido, aunque sea momentáneo, de los posibles contenidos críticos y una vuelta hacia el objeto, despojado de su valor simbólico y sus posibles alusiones a conflictos sociales. Una despolitizacización que podría ser muy pertinente dentro del escenario artístico cubano donde la crítica social en la obra de arte a menudo contribuye a apuntalar el propio orden social contra el que esgrime los ataques.

No es mi propósito privilegiar o desestimar cualquiera de estos horizontes semánticos. Lo que quiero decir es que reducir las instalaciones a una lectura crítica de la sociedad cubana, si bien es un gesto plausible, es un acto de incomprensión hacia la imagen misma. En la instalación de Kcho, un bote es un objeto metafórico que no debiera entenderse sólo de una manera literal, como una referencia al problema de la emigración. Como en el título de una de sus instalaciones, el placer que proporciona la obra de arte no consiste en comunicar lo obvio. El arte es una experiencia infinitamente más compleja, un espacio abierto a lo plural y lo ambivalente.

OBRAS CITADAS.
-Barthes, Roland. The pleasure of the text. Hill & Wang, New York, 1998.

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