11/2/15

El Sexto y los cerdos


El seudónimo El Sexto es una réplica burlona a la hasta hace poco abrumadora propaganda oficialista sobre ‘Los cinco’ o ‘Los cinco héroes’.  Desde su propio nombre artístico, Danilo Maldonado declara sus intenciones de subvertir los discursos propugnados por el gobierno. Posiblemente pocos artistas que residen en Cuba hayan logrado incomodar tanto a las instituciones culturales y a los encargados de mantener el orden. El malestar que provoca su trabajo consiste no tanto en sus ininterrumpidos signos de inconformidad, como en su empecinamiento por llevarlos al espacio público. Son signos que traza sobre las paredes, sobre su propio cuerpo –desde el que exhibe, como transeúnte, un tatuaje con el rostro del fallecido líder opositor Osvaldo Payá- y más recientemente sobre dos cerdos, en cuyos lomos escribió los nombres Fidel y Raúl (el artista tenía la idea de soltar a los puerquitos en plena calle).

Semejantes creaciones son, ante todo, críticas institucionales. El Sexto sabe que sus protestas no serán promovidas institucionalmente, sabe que no logrará comercializar su trabajo y que su postura contestataria posiblemente sea menospreciada por otros artistas que basan sus obras en una crítica social a menudo virulenta, pero que –a diferencia de las propuestas de El Sexto- resulta ventajosa para los espacios de distribución del arte controlados por el Estado. Los grafitti de El Sexto, destinados a ser borrados o recubiertos lo antes posible por supuestos simpatizantes del gobierno, lo convierten en un marginal en el escenario artístico habanero, y no me extrañaría que muchos de sus colegas ni siquiera lo vean como un artista, sino más bien como un disidente. 

A fines de diciembre del 2014, la conocida creadora Tania Bruguera viajó a La Habana con la intención de realizar una performance en La Plaza de la Revolución. Se trataba de un micrófono abierto donde los participantes tendrían un minuto para expresar cualquier opinión. La performance no pudo llevarse a cabo. Las autoridades encarcelaron a Bruguera y a otros ciudadanos que se prestaban a tomar la palabra. Pero, acaso sin proponérselo, la artista realizó la performance en esa misma imposibilidad de ponerlo en práctica, como un reverso negativo que vendría a evidenciar lo que  está prohibido hacer tanto en el arte cubano como en las calles. De cierta forma la performance estuvo compuesta por el diálogo fallido entre Bruguera y los funcionarios de cultura, por la respuesta represiva del poder, el distanciamiento y el rechazo de otros creadores, e incluso por las reacciones de la diáspora cubana, los comentarios en las redes sociales y en la prensa internacional.  La performance mostró que, si bien la artista estaba provista de una notable capacidad para hacerse escuchar, el ciudadano cubano no tiene posibilidad legal de expresarse públicamente y su voz política no puede divulgarse por ningún lado. 

La performance de El Sexto con su pareja de cerditos, no tuvo la misma repercusión, ni tampoco puede decirse que se realizó precisamente porque fue bruscamente interrumpida por las autoridades. Comparado con Bruguera, El Sexto es un Don Nadie. Y como tal encarna a ese ciudadano a quien no se le autoriza una voz pública, ni siquiera por un minuto. La idea de que dos cerdos lleven los nombres de Fidel y Raúl en los días de jubileo por el nuevo año, parece seguir la misma lógica que los centenares -o acaso miles- de chistes populares que han circulado entre la población cubana desde los comienzos mismos de la Revolución. La burla popular ha acompañado a la ideología oficial, como la sombra a un viajero. Ha sido un humor fecundo y que se renueva constantemente, pero ha sido un humor marginado al ámbito de lo privado.

El Sexto se propuso que su broma se hiciese escuchar en el espacio citadino. Es por eso que paga bien caro la osadía de nombrar dos cerdos como los dos hermanos que han regido los destinos de la nación. Desde fines de diciembre, Bruguera no puede abandonar el país, en espera de las acciones legales que podría tomar el gobierno por su iniciativa de cederle un micrófono a cualquiera que quisiera usarlo. El caso de El Sexto es todavía peor. Está encarcelado desde hace seis o siete semanas. Es decir, cumple anticipadamente una sanción mientras espera que su causa sea llevada a juicio. Si no se tratase de una broma de pésimo gusto, cabría pensar que su nombre artístico terminó por jugarle una mala pasada. El gobierno que reclamaba la libertad para ‘Los cinco’, justificadamente condenados en los Estados Unidos bajo cargos de espionaje, convierte, de forma injustificada, a El Sexto en un recluso.


Desde mediados de los años ochenta los artistas que han pasado por las prisiones cubanas suelen tener en común el hecho de haber basado su trabajo en la crítica a los circuitos de distribución del arte. No es lo que dicen las obras, sino el hecho de pretender decirlo fuera de los salones nacionales, las galerías o las bienales, lo que las autoridades cubanas encuentran punible. Para el gobierno cubano el arte crítico es aceptado a condición de que esté aprisionado en los muros de las instituciones, confinado dentro de los límites de un evento oficial, de gira por otros países, silenciado por la prensa y los medios de difusión. 

8/1/15

Charlie Hebdo y la libertad de expresión


Una horrenda masacre tuvo lugar en las calles parisinas. El resultado: doce muertos como consecuencia de unas caricaturas que se burlaban de Mahoma. Innecesario aclarar que se trata de un crimen que no se corresponde con la ofensa que implicaban los dibujos. Hay que condenarlo, como una respuesta desmesurada y aborrecible.Posiblemente muchos musulmanes encuentren igualmente repudiable este acto terrorista. La brutalidad de los asaltantes tal vez les parezca excesiva a muchos de quienes profesen el culto a las enseñanzas del Corán, aunque otros acojan el asesinato de doce ciudadanos franceses como una necesaria vindicación frente a un conjunto de imágenes blasfemas. Está claro que no se puede confundir al musulmán con el terrorista. Eso sería un absurdo idéntico a pensar que todos los vascos son etarras.

 Tal vez convenga recordar el escándalo provocado por Chris Ofili en el Brooklyn Museum, con su serie de representaciones de la Virgen María realizadas con excrementos de elefante y donde el artista agregó fotografías pornográficas. ¿Eran estas representaciones sacrílegas, que herían la sensibilidad de los devotos? Sin duda, pero estaban realizadas en una sociedad del espectáculo, entraban en el juego de provocaciones propias del arte. Los cristianos que se ofendieron tenían herramientas legales y financieras para enfrentarse al Brooklyn Museum. Y lo hicieron. El por aquel entonces alcalde de Nueva York abrió una demanda contra el museo y además hizo esfuerzos por retirarle el financiamiento a la institución. Pero el First Amendment vino a amparar al Brooklyn Museum frente al mojigato Giuliani. El fallo judicial fue una rotunda victoria de la libertad de expresión. Aquí tenemos un ejemplo de un comportamiento propio de nuestras sociedades democráticas (donde también, no hay que olvidarlo, la libertad de expresión en sí misma forma parte de un espectáculo que posee una dimensión represiva). El alcande de Nueva York pasaba por alto toda una tradición carnavalesca muy propia del mundo occidental y que, de acuerdo con el pensador ruso Mikhail Batkhtin, tiene sus raíces en el medioevo y en la cultura grecolatina. Era esta tradición la que habría que convocar ante las obras de Ofili. Nosotros, desde hace tiempo, hemos aceptado e incorporado a nuestra cultura transgresiones y críticas muy graves contra los fundamentos del cristianismo. Y esa falta de rigidez, esa burla frente a las concepciones trascendentales, es un rasgo de nuestra cultura que hoy celebramos como un gran acierto y como parte de eso que hoy llamamos libertad de expresión.

Es indudable que hay que defender dicha libertad. Es una libertad todavía imperfecta y constantemente amenazada. También es una libertad con límites. Y creo que todo el mundo estaría de acuerdo en que es preciso proteger al menos algunos de esos límites: serían necesarios en una sociedad cada vez más abierta a las diferencias y al respeto hacia las minorías. Los comentarios racistas, vilipendiosos hacia las mujeres o las minorías sexuales, las tiradas anti-semitas, las celebraciones del nazismo, la homofobia, la pornografía infantil, y muchos otros contenidos que suponen una degradación o una invitación a la violencia contra determinados seres humanos, son contundentemente repudiados–y hasta podrían ser sancionadas por la ley- en nuestros paradigmas de libertad de expresión. Lo que se persigue es una libertad que no sea humillante para determinados grupos  que usualmente figuran entre los menos pudientes en nuestras sociedades occidentales. Occidente aspira a una libertad de expresión basada en el respeto a las diferencias y que incluso celebre la dignidad de las personas.

Creo que este sentido de respeto hacia el otro faltó en las caricaturas publicadas por Charlie Hebdo. En la práctica, tuvieron el propósito de alimentar las tensiones contra grupos étnicos que profesan el Islam. Dichos grupos sociales están mayormente compuestos por inmigrantes, ilegales o no, o sectores de las clases trabajadoras.

El hombre occidental tiende a aceptar las burlas y los cuestionamientos más severos a la religión, en parte porque el Cristianismo mismo se ha vuelto menos dogmático y se aparta cada vez más de cualquier forma de intolerancia. La iglesia dejó de ser el aparato ideológico primordial en los estados occidentales, sustituido por las instituciones de una enseñanza donde los contenidos religiosos dejaron de tener el carácter impositivo que prevaleció en el pasado. Nosotros podemos decir ‘Me cago en Dios cabrón’ con la mayor naturalidad del mundo.


En las sociedades islámicas el culto religioso funciona de un modo diferente a Occidente. Los musulmanes tienen otra visión del mundo, regida por otras concepciones morales, donde la devoción a Mahoma suele tomarse con mayor seriedad. Nosotros podríamos llamarlo extremismo,  fanatismo religioso o como queramos, podríamos pensar que los musulmanes viven en un mundo anticuado y autoritario, dominado por todo tipo de prohibiciones y creencias seculares;  pero, ¿no estaríamos aquí en uno de los casos en que la libertad de expresión debiera respetar las diferencias? No es raro que dentro del sistema de pensamiento de las culturas islámicas, que difiere del que se impuso en nuestras sociedades del espectáculo, las caricaturas contra El profeta fuesen interpretadas como innecesarios abusos de poder, como faltas de respeto hacia una comunidad religiosa, que en principio, como parte de su propio credo, no debiera aceptar semejante humillación . Son también -a diferencia de los ampliamente repudiados comentarios racistas, homófonos, degradantes para las mujeres, los judíos, etc.- imágenes que Occidente no solo tiende a elogiar como gestos saludables, ‘polémicos’, que supuestamente son manifestaciones de una mayor libertad de expresión, sino también como un derecho que nosotros, los hombres democráticos, debemos defender como grandes paladines. Escudado en la palabra libertad, el hombre occidental se siente con derecho a pisotear las creencias del otro, a insultarlo, a mofarse de sus ideales más sagrados. Es un derecho consagrado jurídicamente, evocado continuamente por la prensa, los políticos y los artistas ¿Es esta la libertad de expresión que debiera defenderse? 

Las caricaturas no agregan nada a una supuesta 'libertad real' de la democracia. Repito lo que dije al inicio: no hay que justificar el ataque a la sede de Charlie Habdod. Hay que condenarlo, como una respuesta desmesurada y aborrecible. Pero igualmente encuentro reprochables estas caricaturas que persiguieron encender el resentimiento contra algunos grupos étnicos. 

31/12/14

La artista está ausente


Así podría titularse la tentativa de performance de Tania Bruguera. Fue una intervención pública, o como quiera llamársele, que por paradoja, se realizó en su imposibilidad de ponerse en práctica. La coyuntura en la que Bruguera preparó su actividad era bastante distinta a su primera versión del performance El susurro de Tatlin #6. Hacía tan solo un par de semanas que se había llegado a una distensión sin precedentes entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos. Bruguera venía a poner el dedo sobre la llaga. Perseguía que se escuchara la voz, por largo tiempo marginada de cualquier espacio político nacional, de los ciudadanos cubanos.

Quienes, como yo, simpatizan con los acuerdos todavía incipientes entre la administración Obama y la dirigencia cubana, tendrían muy buenos motivos para encontrar prematura o inapropiada la actividad de Bruguera. Pero en cualquier caso, lo que sí no pudiera cuestionarse es que el problema de las libertades cívicas, y muchos otros que siguen pendientes en la sociedad cubana, no debieran dejarse a un lado. La performance de Bruguera, malograda mediante el abuso del poder, fue un primer test después del restablecimiento de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, de cuán dispuesto está el gobierno de Raúl Castro a entablar un diálogo político.  

El resultado de dicho test no pudo ser más desafortunado. Las autoridades cubanas, pese a disponer de una amplia maquinaria represiva -incluidos agentes que hubieran podido usurpar el espacio y el tiempo de la performance- optaron por abortar el evento. No importó para nada que las instituciones hubieran aprendido a domesticar la ya de por sí endeble influencia de las artes visuales sobre la sociedad. La fobia al debate público se impuso una vez más.

La decisión de impedir la performance puede dar una idea de cuán conscientes son las autoridades cubanas de su propia impopularidad. Los órganos represivos del gobierno cubano no tienen ninguna duda de cuán amenazada y cuán cogida por los pelos es su permanencia en el poder. Para los cálculos de los represores, el hecho de que un grupo de personas pueda opinar en voz alta –y no en voz baja como han venido haciéndo los cubanos por más de cinco décadas- supone un riesgo inmenso,  la apertura de una especie de Caja de Pandora. 

Suele decirse que tres forman una multitud. En el caso cubano esa multitud -no importa cuán reducida pueda ser- infunde un terror por completo irracional a las autoridades. Era altamente probable que el cubano medio -que desde hace tiempo padece de eso que se llama indefensión aprendida- escéptico y hastiado de la vida política nacional, se hubiese abstenido de participar. Pero el hecho de que un grupo de personas pudiera tomar la palabra por unos minutos tiene, para los encargados de mantener el orden público, el aspecto de un problema que fácilmente podría escapárseles de las manos. Ni siquiera en un contexto en el que el mandatario cubano podría verse súbitamente investido de cierta popularidad,  gracias a la victoria política que supuso el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos  -es decir en un contexto donde todo haría pensar que la performance habría sido más bien inofensivo y hasta hubiese podido manipularse para ofrecerle al mundo la apariencia de unas libertades cívicas que no existen-, ni siquiera en esas circunstancias las instituciones cubanas osaron permitir que la actividad se llevara a cabo.

 La torpeza y la fobia de las instituciones agrega una nota pesimista sobre un diálogo político nacional a corto plazo. La represión de la performance de Bruguera es la primera evidencia de que el gobierno tiene intenciones de seguir enquistado en el poder, eludiendo, hasta donde sea posible, las concesiones políticas y tolerando las aperturas económicas siempre y cuando no supongan una amenaza al orden imperante.

La célebre performance La artista está presente de Marina Abramovic fue, en mi opinión, totalmente ridícula. Una señora disfrazada de maga o de adivina, mirando con persistencia a los ojos de los asistentes, quienes gustosos se prestaban a participar en ese extraño ritual. ¿Esperaba la artista desentrañar profundidades abismales del psiquismo mediante este contacto entre los ‘espejos del alma’? ¿Pensaba que podría construirse algún tipo de telepatía o de magia? Muy a su pesar, el ejercicio de Abramovic podría servir para demostrar que en nuestras sociedades contemporáneas la presencia del artista tiende a volverse cada vez más irrelevante y banal. En todo caso, el artista estaría presente como parte de un espectáculo mediático, no muy distinto al de una serie televisiva o de las extravagancias de Lady Gaga y Miley Cyrus. Es decir, un entretenimiento que no perturba para nada a la sociedad y que a lo sumo ofrece la apariencia de una transgresión. El performance de Bruguera, en cambio, demuestra que si el arte todavía conserva algunas posibilidades de provocar, es precisamente, y por paradoja, allí donde el artista está ausente.

19/12/14

La muerte política de Fidel Castro.

Como era de esperar, el giro que han tomado las relaciones entre los gobiernos de Cuba y Los Estados Unidos, despertó reacciones encontradas entre la comunidad cubano-americana, si bien el resto del planeta, incluido gran parte de los ciudadanos norteamericanos, acogió las nuevas medidas con entusiasmo. Dentro de Cuba también prevalece un ambiente festivo: era una noticia largamente esperada por la inmensa mayoría de la población. Tan solo algunos líderes de la oposición han hecho pública su inconformidad. Con ello ofrecen pruebas de cuán desvinculada está la disidencia de los intereses de sus conciudadanos. Los opositores cubanos se sienten traicionados. Es una reacción inquietante, si se piensa que una relación más amistosa entre los dos países debiera incidir en un fortalecimiento de la oposición interna. Los opositores se comportan como cabecillas que parecen estar más interesados en un activismo que los convierta en figuras públicas -marginadas y continuamente hostigadas por los cuerpos represivos del estado cubano- que en líderes provistos de una agenda política que involucre a sectores más amplios de la población.

Los políticos cubano-americanos han quedado igualmente aislados. Ahora nos esperan sus intrigas en el Congreso, sus presiones desesperadas para obstaculizar el entendimiento entre las naciones vecinas. Nadie discute que el gobierno cubano debe democratizar la sociedad y que las voces políticas de sus ciudadanos deben ser escuchadas, al igual que deben respetarse los derechos humanos en la isla. Pero los argumentos para oponerse a las negociaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba solo procuran ocultar que el embargo económico ha sido un rotundo fracaso. Era una política que Estados Unidos mantenía a capa y espada, haciendo caso omiso de la comunidad internacional, a pesar de la ineficiencia y el carácter obsoleto de las sanciones económicas. El acuerdo conseguido con la dirigencia cubana fue una forma, en realidad tardía, de desistir de una herramienta política fallida, que limitaba la expansión del capital estadounidense, dificultaba las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos del hemisferio, obstruía el flujo de capital en Cuba y dificultaba el diálogo entre los cubanos que residen dentro y fuera de la isla. Los pasos para normalizar de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos han sido también una forma de dividir a los gobiernos, populistas e impopulares, de la izquierda radical latinoamericana. Gobiernos ideológicamente encabezados por el engendro cubano y que han sostenido, como uno de sus pilares, la hostilidad contra los Estados Unidos. Es llamativo que la política de distensión hacia La Habana coincida con sanciones económicas contra funcionarios venezolanos. Estados Unidos aplica la política del divide y vencerás. Podría decirse que los verdaderos traicionados en las negociaciones entre los funcionarios cubanos y los norteamericanos fueron los gobiernos latinoamericanos que siguieron el proyecto socio-político implementado por la mal llamada Revolución Cubana. Maduro al igual que Evo Morales, y con anterioridad Chávez, eran ante todo fidelistas. Esgrimían la bandera anti-imperialista como un pretexto para perpetuarse en el poder. Ahora el vocero histórico de dicho discurso parece haber capitulado.

Es notoria la ausencia de Fidel Castro en este súbito cambio político. El otrora mandatario no ha emitido ninguna reflexión, no ha aparecido, ni siquiera en fotografías manipuladas, para felicitar a su hermano. Hasta ahora el líder histórico de la Revolución no ha hecho ningún esfuerzo por manifestar su satisfacción, lo cual pudiera entenderse como una forma de expresar su descontento. El silencio de Castro ha suscitado nuevos rumores sobre su muerte física. Pero en estos momentos apenas importa el acontecimiento de la muerte de la persona Fidel Castro. Con el reciente entendimiento entre Cuba y Los Estados Unidos, se ha firmado la defunción de Fidel Castro como figura política. Da la impresión que el otrora Comandante en Jefe no tuvo ni voz ni voto en este diálogo o si lo tuvo, nadie le prestó la más mínima atención. Alguna vez el Comandante había afirmado que él ejercería más influencia muerto que vivo. No ocurrió así. Incluso en vida el Comandante asiste a su agonía y a su senectud como figura política. Ahora acaba de certificarse su acta de defunción.

23/8/14

ArtExperience:NYC, Summer 2014

El más reciente número de ArtExperience:NYC ya está disponible. Puede descargarse con solo hacer clic en la portada. Esta nueva edición hemos querido dedicarla a la socialización del arte y a las posibilidades de alcanzar una mayor integración del arte en la sociedad.

Para descargar la revista, en formato PDF ir a este enlace:
https://www.artexperiencenyc.com/artexperiencenyc-summer-2014/


12/7/14

Remolcador 13 de marzo

I
En La Habana era frecuente encontrar a personas que solo hablaban de cómo irse de Cuba. Urdían toda suerte de planes, desde ganarse la lotería de visas norteamericanas, hasta la posibilidad de que algún pariente ayudara, el matrimonio con un extranjero, cartas de invitación y, evidentemente, las salidas ilícitas. Uno podía escuchar los proyectos más rocambolescos e inverosímiles porque no pocas personas vivían obsesionadas con esta idea de escapar del país.

Desde luego que construir una embarcación improvisada y lanzarse al mar es un acto temerario y también irresponsable, sobre todo si se piensa que las naves se hacen de forma clandestina, con los escasos recursos que pueden encontrarse en el mercado negro –donde una brújula era muy cotizada-, y a menudo sin contar con la pericia de ingenieros o diseñadores especializados. Tampoco son personas que han visto el mar en cuanto posee de desproporcionado y terrible, tal y como se representa, por ejemplo, en los lienzos del artista ruso Iván Aivazovsky. Pero habría que estar en el pellejo de esas personas que solo sueñan con fugarse de Cuba, como mismo un convicto no cesa de pensar en el momento en que terminará su cautiverio. Las cerca de once mil personas que en un fin de semana entraron en la Embajada de Perú y las jornadas del Mariel (1980) y Cojímar (1994), pudieran verse plebiscitos que ha celebrado el pueblo cubano en las últimas tres o cuatro décadas.

Iván Aivazovsky, La ola, 1889



II
Los cerca de sesenta adultos que, arriesgando a sus hijos, decidieron huir en el Remolcador 13 de marzo sabían que cometían un delito. Se exponían, con toda consciencia, al peso excesivo de la ley. En el pasado, las sanciones por salidas ilegales podían llegar hasta los diez años de privación de libertad. Pero, en vistas de que se trataba de condenas desmedidas en un país con un elevado por ciento de reclusos y con una alta densidad de población penal, las sentencias se redujeron. En los años noventa las penas por salidas ilícitas oscilaban entre seis meses y tres años de cárcel, con medidas adicionales como la prisión domiciliaria.

Más o menos ese habría podido ser el veredicto judicial contra los implicados en los sucesos del Remolcador 13 de marzo. El castigo que recibieron, en cambio, debiera considerarse como una forma de terrorismo de Estado. Todos los sobrevivientes describen cómo fueron agredidos con chorros de agua, mientras la nave era embestida, hasta ser hundida, por otras embarcaciones más resistentes a los golpes. En algún momento los fugitivos decidieron mostrar a los niños que se encontraban a bordo. Fue un acto de capitulación y al mismo tiempo un modo de apelar a la clemencia de los atacantes. No funcionó. Las victimas del Remolcador 13 de marzo estaban destinadas a ofrecerse como escarmiento para todos aquellos que vivían obsesionados con la idea de salir clandestinamente de Cuba.

Difícil no responsabilizar al Estado cubano por semejante crimen colectivo. La versión que circulaba como rumor callejero –o al menos la que llegó a mis oídos- hablaba de un tal Jesusito, supuestamente uno de los pocos fanáticos a Fidel Castro que todavía existían, que se tomó la atribución de impedir la fuga del remolcador. Él y otros cómplices decidieron acudir a tres navíos para cercarlo y hundirlo. ¿Quiénes hicieron circular esta información que difería de las escuetas notas de prensa que publicó el gobierno? Posiblemente nunca llegue a saberse. Sin embargo, el relato que corría de boca en boca hacía creer que el gobierno todavía contaba con grupos de simpatizantes, dispuestos a luchar de manera violenta por los ideales revolucionarios, y a la vez exoneraba al Estado cubano de cualquier participación en el incidente.

En la práctica, el autoritarismo que prevalece en Cuba hace poco probable que unos ciudadanos puedan tomar la decisión de habilitar improvisadamente tres embarcaciones y emplearlas en una acción violenta, incluso cuando el propósito fuese defender la ideología oficial. Es poco creíble que algo así pudiese ocurrir sin al menos el consentimiento de mandos superiores. Durante más de cuatro décadas los cubanos estuvieron habituados a la creencia de que todas las decisiones, sobre todo maniobras similares a las que condujeron al hundimiento del Remolcador 13 de marzo, debían ser aprobadas por la alta dirigencia del país.

¿Quiénes se prestaron a hacer esta proeza revolucionaria? El Estado cubano no ha revelado sus nombres. Tampoco ha abierto una causa judicial sobre el incidente, lo cual hace pensar que las víctimas tuvieron -y tienen- un status similar a lo que el pensador italiano Giorgio Agamben llamó “vida desnuda”, es decir, una vida que ha sido despojada de todos sus derechos ante la ley y que queda a disposición de un poder que podría eliminarla en cualquier momento.




7/7/14

Algunas utopías concretas para el arte contemporáneo.

Así titulé a la entrevista que le hice a Gerardo Mosquera en diciembre pasado. Me apoyé en una de sus respuestas, donde el curador afirma:

Quisiera que el carácter utópico del museo-como-hub funcionase como una "utopía concreta", en el sentido de Ernst Bloch, a diferencia de lo que él llamó "utopía abstracta", resultado de la ilusión, el voluntarismo, la imposición e incapacidad de interactuar con el mundo real.

En una serie de correos electrónicos, Mosquera contestó a mis preguntas sobre la socialización del arte a gran escala. Este es un problema que él ha venido trabajando desde al menos 1977, con un artículo suyo publicado en La Habana y posteriormente incluido en su libro Exploraciones en la plástica cubana (1983). En la entrevista, Mosquera ofrece ejemplos e ideas concretas desde las cuáles podría alcanzarse una mayor integración del arte en la vida cotidiana y también una comunicación más eficiente entre las imágenes artísticas y el público.

Su libro El diseño se definió en octubre (La Habana, 1989) fue un texto muy novedoso en el entorno habanero, hasta el punto de anticipar en más de dos décadas algunos de los problemas más candentes del arte cubano del siglo XXI. Es decir, la necesidad de franquear los muros institucionales, integrar el arte a los conflictos del presente y lograr una participación más activa del espectador en las propuestas artísticas. En la Cuba actual, el problema de la socialización del arte a gran escala es particularmente desafiante, debido a la escasa resonancia de las creaciones artísticas en los medios de difusión masiva y a la desmedida importancia política que están adquiriendo los espacios públicos.

Dividí la entrevista en dos partes. Mi idea fue conservar un primer momento, dedicado a lo que Mosquera denomina “áreas secantes de comunicación”, mientras en la otra mitad se habla del “Museo como Hub”.

Para leer la entrevista desde un inicio haga clic en este enlace.


18/6/14

La buena vida

La poeta Tracy K. Smith.

En lugar de la publicidad habitual que uno encuentra en los vagones del metro, Poetry in Motion cuelga un poema. El
programa, que inició el MTA(Metro Transit Authority) de la ciudad de Nueva York, está inspirado en una iniciativa del
metro londinense y se fundó en 1992, así que parece estar ya totalmente integrado al metro newyorkino. Es una
magnífica oportunidad para conocer el trabajo de poetas jóvenes, como la autora que traduciré a continuación.
Tracy K. Smith (1974) recibió el Premio Pulitzer en el 2011 por su poemario Life in Mars (La vida en Marte), 
que incluye los versos de The Good Life.

La buena vida
Tracy K. Smith

Cuando algunas personas hablan de dinero
Lo hacen como si se tratara de un amante misterioso
Que salió a comprar leche y nunca más volvió
Y eso me hace sentir nostalgia
Por aquellos años en los que vivía a base de pan y café
Hambrienta en todo momento, rumbo al trabajo el día del cobro
Como una mujer que parte en busca de agua
Desde un pueblo en el que no hay ni una cisterna
Para después disfrutar
Como el resto de los mortales
De una o dos noches de pollo asado y vino tinto

  
The Good Life                                                   
By Tracy K. Smith

When some people talk about money
They speak as if it were a mysterious lover
Who went out to buy milk and never
Came back, and it makes me nostalgic
For the years I lived on coffee and bread,
Hungry all the time, walking to work on payday
Like a woman journeying for water
From a village without a well, then living
One or two nights like everyone else
On roast chicken and red wine.


17/6/14

Arte contemporáneo y Universidad

I
Los vínculos entre arte y filosofía pertenecen con todo derecho a la Historia del Arte. La escultura, la pintura y la arquitectura se relacionaban con el pensamiento filosófico por medio de esa disciplina tradicional -que hoy nadie sabe a ciencia cierta qué propósito tiene o con qué categorías pudiera operar- llamada Estética. Las formas artísticas, y no tanto los contenidos de las imágenes, supuestamente reflejaban las estructuras de pensamiento de su tiempo. Este era uno de los lugares comunes con los que operaba la Historia del Arte. Eso no quería decir que el artista fuese un filósofo, si bien en determinados momentos históricos los artistas figuraron entre los grupos ilustrados de la sociedad. En el Renacimiento, por ejemplo, un pintor debía estar más o menos familiarizado con Dante, Ovidio, Plótino y Ficcino, además de con los Evangelios. Pero su prestigio se debía fundamentalmente al dominio de las técnicas pictóricas, a sus habilidades –a menudo endiosadas por la clientela de banqueros y aristócratas- y también a su temperamento, a veces huraño, melancólico o solitario, mitificados como evidencias de su ‘genialidad’. Posteriormente, sobre todo a partir del Romanticismo, el artista encarnó en la figura del rebelde que despreciaba, con su amor por sus creaciones y su vida bohemia, el pragmatismo y el mal gusto burgueses. Un artista que leía a los novelistas de su tiempo y sentía afinidades con los poetas, pero que igualmente vivía inmerso en las transgresiones de su propio arte, en sus rechazos a las convenciones sociales y en sus enfrentamientos contra la academia.

Desde al menos finales de los años cincuenta,  esta situación ha variado drásticamente. Es cierto que el artista de hoy tiende a oponerse a la academia decimonónica y a los reductos de la moral y el conservadurismo político. Pero en dicho rechazo parece existir un poco de inercia  ya que los prejuicios y muros que tradicionalmente enfrentaba el arte han quedado pulverizados o son ampliamente repudiados.   Para los creadores contemporáneos, al igual que sus predecesores de hace dos siglos, la academia sigue estando asociada con el conservadurismo político, las visiones morales retrógradas y los gustos de las clases pudientes. Esta voluntad antiacademicista dificulta apreciar que el artista contemporáneo es, en realidad, un académico. Solo que un  académico distinto al que se formaba en las tradicionales escuelas de Bellas Artes.

La nueva academia del artista es la Universidad. Es allí donde el arte se fusiona con el pensamiento actual. Si el arte del pasado reflejaba estructuras del pensamiento de su tiempo, en la actualidad el arte parece diluirse en las orientaciones teóricas que se gestan en los centros universitarios. En sentido general es en las instituciones de la enseñanza superior donde los artistas se familiarizan con el post-estructuralismo y la desconstrucción, con las vertientes feministas, post-feministas y post-coloniales. Los estudiantes de arte comparten el mismo discurso teórico que los antropólogos, los sociólogos y los críticos literarios. Solo los distingue –y no es poca cosa- el hecho de apelar a imágenes visuales y a los propios discursos sobre el arte, sin dejar de servirse de las palabras, que se han vuelto imprescindibles hasta el punto de que el arte ya no puede desligarse de ellas. Hace casi cinco décadas, en 1965, Harold Rosenberg afirmaba que una obra de arte era una especie de centauro, mitad palabra, mitad sustancia visual. Hoy sigue siendo así, pero a esto hay que agregar que el artista es una especie de híbrido entre el profesor universitario y la estrella mediática.

Por lo general, salvo contadas figuras como el pensador esloveno Slavov Zizek, los académicos viven encerrados en los predios universitarios, participan eventualmente en congresos y coloquios que casi nunca llaman la atención del gran público y dan a conocer libros que tienen un reducido círculo de lectores, como mismo son pocos los que se toman la molestia de revisar las revistas universitarias donde aparecen los ensayos académicos. El artista contemporáneo, a diferencia de sus colegas universitarios, aspira a servirse de las metodologías que le proporciona la academia y del arsenal del pensamiento teórico, para producir obras que, en última instancia debieran fundirse a la vida o tal vez encontrar un espacio en el mercado de arte. Cuando las imágenes artísticas se discuten y exhiben en el espacio universitario es porque ya han conseguido algún tipo de impacto fuera de las instituciones de enseñanza superior, han salido de las aulas para entrar en el museo, en las discusiones de la crítica, en los escándalos mediáticos. El artista es una especie de hijo pródigo de la universidad.

II
En el entorno académico suele hablarse de ‘mala escritura’. Una voluminosa cantidad de textos universitarios pudieran caer en esta categoría, es decir, una jerga nebulosa, frecuentemente petulante e incomprensible, que ni los propios colegas consiguen digerir y que se exponen en eventos académicos donde el reducido público se desorienta, se desconcentra o se aburre.

Los artistas parecen estár dispensados de la ‘mala escritura’. Al cabo lo que hacen es una labor que puede ser poética, lúdica, o hasta una parodia de la propia mala escritura, y no tiene por qué estar supeditada al rigor de las citas ni las demostraciones teóricas, como supuestamente debieran estarlo los textos académicos. El artista se sirve de la jerga teórica con absoluta libertad, como un material más a su disposición, que complementa con otros muchísimos recursos, como un video de canales múltiples, un collage o una fotografía. Y el público conviene, aunque sea de manera inconsciente, en que es precisamente ese hermetismo del lenguaje académico el que distingue a las creaciones artísticas de las producciones mediáticas, que con sus soluciones enlatadas carecerían de la intencionalidad, más o menos compleja que proporciona el arte. 

Esta irrupción, por medio de las imágenes visuales, de los discursos académicos en el espacio de la vida cotidiana y las instituciones de arte plantea complejos problemas de comunicación. Las imágenes artísticas son muy heterogéneas –las creaciones recientes incluyen sonidos, ruidos, olores, reacciones del visitante, imágenes en movimiento, conexiones al internet, video-juegos, performances y hasta la combinación de varios de estos efectos- si se las compara con la palabra escrita o hablada de las que dependen los otros discursos académicos. El público tiene que vérselas con un lenguaje donde se abordan cuestiones teóricas complejas, superpuestas a problemas inherentes al propio devenir del arte y expresadas a través de medios y  estructuras narrativas no convencionales.

El ambiente universitario es, en comparación con el campo artístico, mucho más cerrado al exterior y menos variado desde el punto de vista de sus lenguajes formales. Esto seguramente presenta enormes inconvenientes, pero posee al menos una ventaja. En la universidad, gracias al papel protagónico del texto, existen todavía maneras de ejercer la autocrítica.  El término mala escritura puede establecerse con respecto a un ideal, que cabría llamar  ‘buena escritura’ y cuyo paradigma alguien ha localizado en una breve arte poética de David Hume. Todavía la academia posee métodos para afirmar los límites estéticos de sus discursos. En el arte contemporáneo no ocurre así.

El arte se ha vuelto tan diverso y tan creativo que ha perdido sus sedimentos y sus puntos de referencia. Y el público parece estar totalmente despistado. Las creaciones pueden ser motivo de risa, debido a su dificultad de comprensión, pero también gracias a su excesiva sencillez. La burla, sin embargo, parece contener el reconocimiento de la ignorancia propia, la culpa de no ser lo suficientemente sofisticados o abiertos hacia lo nuevo. Si da risa que un tareco cualquiera sea considerado una obra de arte, en realidad también nos estamos burlando de nuestra propia incapacidad para comprender cuáles son las cualidades artísticas que se le atribuyen a dicho mamarracho.  Por medio de la risa se pretende ser desenfadado ante el miedo de parecer reaccionario, poco perspicaz, carente de sofisticación  o no estar lo suficientemente al tanto de los problemas que plantea el arte. Damien Hirst ha sabido aprovechar este comportamiento social contradictorio. Mientras más uno lo considere un embustero o un oportunista, mientras más irrelevantes y facilistas nos parezcan sus obras, más difícil nos resulta entender a qué se debe su aceptación en el mercado. Decir que Hirst es un farsante y denunciar el engranaje mediático que hay detrás de sus trabajos, es un modo de confesar que no podemos comprender –como aparentan hacerlo los museos y las prestigiosas galerías que lo representan- ni los resortes propagandísticos que mueven su obra, ni en qué consiste la importancia que se le confiere a sus trabajos. Menos aún estamos en condiciones de explicar por qué nos parece que Hirst es un timador y cualquier otro artista contemporáneo no lo es.

El discurso universitario al trasladarse al ámbito artístico y al alcanzar una libertad morfológica desorbitante, establece una manera de comunicación perversa. Tanto el público, como los artistas, los curadores y los que pasan por expertos,  concuerdan en voz baja en que ‘entienden que no entienden’. Pero es un acuerdo tácito que conviene enmascarar de algún modo, sea mediante la risa o la interpretación más o menos improvisada y plausible.

Uno pudiera pensar que debiera hablarse de algo análogo a la mala escritura en el reino de las artes visuales, pero esa tarea, por muy imperiosa que sea, es cada día menos posible ya que cualquier paradigma que trate de tomarse como punto de referencia tiene el aire de una limitación, de un enfoque retrógrado, subjetivo o impresionista. ¿Cómo podría demostrarse que una obra de arte contemporánea es mala, en el sentido en que existe una ‘mala escritura’? El arte actual ha imposibilitado, gracias a sus aperturas ilimitadas, la crítica negativa y la posibilidad de ejercer la auto-crítica. En tal sentido el arte ha llegado a un punto muerto, donde gestos  transgresores se re-presentan y reciclan como una novedad que es, al mismo tiempo, un síntoma de desgaste. Arte del pasado transformado no en un academicismo –contra el que sería posible enfrentarse- sino en un vagar perpetuo,  compuesto de re-ediciones incesantes, un espectáculo donde, por paradoja, las poéticas personales de los artistas se vuelven triviales, debido a su excesiva complejidad, ahogadas y anuladas en un sinnúmero de propuestas no menos complejas y transgresoras.

Antes uno podía seguramente hablar de conocedores, incluso cuando el conocedor –como Clement Greenberg- se confiara a sus primeras impresiones. El instinto de Greenberg le diría, en un abrir y cerrar de ojos, si estaba ante una obra verdaderamente lograda o ante una pintura carente de valores artísticos. Hoy me temo que podría ser presuntuoso declararse ‘conocedor’ del arte contemporáneo, por muy informado que uno se mantenga. Ante el arte actual tendríamos que confesar un socrático “solo sé que no sé nada” y no es muy importante si se dice de un modo irónico o no. 

11/6/14

Cuban American State of Mind en ArtExperience:NYC


Hemos publicado una reseña sobre la muestra colectiva Cuban American State of Mind, curada por Yuneikys Villalonga en colaboración con Susan Hoeltzel para la Lehman College Art Gallery. El texto de Susan Platt (en inglés) puede consultarse en este enlace. Para la versión en español haga clic aquí.