
El Metropolitan Museum of Art ha dedicado toda una exposición a La lechera, el conocido lienzo de Vermeer de Delf, que ha llegado en préstamo desde el Rijksmuseum.
El cuadro se exhibe junto a varias pinturas de Vermeer -las que conserva el Metropolitan- y otros cuadros de varios artistas del momento. En la sala se muestran grabados de la época y pinturas de interiores del siglo XVII holandés. Además hay vasijas de arcilla, similares a las que representó Vermeer en La lechera. Pero parecería como si el resto de las obras sólo estuviesen destinadas a hacer resaltar la exclusividad del cuadro traído desde Ámsterdam La pintura posee tal vigor cromático que, por contraste, hace lucir apagados y oscuros, a los demás lienzos, incluidas las telas del propio Vermeer.
Sobre La lechera –al igual que sobre la más bien reducida obra de Vermeer- se ha escrito mucho. Se ha hecho notar la beatitud del rostro de la mujer, de una humildad tal vez dichosa, como si la labor doméstica y cotidiana fuese también un ejercicio espiritual. La expresión del rostro impregna la escena de una inusitada religiosidad. Como es sabido, Vermeer se las ingenió para sugerir un sentido de tridimensionalidad mediante el contraste entre el amarillo del vestido y las tonalidades de la pared. Las sombras del amarillo opuestas a las luces que se proyectan al fondo e, inversamente, el color se que hace más radiante en el hombro izquierdo de la mujer sobresale contra los tonos más bajos que le sirven de fondo.
El cuadro de Vermeer es de un realismo excesivo. Y sin embargo, nada me parece más ajeno a los lienzos del pintor holandés que una pintura fotorrealista. Quizás porque ésta última no aspira tanto a imitar la realidad como a remedar los efectos despersonalizados y mecánicos de una imagen fotográfica. Aunque pueda existir algún virtuosismo en el acto de copiar una vidriera con todos sus reflejos y destellos, el fotorrealismo tiende a anular cualquier rasgo de subjetividad. La individualidad del pintor persigue diluirse u ocultarse en el acto de imitar al lente de la cámara fotográfica.
En el lienzo Vermeer la copia de la realidad está mediada una subjetividad mesurada sin ser necesariamente del todo racional. Lo que emociona en la pintura de Vermeer no es tanto lo visible como el hecho de que la imagen desdobla el acto mismo de mirar. La individualidad de Vermeer consiste en su destreza para trasladar al lienzo la ecuanimidad de observar con detenimiento, como si se tratase de una meditación o de una intensa atención hacia el ahora. En Vermeer una diminuta pincelada parece colocada luego de una cuidadosa reflexión, como si la intuición de percibir lo visible estuviese provista de una precisión matemática.
La lechera es, en muchos sentidos, una miniatura. Los puntos, como acentos de luz, son los efectos pictóricos que para sirven copiar las asas de una cesta, la boca de una jarra o la corteza del pan. Las superficies, imitadas con una desmedida fidelidad, poseen algo de inmaterial. En Vermeer mirar es de algún modo desmaterializar los objetos para anteponer la transparencia de la mirada. O tal vez sea más exacto afirmar lo contrario. Vermeer enseña a prestar atención a los matices de un objeto, a las texturas, a los contrastes de luces y sombras, a los entrantes y salientes de las formas y, de este modo, contribuye a la posibilidad de apreciar las cosas de una manera diferente, como si fuese posible deshacer el velo de la inercia.









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