15/8/15

Entre la espada y la pared


El deshielo entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba no cesa de sorprender y no cabe duda que ha sido posible gracias a la iniciativa –y a las presiones- de la diplomacia norteamericana. Son los yanquis, tradicionalmente vistos como arrogantes, los que ceden y conceden –desde la liberación de los cinco espías hasta la negativa a invitar a los disidentes cubanos a la ceremonia de izamiento de la bandera en el edificio de la embajada- con tal de apresurar y estimular el diálogo. Los representantes del gobierno cubano, en cambio, son los que exigen, los que parecen poner trabas al entendimiento y aletargar las negociaciones. Esta situación -a primera vista contradictoria si se piensa que la economía cubana sería la más beneficiada con el restablecimiento de vínculos diplomáticos y comerciales- hace pensar que el gobierno cubano no percibe la nueva política estadounidense como ninguna concesión, ni como una victoria. La administración Obama se impone, no desde sanciones y posiciones de fuerza, sino desde una especie de cortejo, de un modo seductor, mientras desde la isla responden a regañadientes, ya sin muchos peros que interponer, porque el olfato político de sus ancianos dirigentes intuye que no les será sencillo sostenerse en las nuevas circunstancias.

Estados Unidos rectifica una política fallida, repudiada por la comunidad internacional, que favoreció el enquistamiento del régimen de La Habana en la medida en que permitió justificar la represión económica de la población y culpar a los Estados Unidos por el progresivo deterioro de la economía nacional. Las relaciones hostiles entre ambos países también sirvieron para legitimar la necesidad de un partido único, la falta de libertades cívicas y la imposición de un orden represivo destinado a obstruir tanto el desarrollo del capital privado nacional como los espacios políticos de la oposición.

Por lo pronto, el entendimiento parece poner al gobierno cubano entre la espada y la pared. Por un lado le resulta difícil no involucrarse en esta nueva política, basada en gestos corteses, que cuenta con el respaldo internacional, con las simpatías de gran parte de la población cubana y también, posiblemente, con el entusiasmo de influyentes grupos de poder en Cuba (la dirigencia política muy bien podría estar escindida entre los defensores de la vieja política y los partidarios del emergente diálogo). Por otra parte, –aunque el canciller Bruno Rodríguez afirme una y otra vez que las diferencias entre gobiernos no van a resolverse- el acercamiento es un modo de presionar a La Habana para que haga urgentes aperturas económicas y políticas.


De entrada –y este es un primer acierto de la política de Obama- los ideólogos de la dictadura se han visto forzados a atemperar e incluso subvertir sus tiradas antinorteamericanas. Silvio Rodríguez ha lanzado la frase ‘Cuba sí, yanquis también’ y las banderas estadounidenses comienzan a ponerse de moda en La Habana, con el beneplácito de las autoridades. Asistimos a la agonía del discurso antimperialista que definió históricamente al proyecto iniciado en 1959, y que han sostenido las izquierdas populistas e impopulares de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.  Pero este derrumbe de la retórica antimperialista -y su consiguiente impacto político sobre los gobiernos latinoamericanos- es solo el efecto más inmediato y ya perfectamente visible de las nuevas relaciones entre los países vecinos. No es difícil conjeturar que el cambio político gestionado por Los Estados Unidos afectará estructuralmente a la manera de administrar el país. Hasta ahora el gobierno de Raúl Castro ha realizado reformas que contribuyan a sanear la economía nacional siempre y cuando no comprometan la estabilidad política del régimen. Son ajustes tímidos y realizados con cautela porque se trata de un gobierno que se sabe impopular y frágil. Un gobierno que se siente seriamente amenazado con la posibilidad de que los ciudadanos hablen en voz alta, aunque solo fuese por un minuto y en la performance de una artista.  Ahora la clase dirigente, que es esencialmente renuente a los cambios, tendrá que lidiar con un vecino poderoso, que extiende la mano y ofrece las mil y un tentaciones, a cambio de atreverse a ensayar políticas menos conservadoras. Las nuevas relaciones diplomáticas, que parecen anticipar el levantamiento definitivo del embargo económico, podrían inducir –o hasta obligar- a cambios más acelerados y que favorezcan el desarrollo del capital privado y la aparición de proyectos y posiciones políticas alternativas. 

26/4/15

La novela de Facebook


















El escritor Armando Añel concibió un proyecto muy singular y muy a tono con nuestros tiempos, al que ha titulado La novela de Facebook. Los usuarios de la red social tendrán la oportunidad de convertirse en personajes de su libro, del mismo modo que los donantes eran representados como orantes en la pintura flamenca. Hasta cierto punto, es una novela por encargo, como las fueron muchas novelas del pasado y como los son muchos libros que se escriben en el presente. Pero hay otras complejidades en el proyecto de Añel. Los contribuyentes, que pueden aportar sumas que van desde 20 hasta 500 dólares, tienen la posibilidad de indicar –o mejor dicho- encargar los pasajes o las situaciones en las cuales quieren aparecer. El oficio del escritor consistiría sobre todo en encontrar las palabras para describir las escenas y traducirlas a la primera persona (Añel anuncia que toda la novela, que estima tendrá entre cien y ciento cincuenta personajes, será escrita desde la primera persona). El autor se comporta más bien como un retratista, comparable al pintor de pasadas centurias o al fotógrafo contemporáneo. Posiblemente la gran mayoría de las novelas que se han escrito hasta el momento estén inspiradas en personas reales, que de un modo u otro se relacionaron con el narrador. Solo que ahora los donantes/personajes también podrían convertirse en autores e insertar sus propios textos. Sería una novela participativa y polifónica, un experimento que tendría antecedentes en los cadáveres exquisitos de los surrealistas y en numerosos ejemplos de las artes visuales contemporáneas.

La labor más ardua, y la que me deja con más expectativas, podría ser la creación de una estructura narrativa que, como un inmenso rompecabezas, consiga establecer interacciones entre los personajes o conferirle alguna unidad a la trama, en caso de que al autor persiga ambos propósitos.  No menos desafiante es el hecho de hablar desde la primera persona con un lenguaje que pueda reproducir la pluralidad de voces de unos cien o ciento cincuenta personajes diferentes. En ese sentido el autor tal vez necesite comportarse no solo como un retratista o un caricaturista, sino también como un actor.


La novela de Facebook aspira a convertir la creación literaria en un proyecto económicamente rentable, financiado por quienes encarnarán en personajes de ficción, interactuarán en el mundo ficticio e incluso aportarían fragmentos de la narración. Es evidente que, más allá de los concursos literarios y los contratos con las casas editoriales, más allá de las ambiciones de producir un best-seller o recibir algún premio, los escritores necesitan encontrar otras iniciativas para financiar sus libros e incluso poder vivir con las ganancias que obtengan gracias a su trabajo. Añel se sirve de las redes sociales y de formas contemporáneas de recaudar fondos que al parecer ofrecen alternativas plausibles y hasta ahora poco aprovechadas por los narradores.

11/2/15

El Sexto y los cerdos


El seudónimo El Sexto es una réplica burlona a la hasta hace poco abrumadora propaganda oficialista sobre ‘Los cinco’ o ‘Los cinco héroes’.  Desde su propio nombre artístico, Danilo Maldonado declara sus intenciones de subvertir los discursos propugnados por el gobierno. Posiblemente pocos artistas que residen en Cuba hayan logrado incomodar tanto a las instituciones culturales y a los encargados de mantener el orden. El malestar que provoca su trabajo consiste no tanto en sus ininterrumpidos signos de inconformidad, como en su empecinamiento por llevarlos al espacio público. Son signos que traza sobre las paredes, sobre su propio cuerpo –desde el que exhibe, como transeúnte, un tatuaje con el rostro del fallecido líder opositor Osvaldo Payá- y más recientemente sobre dos cerdos, en cuyos lomos escribió los nombres Fidel y Raúl (el artista tenía la idea de soltar a los puerquitos en plena calle).

Semejantes creaciones son, ante todo, críticas institucionales. El Sexto sabe que sus protestas no serán promovidas institucionalmente, sabe que no logrará comercializar su trabajo y que su postura contestataria posiblemente sea menospreciada por otros artistas que basan sus obras en una crítica social a menudo virulenta, pero que –a diferencia de las propuestas de El Sexto- resulta ventajosa para los espacios de distribución del arte controlados por el Estado. Los grafitti de El Sexto, destinados a ser borrados o recubiertos lo antes posible por supuestos simpatizantes del gobierno, lo convierten en un marginal en el escenario artístico habanero, y no me extrañaría que muchos de sus colegas ni siquiera lo vean como un artista, sino más bien como un disidente. 

A fines de diciembre del 2014, la conocida creadora Tania Bruguera viajó a La Habana con la intención de realizar una performance en La Plaza de la Revolución. Se trataba de un micrófono abierto donde los participantes tendrían un minuto para expresar cualquier opinión. La performance no pudo llevarse a cabo. Las autoridades encarcelaron a Bruguera y a otros ciudadanos que se prestaban a tomar la palabra. Pero, acaso sin proponérselo, la artista realizó la performance en esa misma imposibilidad de ponerlo en práctica, como un reverso negativo que vendría a evidenciar lo que  está prohibido hacer tanto en el arte cubano como en las calles. De cierta forma la performance estuvo compuesta por el diálogo fallido entre Bruguera y los funcionarios de cultura, por la respuesta represiva del poder, el distanciamiento y el rechazo de otros creadores, e incluso por las reacciones de la diáspora cubana, los comentarios en las redes sociales y en la prensa internacional.  La performance mostró que, si bien la artista estaba provista de una notable capacidad para hacerse escuchar, el ciudadano cubano no tiene posibilidad legal de expresarse públicamente y su voz política no puede divulgarse por ningún lado. 

La performance de El Sexto con su pareja de cerditos, no tuvo la misma repercusión, ni tampoco puede decirse que se realizó precisamente porque fue bruscamente interrumpida por las autoridades. Comparado con Bruguera, El Sexto es un Don Nadie. Y como tal encarna a ese ciudadano a quien no se le autoriza una voz pública, ni siquiera por un minuto. La idea de que dos cerdos lleven los nombres de Fidel y Raúl en los días de jubileo por el nuevo año, parece seguir la misma lógica que los centenares -o acaso miles- de chistes populares que han circulado entre la población cubana desde los comienzos mismos de la Revolución. La burla popular ha acompañado a la ideología oficial, como la sombra a un viajero. Ha sido un humor fecundo y que se renueva constantemente, pero ha sido un humor marginado al ámbito de lo privado.

El Sexto se propuso que su broma se hiciese escuchar en el espacio citadino. Es por eso que paga bien caro la osadía de nombrar dos cerdos como los dos hermanos que han regido los destinos de la nación. Desde fines de diciembre, Bruguera no puede abandonar el país, en espera de las acciones legales que podría tomar el gobierno por su iniciativa de cederle un micrófono a cualquiera que quisiera usarlo. El caso de El Sexto es todavía peor. Está encarcelado desde hace seis o siete semanas. Es decir, cumple anticipadamente una sanción mientras espera que su causa sea llevada a juicio. Si no se tratase de una broma de pésimo gusto, cabría pensar que su nombre artístico terminó por jugarle una mala pasada. El gobierno que reclamaba la libertad para ‘Los cinco’, justificadamente condenados en los Estados Unidos bajo cargos de espionaje, convierte, de forma injustificada, a El Sexto en un recluso.


Desde mediados de los años ochenta los artistas que han pasado por las prisiones cubanas suelen tener en común el hecho de haber basado su trabajo en la crítica a los circuitos de distribución del arte. No es lo que dicen las obras, sino el hecho de pretender decirlo fuera de los salones nacionales, las galerías o las bienales, lo que las autoridades cubanas encuentran punible. Para el gobierno cubano el arte crítico es aceptado a condición de que esté aprisionado en los muros de las instituciones, confinado dentro de los límites de un evento oficial, de gira por otros países, silenciado por la prensa y los medios de difusión. 

8/1/15

Charlie Hebdo y la libertad de expresión


Una horrenda masacre tuvo lugar en las calles parisinas. El resultado: doce muertos como consecuencia de unas caricaturas que se burlaban de Mahoma. Innecesario aclarar que se trata de un crimen que no se corresponde con la ofensa que implicaban los dibujos. Hay que condenarlo, como una respuesta desmesurada y aborrecible.Posiblemente muchos musulmanes encuentren igualmente repudiable este acto terrorista. La brutalidad de los asaltantes tal vez les parezca excesiva a muchos de quienes profesen el culto a las enseñanzas del Corán, aunque otros acojan el asesinato de doce ciudadanos franceses como una necesaria vindicación frente a un conjunto de imágenes blasfemas. Está claro que no se puede confundir al musulmán con el terrorista. Eso sería un absurdo idéntico a pensar que todos los vascos son etarras.

 Tal vez convenga recordar el escándalo provocado por Chris Ofili en el Brooklyn Museum, con su serie de representaciones de la Virgen María realizadas con excrementos de elefante y donde el artista agregó fotografías pornográficas. ¿Eran estas representaciones sacrílegas, que herían la sensibilidad de los devotos? Sin duda, pero estaban realizadas en una sociedad del espectáculo, entraban en el juego de provocaciones propias del arte. Los cristianos que se ofendieron tenían herramientas legales y financieras para enfrentarse al Brooklyn Museum. Y lo hicieron. El por aquel entonces alcalde de Nueva York abrió una demanda contra el museo y además hizo esfuerzos por retirarle el financiamiento a la institución. Pero el First Amendment vino a amparar al Brooklyn Museum frente al mojigato Giuliani. El fallo judicial fue una rotunda victoria de la libertad de expresión. Aquí tenemos un ejemplo de un comportamiento propio de nuestras sociedades democráticas (donde también, no hay que olvidarlo, la libertad de expresión en sí misma forma parte de un espectáculo que posee una dimensión represiva). El alcande de Nueva York pasaba por alto toda una tradición carnavalesca muy propia del mundo occidental y que, de acuerdo con el pensador ruso Mikhail Batkhtin, tiene sus raíces en el medioevo y en la cultura grecolatina. Era esta tradición la que habría que convocar ante las obras de Ofili. Nosotros, desde hace tiempo, hemos aceptado e incorporado a nuestra cultura transgresiones y críticas muy graves contra los fundamentos del cristianismo. Y esa falta de rigidez, esa burla frente a las concepciones trascendentales, es un rasgo de nuestra cultura que hoy celebramos como un gran acierto y como parte de eso que hoy llamamos libertad de expresión.

Es indudable que hay que defender dicha libertad. Es una libertad todavía imperfecta y constantemente amenazada. También es una libertad con límites. Y creo que todo el mundo estaría de acuerdo en que es preciso proteger al menos algunos de esos límites: serían necesarios en una sociedad cada vez más abierta a las diferencias y al respeto hacia las minorías. Los comentarios racistas, vilipendiosos hacia las mujeres o las minorías sexuales, las tiradas anti-semitas, las celebraciones del nazismo, la homofobia, la pornografía infantil, y muchos otros contenidos que suponen una degradación o una invitación a la violencia contra determinados seres humanos, son contundentemente repudiados–y hasta podrían ser sancionadas por la ley- en nuestros paradigmas de libertad de expresión. Lo que se persigue es una libertad que no sea humillante para determinados grupos  que usualmente figuran entre los menos pudientes en nuestras sociedades occidentales. Occidente aspira a una libertad de expresión basada en el respeto a las diferencias y que incluso celebre la dignidad de las personas.

Creo que este sentido de respeto hacia el otro faltó en las caricaturas publicadas por Charlie Hebdo. En la práctica, tuvieron el propósito de alimentar las tensiones contra grupos étnicos que profesan el Islam. Dichos grupos sociales están mayormente compuestos por inmigrantes, ilegales o no, o sectores de las clases trabajadoras.

El hombre occidental tiende a aceptar las burlas y los cuestionamientos más severos a la religión, en parte porque el Cristianismo mismo se ha vuelto menos dogmático y se aparta cada vez más de cualquier forma de intolerancia. La iglesia dejó de ser el aparato ideológico primordial en los estados occidentales, sustituido por las instituciones de una enseñanza donde los contenidos religiosos dejaron de tener el carácter impositivo que prevaleció en el pasado. Nosotros podemos decir ‘Me cago en Dios cabrón’ con la mayor naturalidad del mundo.


En las sociedades islámicas el culto religioso funciona de un modo diferente a Occidente. Los musulmanes tienen otra visión del mundo, regida por otras concepciones morales, donde la devoción a Mahoma suele tomarse con mayor seriedad. Nosotros podríamos llamarlo extremismo,  fanatismo religioso o como queramos, podríamos pensar que los musulmanes viven en un mundo anticuado y autoritario, dominado por todo tipo de prohibiciones y creencias seculares;  pero, ¿no estaríamos aquí en uno de los casos en que la libertad de expresión debiera respetar las diferencias? No es raro que dentro del sistema de pensamiento de las culturas islámicas, que difiere del que se impuso en nuestras sociedades del espectáculo, las caricaturas contra El profeta fuesen interpretadas como innecesarios abusos de poder, como faltas de respeto hacia una comunidad religiosa, que en principio, como parte de su propio credo, no debiera aceptar semejante humillación . Son también -a diferencia de los ampliamente repudiados comentarios racistas, homófonos, degradantes para las mujeres, los judíos, etc.- imágenes que Occidente no solo tiende a elogiar como gestos saludables, ‘polémicos’, que supuestamente son manifestaciones de una mayor libertad de expresión, sino también como un derecho que nosotros, los hombres democráticos, debemos defender como grandes paladines. Escudado en la palabra libertad, el hombre occidental se siente con derecho a pisotear las creencias del otro, a insultarlo, a mofarse de sus ideales más sagrados. Es un derecho consagrado jurídicamente, evocado continuamente por la prensa, los políticos y los artistas ¿Es esta la libertad de expresión que debiera defenderse? 

Las caricaturas no agregan nada a una supuesta 'libertad real' de la democracia. Repito lo que dije al inicio: no hay que justificar el ataque a la sede de Charlie Habdod. Hay que condenarlo, como una respuesta desmesurada y aborrecible. Pero igualmente encuentro reprochables estas caricaturas que persiguieron encender el resentimiento contra algunos grupos étnicos. 

31/12/14

La artista está ausente


Así podría titularse la tentativa de performance de Tania Bruguera. Fue una intervención pública, o como quiera llamársele, que por paradoja, se realizó en su imposibilidad de ponerse en práctica. La coyuntura en la que Bruguera preparó su actividad era bastante distinta a su primera versión del performance El susurro de Tatlin #6. Hacía tan solo un par de semanas que se había llegado a una distensión sin precedentes entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos. Bruguera venía a poner el dedo sobre la llaga. Perseguía que se escuchara la voz, por largo tiempo marginada de cualquier espacio político nacional, de los ciudadanos cubanos.

Quienes, como yo, simpatizan con los acuerdos todavía incipientes entre la administración Obama y la dirigencia cubana, tendrían muy buenos motivos para encontrar prematura o inapropiada la actividad de Bruguera. Pero en cualquier caso, lo que sí no pudiera cuestionarse es que el problema de las libertades cívicas, y muchos otros que siguen pendientes en la sociedad cubana, no debieran dejarse a un lado. La performance de Bruguera, malograda mediante el abuso del poder, fue un primer test después del restablecimiento de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, de cuán dispuesto está el gobierno de Raúl Castro a entablar un diálogo político.  

El resultado de dicho test no pudo ser más desafortunado. Las autoridades cubanas, pese a disponer de una amplia maquinaria represiva -incluidos agentes que hubieran podido usurpar el espacio y el tiempo de la performance- optaron por abortar el evento. No importó para nada que las instituciones hubieran aprendido a domesticar la ya de por sí endeble influencia de las artes visuales sobre la sociedad. La fobia al debate público se impuso una vez más.

La decisión de impedir la performance puede dar una idea de cuán conscientes son las autoridades cubanas de su propia impopularidad. Los órganos represivos del gobierno cubano no tienen ninguna duda de cuán amenazada y cuán cogida por los pelos es su permanencia en el poder. Para los cálculos de los represores, el hecho de que un grupo de personas pueda opinar en voz alta –y no en voz baja como han venido haciéndo los cubanos por más de cinco décadas- supone un riesgo inmenso,  la apertura de una especie de Caja de Pandora. 

Suele decirse que tres forman una multitud. En el caso cubano esa multitud -no importa cuán reducida pueda ser- infunde un terror por completo irracional a las autoridades. Era altamente probable que el cubano medio -que desde hace tiempo padece de eso que se llama indefensión aprendida- escéptico y hastiado de la vida política nacional, se hubiese abstenido de participar. Pero el hecho de que un grupo de personas pudiera tomar la palabra por unos minutos tiene, para los encargados de mantener el orden público, el aspecto de un problema que fácilmente podría escapárseles de las manos. Ni siquiera en un contexto en el que el mandatario cubano podría verse súbitamente investido de cierta popularidad,  gracias a la victoria política que supuso el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos  -es decir en un contexto donde todo haría pensar que la performance habría sido más bien inofensivo y hasta hubiese podido manipularse para ofrecerle al mundo la apariencia de unas libertades cívicas que no existen-, ni siquiera en esas circunstancias las instituciones cubanas osaron permitir que la actividad se llevara a cabo.

 La torpeza y la fobia de las instituciones agrega una nota pesimista sobre un diálogo político nacional a corto plazo. La represión de la performance de Bruguera es la primera evidencia de que el gobierno tiene intenciones de seguir enquistado en el poder, eludiendo, hasta donde sea posible, las concesiones políticas y tolerando las aperturas económicas siempre y cuando no supongan una amenaza al orden imperante.

La célebre performance La artista está presente de Marina Abramovic fue, en mi opinión, totalmente ridícula. Una señora disfrazada de maga o de adivina, mirando con persistencia a los ojos de los asistentes, quienes gustosos se prestaban a participar en ese extraño ritual. ¿Esperaba la artista desentrañar profundidades abismales del psiquismo mediante este contacto entre los ‘espejos del alma’? ¿Pensaba que podría construirse algún tipo de telepatía o de magia? Muy a su pesar, el ejercicio de Abramovic podría servir para demostrar que en nuestras sociedades contemporáneas la presencia del artista tiende a volverse cada vez más irrelevante y banal. En todo caso, el artista estaría presente como parte de un espectáculo mediático, no muy distinto al de una serie televisiva o de las extravagancias de Lady Gaga y Miley Cyrus. Es decir, un entretenimiento que no perturba para nada a la sociedad y que a lo sumo ofrece la apariencia de una transgresión. El performance de Bruguera, en cambio, demuestra que si el arte todavía conserva algunas posibilidades de provocar, es precisamente, y por paradoja, allí donde el artista está ausente.

19/12/14

La muerte política de Fidel Castro.

Como era de esperar, el giro que han tomado las relaciones entre los gobiernos de Cuba y Los Estados Unidos, despertó reacciones encontradas entre la comunidad cubano-americana, si bien el resto del planeta, incluido gran parte de los ciudadanos norteamericanos, acogió las nuevas medidas con entusiasmo. Dentro de Cuba también prevalece un ambiente festivo: era una noticia largamente esperada por la inmensa mayoría de la población. Tan solo algunos líderes de la oposición han hecho pública su inconformidad. Con ello ofrecen pruebas de cuán desvinculada está la disidencia de los intereses de sus conciudadanos. Los opositores cubanos se sienten traicionados. Es una reacción inquietante, si se piensa que una relación más amistosa entre los dos países debiera incidir en un fortalecimiento de la oposición interna. Los opositores se comportan como cabecillas que parecen estar más interesados en un activismo que los convierta en figuras públicas -marginadas y continuamente hostigadas por los cuerpos represivos del estado cubano- que en líderes provistos de una agenda política que involucre a sectores más amplios de la población.

Los políticos cubano-americanos han quedado igualmente aislados. Ahora nos esperan sus intrigas en el Congreso, sus presiones desesperadas para obstaculizar el entendimiento entre las naciones vecinas. Nadie discute que el gobierno cubano debe democratizar la sociedad y que las voces políticas de sus ciudadanos deben ser escuchadas, al igual que deben respetarse los derechos humanos en la isla. Pero los argumentos para oponerse a las negociaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba solo procuran ocultar que el embargo económico ha sido un rotundo fracaso. Era una política que Estados Unidos mantenía a capa y espada, haciendo caso omiso de la comunidad internacional, a pesar de la ineficiencia y el carácter obsoleto de las sanciones económicas. El acuerdo conseguido con la dirigencia cubana fue una forma, en realidad tardía, de desistir de una herramienta política fallida, que limitaba la expansión del capital estadounidense, dificultaba las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos del hemisferio, obstruía el flujo de capital en Cuba y dificultaba el diálogo entre los cubanos que residen dentro y fuera de la isla. Los pasos para normalizar de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos han sido también una forma de dividir a los gobiernos, populistas e impopulares, de la izquierda radical latinoamericana. Gobiernos ideológicamente encabezados por el engendro cubano y que han sostenido, como uno de sus pilares, la hostilidad contra los Estados Unidos. Es llamativo que la política de distensión hacia La Habana coincida con sanciones económicas contra funcionarios venezolanos. Estados Unidos aplica la política del divide y vencerás. Podría decirse que los verdaderos traicionados en las negociaciones entre los funcionarios cubanos y los norteamericanos fueron los gobiernos latinoamericanos que siguieron el proyecto socio-político implementado por la mal llamada Revolución Cubana. Maduro al igual que Evo Morales, y con anterioridad Chávez, eran ante todo fidelistas. Esgrimían la bandera anti-imperialista como un pretexto para perpetuarse en el poder. Ahora el vocero histórico de dicho discurso parece haber capitulado.

Es notoria la ausencia de Fidel Castro en este súbito cambio político. El otrora mandatario no ha emitido ninguna reflexión, no ha aparecido, ni siquiera en fotografías manipuladas, para felicitar a su hermano. Hasta ahora el líder histórico de la Revolución no ha hecho ningún esfuerzo por manifestar su satisfacción, lo cual pudiera entenderse como una forma de expresar su descontento. El silencio de Castro ha suscitado nuevos rumores sobre su muerte física. Pero en estos momentos apenas importa el acontecimiento de la muerte de la persona Fidel Castro. Con el reciente entendimiento entre Cuba y Los Estados Unidos, se ha firmado la defunción de Fidel Castro como figura política. Da la impresión que el otrora Comandante en Jefe no tuvo ni voz ni voto en este diálogo o si lo tuvo, nadie le prestó la más mínima atención. Alguna vez el Comandante había afirmado que él ejercería más influencia muerto que vivo. No ocurrió así. Incluso en vida el Comandante asiste a su agonía y a su senectud como figura política. Ahora acaba de certificarse su acta de defunción.

23/8/14

ArtExperience:NYC, Summer 2014

El más reciente número de ArtExperience:NYC ya está disponible. Puede descargarse con solo hacer clic en la portada. Esta nueva edición hemos querido dedicarla a la socialización del arte y a las posibilidades de alcanzar una mayor integración del arte en la sociedad.

Para descargar la revista, en formato PDF ir a este enlace:
https://www.artexperiencenyc.com/artexperiencenyc-summer-2014/


12/7/14

Remolcador 13 de marzo

I
En La Habana era frecuente encontrar a personas que solo hablaban de cómo irse de Cuba. Urdían toda suerte de planes, desde ganarse la lotería de visas norteamericanas, hasta la posibilidad de que algún pariente ayudara, el matrimonio con un extranjero, cartas de invitación y, evidentemente, las salidas ilícitas. Uno podía escuchar los proyectos más rocambolescos e inverosímiles porque no pocas personas vivían obsesionadas con esta idea de escapar del país.

Desde luego que construir una embarcación improvisada y lanzarse al mar es un acto temerario y también irresponsable, sobre todo si se piensa que las naves se hacen de forma clandestina, con los escasos recursos que pueden encontrarse en el mercado negro –donde una brújula era muy cotizada-, y a menudo sin contar con la pericia de ingenieros o diseñadores especializados. Tampoco son personas que han visto el mar en cuanto posee de desproporcionado y terrible, tal y como se representa, por ejemplo, en los lienzos del artista ruso Iván Aivazovsky. Pero habría que estar en el pellejo de esas personas que solo sueñan con fugarse de Cuba, como mismo un convicto no cesa de pensar en el momento en que terminará su cautiverio. Las cerca de once mil personas que en un fin de semana entraron en la Embajada de Perú y las jornadas del Mariel (1980) y Cojímar (1994), pudieran verse plebiscitos que ha celebrado el pueblo cubano en las últimas tres o cuatro décadas.

Iván Aivazovsky, La ola, 1889



II
Los cerca de sesenta adultos que, arriesgando a sus hijos, decidieron huir en el Remolcador 13 de marzo sabían que cometían un delito. Se exponían, con toda consciencia, al peso excesivo de la ley. En el pasado, las sanciones por salidas ilegales podían llegar hasta los diez años de privación de libertad. Pero, en vistas de que se trataba de condenas desmedidas en un país con un elevado por ciento de reclusos y con una alta densidad de población penal, las sentencias se redujeron. En los años noventa las penas por salidas ilícitas oscilaban entre seis meses y tres años de cárcel, con medidas adicionales como la prisión domiciliaria.

Más o menos ese habría podido ser el veredicto judicial contra los implicados en los sucesos del Remolcador 13 de marzo. El castigo que recibieron, en cambio, debiera considerarse como una forma de terrorismo de Estado. Todos los sobrevivientes describen cómo fueron agredidos con chorros de agua, mientras la nave era embestida, hasta ser hundida, por otras embarcaciones más resistentes a los golpes. En algún momento los fugitivos decidieron mostrar a los niños que se encontraban a bordo. Fue un acto de capitulación y al mismo tiempo un modo de apelar a la clemencia de los atacantes. No funcionó. Las victimas del Remolcador 13 de marzo estaban destinadas a ofrecerse como escarmiento para todos aquellos que vivían obsesionados con la idea de salir clandestinamente de Cuba.

Difícil no responsabilizar al Estado cubano por semejante crimen colectivo. La versión que circulaba como rumor callejero –o al menos la que llegó a mis oídos- hablaba de un tal Jesusito, supuestamente uno de los pocos fanáticos a Fidel Castro que todavía existían, que se tomó la atribución de impedir la fuga del remolcador. Él y otros cómplices decidieron acudir a tres navíos para cercarlo y hundirlo. ¿Quiénes hicieron circular esta información que difería de las escuetas notas de prensa que publicó el gobierno? Posiblemente nunca llegue a saberse. Sin embargo, el relato que corría de boca en boca hacía creer que el gobierno todavía contaba con grupos de simpatizantes, dispuestos a luchar de manera violenta por los ideales revolucionarios, y a la vez exoneraba al Estado cubano de cualquier participación en el incidente.

En la práctica, el autoritarismo que prevalece en Cuba hace poco probable que unos ciudadanos puedan tomar la decisión de habilitar improvisadamente tres embarcaciones y emplearlas en una acción violenta, incluso cuando el propósito fuese defender la ideología oficial. Es poco creíble que algo así pudiese ocurrir sin al menos el consentimiento de mandos superiores. Durante más de cuatro décadas los cubanos estuvieron habituados a la creencia de que todas las decisiones, sobre todo maniobras similares a las que condujeron al hundimiento del Remolcador 13 de marzo, debían ser aprobadas por la alta dirigencia del país.

¿Quiénes se prestaron a hacer esta proeza revolucionaria? El Estado cubano no ha revelado sus nombres. Tampoco ha abierto una causa judicial sobre el incidente, lo cual hace pensar que las víctimas tuvieron -y tienen- un status similar a lo que el pensador italiano Giorgio Agamben llamó “vida desnuda”, es decir, una vida que ha sido despojada de todos sus derechos ante la ley y que queda a disposición de un poder que podría eliminarla en cualquier momento.




7/7/14

Algunas utopías concretas para el arte contemporáneo.

Así titulé a la entrevista que le hice a Gerardo Mosquera en diciembre pasado. Me apoyé en una de sus respuestas, donde el curador afirma:

Quisiera que el carácter utópico del museo-como-hub funcionase como una "utopía concreta", en el sentido de Ernst Bloch, a diferencia de lo que él llamó "utopía abstracta", resultado de la ilusión, el voluntarismo, la imposición e incapacidad de interactuar con el mundo real.

En una serie de correos electrónicos, Mosquera contestó a mis preguntas sobre la socialización del arte a gran escala. Este es un problema que él ha venido trabajando desde al menos 1977, con un artículo suyo publicado en La Habana y posteriormente incluido en su libro Exploraciones en la plástica cubana (1983). En la entrevista, Mosquera ofrece ejemplos e ideas concretas desde las cuáles podría alcanzarse una mayor integración del arte en la vida cotidiana y también una comunicación más eficiente entre las imágenes artísticas y el público.

Su libro El diseño se definió en octubre (La Habana, 1989) fue un texto muy novedoso en el entorno habanero, hasta el punto de anticipar en más de dos décadas algunos de los problemas más candentes del arte cubano del siglo XXI. Es decir, la necesidad de franquear los muros institucionales, integrar el arte a los conflictos del presente y lograr una participación más activa del espectador en las propuestas artísticas. En la Cuba actual, el problema de la socialización del arte a gran escala es particularmente desafiante, debido a la escasa resonancia de las creaciones artísticas en los medios de difusión masiva y a la desmedida importancia política que están adquiriendo los espacios públicos.

Dividí la entrevista en dos partes. Mi idea fue conservar un primer momento, dedicado a lo que Mosquera denomina “áreas secantes de comunicación”, mientras en la otra mitad se habla del “Museo como Hub”.

Para leer la entrevista desde un inicio haga clic en este enlace.